—¡Ay de mí! le contestó: no sé si deba daros de nuevo las gracias por haberme librado entonces de la muerte, ó si manifestarme pesarosa, porque hoy, merced á vos, no hayan tenido un término mis desgracias. Debo indudablemente estaros agradecida por haberme evitado un género de muerte tan cruel, como lo hubiera sido tener por tumba las entrañas de aquella fiera; pero no puedo agradeceros el encontrarme ahora con vida, pues solo con mi existencia concluirán mis miserias. ¡Oh! arrancádmela por vuestra mano, y en mi último suspiro irá envuelta mi gratitud hácia tanta bondad.
Despues continuó refiriéndole entre copioso llanto cómo su esposo la habia burlado, dejándola dormida en una isla, donde unos corsarios se apoderaron de ella. Mientras estaba hablando, procuraba Olimpia dar á su cuerpo la actitud con que se suele pintar ó esculpir á Diana sorprendida por Acteon en el baño, volviéndose de lado y ocultando su pecho y mil bellezas, á pesar de dejar expuestas á las miradas de todos la espalda y los costados.
Orlando esperaba con ansiedad que entrara su bajel en el puerto, á fin de cubrir á Olimpia con algunas ropas. Mientras permanecia en una afanosa espectacion, llegó Oberto, rey de Hibernia, que acababa de saber que el mónstruo marino estaba tendido en la playa; que un caballero habia tenido el valor y audacia de clavarle en la boca un áncora pesada, y que con ella lo habia arrastrado hasta la orilla del mismo modo que se suele varar las naves. Oberto, para cerciorarse de si era cierto cuanto se le habia referido, acudió á aquel sitio, en tanto que su gente completaba por todas partes la destruccion de Ebuda.
Aun cuando Orlando estaba empapado en agua, sucio, y cubierto de la sangre que llevó consigo al salir de la boca de la orca, en la que habia entrado enteramente, el rey de Hibernia le conoció en seguida, tanto más cuanto que, apenas tuvo noticia de tal heroicidad, se le fijó en la mente la idea de que Orlando, y nadie más, era capaz de haberla llevado á cabo. Le conocia, porque habia sido educado en Francia, de donde salió el año anterior para ceñirse la corona que heredara por muerte de su padre, y allí habia visto y hablado al Conde infinitas veces. Alzándose al momento la visera de su casco, corrió á abrazar y festejar al paladin, que le estrechó entre sus brazos con no menores muestras de alegría. Despues de haberse dado repetidas veces las mayores muestras de afecto y cordial amistad, refirió Orlando á Oberto la traicion de que habia sido víctima Olimpia, así como el nombre del traidor, más obligado que otro alguno á guardarle fidelidad. Dióle minuciosa cuenta de las muchas pruebas con que ella habia demostrado su amor á Bireno, así como las pérdidas en familia y bienes que por él habia sufrido hasta llegar á ofrecer su vida por la de tan pérfido amante, añadiendo por último que él habia sido testigo de muchas de aquellas acciones de las que podia salir garante.
Mientras Orlando hablaba, los ojos hermosos y serenos de la jóven estaban llenos de lágrimas. El bello rostro de la princesa se asemejaba entonces al cielo tal como le vemos en algunos dias de primavera, cuando cae una lluvia pasajera, al mismo tiempo que el Sol atraviesa con sus rayos el nebuloso velo; y así como los ruiseñores entonan en aquella estacion sus dulces trinos, saltando de rama en rama, del mismo modo Amor humedecia en las lágrimas de la jóven las plumas de sus alas, regocijándose con el claro fulgor de sus hermosos ojos, en cuyo fuego forjaba sus dardos, templándolos despues en el cristalino raudal que se deslizaba entre las rosas blancas y encarnadas de sus mejillas: despues de templadas sus flechas, las disparó contra el galan Oberto, á quien no pudieron defender su escudo, ni su coraza, ni su cota de mallas; pues mientras estaba arrobado contemplando los ojos y los cabellos de la desdichada Olimpia, se sintió el corazon herido, sin saber cómo.
