Mientras raciocinaba de esta suerte, oyó una voz idéntica á la de su amante que pedia socorro, y vió á aquel caballero huir velozmente sobre un caballo al que desgarraba los hijares, y tras él á sus dos feroces enemigos, que se lanzaron á toda brida en su persecucion. No pudiendo contenerse la doncella, siguió sus huellas; llegó al palacio encantado, y apenas atravesó el umbral de la puerta, se hizo partícipe del funesto error de todos. Buscó á Rugiero por todas partes, arriba, abajo, dentro, fuera, y hasta en los sitios más recónditos, sin cesar dia y noche. ¡Vana tarea! Tan poderoso era el encanto, que aun cuando Bradamante y Rugiero se veian y hablaban á todas horas, no se conocian el uno al otro.
Pero dejemos á la varonil doncella, y no os pese que quede sometida á aquel encantamiento; pues cuando sea tiempo de que se libre de él, haré de modo que salgan los dos amantes. Así como la variacion de manjares excita el apetito, del mismo modo creo que mi historia se hará menos pesada para los que la oigan, cuanta más variedad se encuentre en ella. Veéme obligado además á servirme de muchos hilos para terminar la gran tela que estoy tejiendo: dignaos, pues, escuchar cómo los moros, saliendo de sus tiendas, tomaron las armas y se formaron en presencia del rey Agramante, que amenazando airado á las lises de oro, quiso que su ejército se reuniera para pasarle nuevamente revista, á fin de conocer cuál era el verdadero número de sus soldados. Además de los ginetes y peones que en gran cantidad echaba de menos, faltaban varios excelentes capitanes de España, de África y de Etiopía, viéndose sus tropas obligadas á vagar errantes sin un jefe que las guiase. Otro de los motivos que tuvo Agramante para pasar esta revista, fué el de proveer de jefes á aquellos escuadrones, y comunicarles las órdenes necesarias. A fin de cubrir los huecos que en sus filas habian ocasionado las batallas y las escaramuzas, hizo llamar á cuantos guerreros se habian alistado en España y en África, los cuales, respondiendo á su llamamiento, acudieron pronto á ponerse á las órdenes de sus jefes respectivos. Con vuestro premiso, Señor, dejaré para otro canto los detalles de esta revista.
CANTO XIV.
En la revista pasada al ejército mahometano, Agramante echa de menos los dos escuadrones que habian sido destruidos por Orlando.—Mandricardo, lleno de envidia y de asombro, va en busca del guerrero.—Amores de Mandricardo y Doralicia.—Reinaldo, guiado por un ángel, llega á París, cuando ya los moros lo estaban asaltando.
En los sangrientos combates y frecuentes asaltos acaecidos durante la guerra de Francia contra España y África, habian perecido ya innumerables guerreros, cuyos cadáveres quedaron abandonados á la voracidad de los lobos, de los cuervos y de las águilas rapantes; y si bien los franceses llevaban hasta entonces la peor parte, por haber perdido casi todo el país, los sarracenos tenian en cambio motivos poderosos de afliccion por los muchos príncipes y esclarecidos campeones de su ejército, que habian sucumbido bajo el hierro enemigo, costándoles sus victorias tanta sangre, que el dolor anubló su regocijo.
¡Oh invicto Alfonso! Si las cosas modernas pueden compararse á las antiguas, séame permitido decir que el gran triunfo, cuya gloria es fuerza atribuir á vuestro heroismo, y del que Rávena deberá de lamentarse eternamente, se asemeja en gran manera á los conseguidos por los moros[67]. Me refiero á la memorable batalla en que, al ver á los picardos, los morinos[68] y á los ejércitos Normando y Aquitano abandonando el campo, os lanzásteis en medio del grueso de las tropas españolas, vencedoras ya, seguido de aquellos jóvenes gallardos, que merecieron aquel dia por su varonil esfuerzo que el Rey les honrara con la espada y la espuelas doradas, armándoles caballeros. Ayudado por tan animosos jóvenes que, como vos, despreciaron el peligro, destruísteis las ricas bellotas de oro y el estandarte amarillo y rojo, por lo cual á nadie más que á vos se debe el lauro inmortal de haber impedido que se marchitasen ó deshojaran las lises de Francia. Otra corona no menos inmortal ciñe vuestra frente por haber conservado á Roma su Fabricio, aquel gran Colonna,[69] á quien proporcionásteis un auxilio, que os honra más que si el solo esfuerzo de vuestro brazo hubiera destruido los aguerridos soldados, cuyos huesos alfombran hoy el campo de Rávena, y todos cuantos guerreros de Aragon, de Castilla y de Navarra abandonaron sus banderas al ver la inutilidad de sus lanzas y sus espadas. Y sin embargo, aquel triunfo fué más glorioso que digno de regocijo; porque contrabalanceó vuestra alegría el pesar ocasionado por la muerte del Capitan francés, del jefe del ejército, y por la de tantos príncipes ilustres como habian atravesado las heladas cimas de los Alpes para volar en defensa de sus reinos y de sus aliados. Nuestra salvacion y nuestra vida se debe á aquella victoria, por haber impedido que el irritado Júpiter fulminara sobre nuestras cabezas los rayos de su cólera; mas en cambio, no nos es posible gozar de ella ni demostrar nuestro regocijo, al escuchar los ayes y lamentos de tantas viudas como han quedado en Francia, cubiertas de luto é inundadas en llanto. Es preciso, pues, que Luis[70] se apresure á enviar nuevos capitanes á sus tropas, á fin de restituir su honor á las doradas flores de lís, y castigar las manos rapaces y sacrilegas que han violado monjas, madres, esposas, é hijas; que han profanado los monasterios de frailes blancos, negros y grises, y han arrojado por el suelo al Señor sacramentado para apoderarse de los vasos sagrados. ¡Oh desventurada Rávena! ¡Cuánto mejor hubieras hecho en no oponer resistencia alguna al vencedor! ¿Por qué no te miraste en el espejo de Brescia, en vez de serlo tú para Arimino y Faenza[71]? Rey Luis, envia sin tardanza al buen Trivulcio, para que enseñe á los suyos más continencia, y los recuerde cuántos han perecido en Italia por tan bárbaros excesos.
