Orlando fué tirando del cable y atrayendo al mónstruo.
(Canto XI.)

del paladin fuera de su antigua y vital mansion, se debatia con violencia y revolcábase continuamente sin poder romper la cuerda que la sujetaba, lo mismo que el toro, al sentirse sujeto por el lazo, salta acá y acullá, da mil vueltas, se tiende y se vuelve á levantar, sin conseguir desembarazarse de las ligaduras que le oprimen. De su boca salian torrentes de sangre en tanta abundancia, que bien podia aplicarse el nombre de Rojo á aquel mar, cuyas olas continuaba sacudiendo en términos de descubrir más de una vez su arenoso fondo, ó de elevar montañas de agua hasta los mismos cielos, ocultando la luz del claro Sol; y todo esto producia un estrépito tal, que retemblaban los montes, las selvas y hasta las playas más lejanas.

El viejo Proteo salió de su gruta al oir semejante estruendo, y apareció en la superficie del mar; y al ver á Orlando entrar y salir de la orca y arrastrarla hácia la orilla, huyó por el anchuroso Océano, abandonando sus diseminados rebaños. El mismo Neptuno, sorprendido por tal rumor y tan extraña confusion, hizo uncir á su carro á sus delfines, y no paró hasta llegar á las costas de Etiopía, mientras que Ino, acongojada, llevando á Melicertes en sus brazos[48], las Nereidas con los cabellos en desórden, los Glaucos, los Tritones y demás divinidades marinas corrian atolondrados de uno á otro lado, no sabiendo donde refugiarse.

Orlando sacó por fin á la playa al horrendo pescado del cual no tuvo que ocuparse más; porque debilitado por sus esfuerzos y sus heridas, habia muerto antes de llegar.

Muchos habitantes de la isla habian acudido presurosos á presenciar tan singular combate; mas ofuscados por una preocupacion fanática, consideraron tan santa accion como un sacrilegio, por creer que con ella se habia cometido una nueva falta contra Proteo. Temerosos, por lo tanto, de haber excitado otra vez su cólera, y de que volvieran á acometerles las fieras marinas, renovando la antigua guerra con todos los inmensos perjuicios que les habia ocasionado, determinaron suplicar humildemente á la ofendida deidad marina que les perdonara, antes que sobreviniesen más funestas consecuencias; pero arrojando primeramente al mar al impío Orlando á fin de aplacar el furor de Proteo con este sacrificio. De los ánimos de todos los isleños se apoderó el deseo de realizar tan funesto proyecto con la misma rapidez que se comunica el fuego de una en otra antorcha iluminando en breve toda una comarca.

Armados presurosamente de hondas, arcos, lanzas y espadas, bajaron á la playa, y acometieron á Orlando, rodeándole de mil modos y atacándole por todos lados. Quedó sorprendido el Paladin al ver tan bestial insulto y tan negra ingratitud; pues cuando esperaba alcanzar eterna gloria ó el debido agradecimiento por haber dado muerte al mónstruo, su recompensa consistia en injurias y atentados contra su vida; pero así como el oso, á quien los rusos ó los lituanios enseñan por las calles como un entretenido espectáculo, no hace caso alguno de los importunos ladridos de los gozquecillos, á los que ni siquiera se digna mirar, de igual suerte vió el paladin sin temor á toda aquella turba vil que podia derribar con solo un soplo; y bien lo dió á conocer manteniéndoles á una respetable distancia, apenas se volvió contra ellos empuñando su Durindana.

Los insensatos isleños habian creido que Orlando no podria hacerles frente no llevando puesta la coraza, ni embrazado el escudo, ni ninguna otra arma defensiva; pero ignoraban que su piel, desde los piés á la cabeza, era más dura que el diamante. Lo que sus adversarios no pudieron hacer con el Paladin, hizo este con aquellos: de solo diez cuchilladas (y no serian muchas más) tendió á sus piés treinta enemigos, cuya leccion bastó para ponerlos en cobarde fuga.

Apenas libre de ellos, dirigióse á desatar á la jóven, cuando resonaron en la playa nuevos gritos y nuevo tumulto. Mientras los bárbaros estaban entretenidos, contemplando en esta parte de la costa la lucha de Orlando con la orca, habian desembarcado sin dificultad en diferentes puntos de ella los irlandeses, que, depuesta toda piedad, hicieron por todas partes horribles estragos en aquel pueblo, y ya fuese por justicia ó por crueldad, no respetaron edad ni sexo. Ninguna ó poca resistencia opusieron los isleños, bien por haberse visto cogidos de improviso, ó bien porque en aquella isla, de corta extension, habia pocos habitantes, y aun estos pocos, sin ningun valor. Los invasores saquearon la ciudad, incendiaron las casas, pasaron á cuchillo á las personas, derribaron las murallas, y no dejaron en toda la isla un solo ser viviente.

Haciendo caso omiso de aquel estruendo, gritería y matanza, acudió Orlando á la doncella destinada á satisfacer la voracidad de la orca marina. Al fijar en ella sus miradas creyó conocerla; aproximóse más y se afirmó en su creencia: le pareció que era Olimpia, y efectivamente era la misma, que habia visto su constancia tal mal recompensada. ¡Desdichada Olimpia! Como si no fuera bastante para su lacerado corazon el desengaño que le diera Amor, la Fortuna cruel la entregó el mismo dia en manos de unos corsarios, que la llevaron á la isla de Ebuda. La infeliz jóven habia conocido á Orlando en cuanto se encaminó hácia el escollo donde estaba atada; pero como se hallaba completamente desnuda, tenia la cabeza baja, sin atreverse á hablar ni á levantar hácia él la vista.

Preguntóle Orlando por qué fatalidad la encontraba en aquella isla de tal suerte, cuando él la habia dejado en compañía de su esposo, tan contenta y satisfecha como era posible.