Los atractivos de Olimpia eran de los más raros, pues no solo formaban un conjunto encantador los ojos, la frente, los cabellos, las mejillas, la boca, la nariz, los hombros y la garganta, sino que los demás miembros, velados hasta entonces por el traje á las miradas profanas, eran tan admirables, que podian muy bien anteponerse á cuantos hubiera en el mundo. Sus redondos pechos, que vencian en blancura al ampo de la nieve y eran más tersos que el marfil, parecian de leche recien exprimida de los juncos: ambos estaban separados por un surco pequeño semejante á los floridos valles que se forman entre dos colinas, cuando en la estacion amena empieza el Sol á derretir las nieves que habia acumulado el invierno. Sus costados, sus torneadas caderas, sus alabastrinos muslos y el resto de su cuerpo más terso y brillante que un espejo, parecian hechos á torno por el mismo Fidias[49] ó por otra mano más diestra, si es posible. ¿Habré de describir las perfecciones que encerraban las demás partes que ella procuraba ocultar en vano? Básteme decir, que desde los piés á la cabeza era toda ella el tipo de la belleza más acabada. Si el pastor Frigio la hubiese visto en los valles de Ida, seguramente Venus no hubiera alcanzado el premio de la belleza, á pesar de ser ella superior á las otras dos Diosas, y probablemente Paris no habria violado la hospitalidad en Esparta, sino que hubiera dicho á Elena:—«Quédate con Menelao; pues yo no quiero más beldad que esta.»—Y si Olimpia hubiese estado en Crotona, cuando Zeuxis tuvo que esculpir la estátua que debia colocarse en el templo de Juno, reuniendo las doncellas más hermosas de la Grecia para copiar aquello que cada una de ellas tuviera más perfecto, á fin de que saliera su obra perfecta tambien, con Olimpia sola hubiera tenido bastante por estar reunidas en ella todas las bellezas.
Estoy seguro de que Bireno no vió jamás aquel cuerpo desnudo; pues de otra suerte, no habria tenido la crueldad de abandonar á la jóven en la isla desierta. Por eso no me maravilla que Oberto, abrasado por el fuego del amor, fuese impotente para ocultarle, procurando consolarla con gran solicitud y haciéndole concebir la esperanza de que de tanto infortunio naceria para ella la dicha. Prometióle acompañarla á Holanda, y no parar hasta restablecerla en el trono, y haber tomado una cruel y memorable venganza del perjuro y traidor Bireno, aunque para ello tuviera que emplear todas las fuerzas de Irlanda, asegurándole por último que pondria inmediatamente por obra este propósito.
En tanto, hacia buscar por todas partes trajes y ropas de mujer, si bien no habia necesidad de alejarse de la isla para encontrarlos, porque todos los dias se recogian en ella las vestiduras de las doncellas entregadas al mónstruo marino. Fácilmente encontró Oberto trajes de mil distintas hechuras, é hizo vestir con uno de ellos á Olimpia, aunque sintiendo no poder proporcionarle uno tan bueno como hubiera deseado: verdad es que ni las ricas telas de oro y seda que tejen los industriosos florentinos, ni el vestido más minuciosamente recamado á fuerza de tiempo, paciencia y estudio, aunque saliera de las manos de Minerva ó del Dios de Lemnos, le hubieran parecido decorosos ni dignos de cubrir los miembros de la princesa, cuyos atractivos recordaba incesantemente.
Orlando se manifestó muy contento de aquel naciente amor por muchos motivos; pues además de estar persuadido de que el rey de Irlanda no dejaria por mucho tiempo impune la traicion de Bireno, se veia libre por esta causa de aquel grave y enojoso compromiso, cuando él habia acudido á la isla de Ebuda para socorrer á su amada si es que se encontraba en ella, y no para favorecer á Olimpia. Le constaba ya que Angélica no estaba allí, pero no podia cerciorarse tan fácilmente de si habia estado; porque habian perecido todos los habitantes de la isla sin quedar uno solo con vida.
Al dia siguiente zarparon de aquel puerto, habiéndose embarcado todos juntos en direccion á Irlanda, en donde quiso tocar el Paladin para regresar á Francia. No consintió en detenerse un dia entero en Irlanda á pesar de los ruegos insistentes de sus amigos. Amor, que le impelia tras su amada, le prohibia permanecer allí más tiempo. Antes de partir, recomendó al Rey que cuidara de Olimpia, y que cumpliera las promesas que habia hecho á la princesa, aunque bien es verdad que no habia necesidad de ello, pues cumplió su palabra con más exactitud de lo que se acostumbra.