Así como es necesario que el rey de Francia provea ahora de jefes á su ejército, del mismo modo Marsilio y Agramante, deseando reorganizar cuanto antes los suyos, determinaron pasarles revista, no bien la conclusion del invierno permitió á los soldados salir de sus tiendas, á fin de conocer sus necesidades, y dar guias y jefes á los escuadrones que carecieran de ellos. Primeramente Marsilio, y Agramante despues, hicieron desfilar por delante de ellos á sus soldados, compañía por compañía.
A la cabeza de todos iban los catalanes bajo el estandarte de Dorifebo: seguian despues los navarros, cuyo rey Folvirante habia muerto á manos de Reinaldo; el rey español les dió por capitan á Isolier. A las órdenes de Balugante iban los de Leon; los de los Algarbes, á las de Grandonio. Falsiron, hermano de Marsilio, conducia los castellanos. En pos del estandarte de Madaraso seguian los que salieron de Málaga y Sevilla, y cuantos habian dejado las amenas praderas que riega el Betis desde el mar de Cádiz hasta la fértil Córdoba. Estordilano, Tesira y Baricondo presentaron sus gentes uno tras otro; el primero las de Granada, el segundo las de Lisboa, y las de Mallorca el tercero. Tesira sucedió en la corona de Portugal á su pariente Larbin, que habia muerto. En pos de estos seguian los gallegos, al mando de Serpentino, que sustituyó á Maricoldo, su antiguo jefe.
El audaz Malatista conducia á los de Toledo y Calatrava, mandados en otro tiempo por Sinagon, y á todos cuantos se bañan en el Guadiana ó beben sus aguas. Formando un escuadron, á cuyo frente iba Bianzardin, desfilaron los de Astorga, Salamanca, Plasencia, Avila, Palencia y Zamora. Los zaragozanos y demás caballeros de la corte de Marsilio iban á las órdenes de Ferragús: todos ellos eran valientes y estaban perfectamente armados. Veíase entre ellos á Malgarino, Balinverno, Malzariso y Morgante, á quienes una misma suerte habia obligado á refugiarse en país extranjero: desposeidos de sus estados respectivos. Marsilio los habia acogido en su corte. Con ellos se hallaban tambien Follicon de Almeria, hijo bastardo de Marsilio, Doriconte, Bavarte, Largalifa, Analardo, Arquidante conde de Sagunto, Lamirante, el gallardo Languiran, Malagur, de astuta y rápida imaginacion, y otros y otros, cuyos hechos de armas os haré ver cuando llegue el caso.
Cuando el ejército de España acabó de desfilar en buen órden por delante del rey Agramante, se adelantó con sus batallones el rey de Oran, hombre de gigantesca estatura. Los que siguieron despues lamentaban la muerte de Martasin, inmolado por Bradamante, y su amor propio no podia sufrir que una mujer se envaneciera de haber vencido al rey de los garamantas[72]. Siguió el tercer escuadron de Marmonda, que habia dejado muerto en Gascuña á su capitan Argosto. Tanto este, como los que le precedian y seguian inmediatamente, necesitaban nuevos jefes, y aun cuando Agramante carecia de ellos, no tardó en habilitarlos, nombrando para este cargo á Buraldo, Ormida y Arganio, y siguió de esta suerte eligiendo tantos jefes cuantos eran indispensables. Confió á Arganio el mando de los guerreros de Libicana, que lloraban la muerte del negro Dudrinaso. Los de la Tingitania obedecian á Brunel, que marchaba cabizbajo y mohino, porque habia caido en desgracia de Agramante desde que Bradamante le arrebató el anillo en la selva próxima al peñasco donde estaba el castillo de Atlante: y á no ser por Isolier, hermano de Ferragús, que lo encontró atado á un árbol, y refirió al Rey la verdad de lo sucedido, hubiera muerto ahorcado. Agramante, accediendo á las reiteradas súplicas de muchos de sus guerreros, le perdonó la vida cuando ya tenia el lazo echado al cuello, y se lo hizo quitar, previniéndole, no obstante, que á la primera falta le haria empalar: por consiguiente, Brunel tenia fundado motivo para ir con la cabeza inclinada y el rostro macilento.