Seguia en pos Farurante, y tras él los infantes y ginetes de Mauritania. Venia luego con las gentes de Constantina, Libanio, el nuevo rey, á quien Agramante habia dado la corona y el dorado cetro que fué de Pinadoro. Al frente de las tropas de Hesperia iba Soridano, y al de las de Ceuta Dorilon; con los nasamones, Puliano, y el rey Agricalte con los de Amonia. Malabuferso guiaba los de Fez; Finadurro el escuadron de los soldados de Marruecos y Canarias, y Balastro el de los que fueron del rey Tardoco. Marchaban despues dos batallones, uno de Mulga y otro de Arzilla; este tenia su jefe, pero el otro carecia de él. Agramante se lo designó inmediatamente, nombrando al efecto á Corineo, su fiel amigo. Del mismo modo hizo á Caico rey de la gente de Almanzilla, que obedecia antes á Tanfirion, y á Rimedonte de la de Getulia.

Aparecieron en seguida Balinfronte con los soldados de Cozca; los de Bolga, que en reemplazo de su rey Mirabaldo, tenian á Clarindo, y despues Baliverzo, el mayor merodeador de los campos de batalla. No creo que en todo el campamento se desplegara una bandera en torno de la cual se agrupasen tan esforzados guerreros como los que despues siguieron, ni que tuvieran por jefe un Sarraceno más prudente que su rey Sobrino. Los de Bellamarina, á quienes solia dirigir Gualcioto, iban entonces á las órdenes de Rodomonte, rey de Argel y de Sarza, que habia aumentado su ejército con nuevos ginetes y peones. Mientras el Sol estuvo nebuloso bajo el gran Centauro, el Capricornio, habia pasado al África por encargo de Agramante, y hacia tres dias que estaba de vuelta. En todas las regiones del África no se conocia un moro más valeroso ni más audaz que Rodomonte, á quien temian más, y con justo motivo, los parisienses sitiados, que á Marsilio, á Agramante y á todos cuantos guerreros pasaron á Francia en pos de ellos: la religion de Jesucristo no tenia tampoco enemigo más irreconciliable que él.

Siguió Prusion, rey de la Alvaraquia; y despues el rey de Zumara, Dardinelo. No sé si algun buho ó corneja, ú otra ave de mal agüero les llegaria á predecir desde los tejados ó los árboles la suerte funesta que les esperaba; pues el destino habia fijado la misma hora del siguiente dia para que ambos príncipes murieran en la batalla que se dió. Ya no faltaban por desfilar más que las tropas de los reyes de Tremecen y de Norizia; pero ni se veian sus banderas, ni se tenia noticia de ellas. Agramante no sabia que pensar de semejante demora, cuando trajeron á su presencia un escudero del rey de Tremecen, que le anunció la derrota de Alzirdo y Manilardo con la mayor parte de los suyos.

—Señor, añadió el escudero, el guerrero valeroso que ha hecho sucumbir á los nuestros, seria capaz tambien de destrozar tu ejército entero, como no huyera con la prontitud que yo; gracias á mi lijereza he podido salvarme, aunque con trabajo. Con la misma facilidad que un lobo se precipita entre un rebaño de cabras ó carneros, derriba él infantes y ginetes.

Pocos dias antes habia llegado al campamento del rey de África un caballero, á quien desde Occidente á Oriente no habia quien igualara en valor y esfuerzo. El rey Agramante le dispensaba grandes honores por ser hijo y sucesor del rey Agrican de Tartaria: era su nombre el del feroz Mandricardo.

Sus maravillosas hazañas le habian conquistado un renombre que llenaba el mundo entero; pero su principal celebridad, su mayor gloria procedia de haberse apoderado en el castillo de la hada de Soria de la brillante coraza que mil años antes habia llevado el troyano Héctor. Para adquirirlas arrostró los azares de una aventura extraordinaria y prodigiosa, cuyo solo relato causa pavor.

Encontrándose presente cuando el escudero dió cuenta de la heróica accion de Orlando, alzó su frente orgullosa y se preparó inmediatamente á ir en busca de aquel guerrero. Ocultó, no obstante, su intento, bien fuese por desdeñar toda compañía, ó por temor de que otro se le anticipara en tal empresa, si llegaba á traslucirse su pensamiento. Preguntó al escudero el color de la sobrevesta de tan bravo campeon, y aquel le respondió:

—Es enteramente negra, lo propio que su escudo, y su yelmo no tiene cimera.

—Así era en efecto, pues Orlando no llevaba empresa alguna, porque quiso que en su exterior apareciera el luto que reinaba en su corazon.

Marsilio habia regalado á Mandricardo un corcel bayo con manchas castañas y crin y cabos negros: era hijo de una yegua de Frigia y un caballo español. Sobre él saltó Mandricardo armado de piés á cabeza, y se alejó á galope por el campo, jurando en su interior no volver al campamento hasta haber encontrado al campeon de la negra armadura. En el camino vió muchos de los soldados que habian huido de la espada terrible de Orlando, llorando unos por el hijo, y otros por el hermano que habia perecido á su vista: en sus semblantes se veia aun retratado el cobarde terror que los dominara: el espanto les obligaba todavia á marchar pálidos, mudos y como fuera de sí. No anduvo mucho el sarraceno sin que se ofreciera á sus miradas un espectáculo inhumano y cruel, pero testimonio de las maravillosas hazañas que habian referido al rey africano. Mandricardo se paró á contemplar aquellos cadáveres, llegando hasta moverlos y medir sus heridas con la mano: en aquel momento sintió una inconcebible envidia hácia el caballero, cuyo esforzado brazo habia causado tantas víctimas. Como lobo ó mastin que habiendo encontrado demasiado tarde un buey muerto abandonado por los campesinos, y no pudiendo satisfacer su voracidad con los cuernos, los huesos ó las pezuñas, única cosa que han dejado los perros ó las aves de rapiña, se queda contemplando con sentimiento el testuz donde no puede hincar el diente, lo mismo hizo el infiel en aquella llanura, prorumpiendo despues en blasfemias, hijas de su envidia, por haber llegado tarde á tan espléndido banquete.