Durante aquel dia y la mitad del siguiente continuó incierto su camino en seguimiento del caballero negro, por quien preguntaba á todo transeunte. Llegó por fin á una pradera, á la que daban sombra árboles corpulentos, rodeada por un rio caudaloso, que apenas dejaba espacio por donde pudiera llegarse hasta ella. Un sitio semejante se encuentra en Ocricoli, rodeado por las sinuosas ondas del Tiber. Aquel estrecho paso estaba defendido por muchos caballeros armados. El pagano les preguntó quién y con qué objeto les habia reunido allí en tan gran número: el que parecia jefe, obligado sin duda por el gallardo talante de Mandricardo, y sorprendido por los ricos arneses de su corcel, recamados de oro y pedrería, lo que daba á entender que el ginete seria un personaje notable, le contestó:

—Nuestro Rey nos ha hecho venir desde Granada para acompañar á su hija, á quien ha desposado con el rey de Sarza, aunque la fama no ha propalado todavia esta noticia. A la hora en que la cigarra suspende su canto, que ahora nos molesta, conduciremos á la Princesa al campamento español: entretanto está descansando.

Mandricardo, acostumbrado á menospreciar cuanto existia en el mundo, quiso probar, por distraerse, si aquella gente defendia bien ó mal á la princesa confiada á su custodia; por lo cual exclamó:

—Esa dama, si la fama no miente, debe de ser bella; y como me agradaria saber si es cierto, condúceme en seguida á su presencia, ó haz que venga aquí: porque necesito estar pronto en otra parte.

—Preciso es que seas un loco rematado, le contestó el granadino. Pero no pudo continuar, porque el tártaro se lanzó sobre él lanza en ristre y le pasó de parte á parte; la coraza no pudo contener la violencia del golpe, y el desgraciado cayó en tierra herido mortalmente. El hijo de Agrican volvió á enristrar la lanza, y preparóse á atacar á los restantes. No llevaba espada ni maza; porque cuando se apoderó de las armas de Héctor, vió que faltaba la primera; por lo cual juró, y no en vano, que su mano no empuñaría espada alguna hasta conseguir arrancar á Orlando su Durindana, que era la de Héctor, y que Almonte habia tenido antes en gran estima.

Grande fué la audacia del Tártaro, que no temió luchar solo contra aquellos guerreros, gritándoles:—«¿Quién pretenderá estorbarme el paso?»—Y lanza en ristre se precipitó sobre ellos. A su vez enristraron la suya algunos: otros desnudaron las espadas, y todos le acometieron simultáneamente. Mandricardo mató una porcion de ellos, antes de que se rompiera su lanza: cuando la vió partida, aferró con ambas manos el trozo mayor que le quedaba, é hizo con él tal carnicería, que jamás se ha podido ver lucha tan sangrienta. Lo mismo que Sanson destrozó á los filisteos con una quijada que encontró al acaso, el sarraceno hacia pedazos los escudos, hendia los yelmos, y de un solo golpe aplastaba al caballo y al caballero. Aquellos desgraciados corrian á porfia hácia la muerte: cuando uno caia, otro le reemplazaba inmediatamente; pues no les causaba horror perder la existencia, aunque sí el ignominioso modo cómo Mandricardo se las arrancaba, y no podian soportar que su vida estuviera á merced de un pedazo de asta rota, á cuyos furibundos golpes iban unos tras otros cayendo, cual si fuesen ranas ó culebras. Cuando una triste experiencia les hizo conocer que la muerte era mala de todos modos, y al ver que las dos terceras partes de sus compañeros yacian en el suelo sin vida, se decidieron los restantes á emprender la fuga. El sarraceno cruel, que los consideraba ya como cosa propia, no pudo sufrir que escapara vivo uno solo de entre aquella turba amedrentada; y así como en una laguna seca desaparece pronto la estridente caña, ó los rastrojos en un campo, cuando el cauto labrador, auxiliado por el viento, les prende fuego, y se extiende la llama por todas partes, corriendo chispeante de surco en surco, así tambien aquellos soldados iban cediendo cada vez más ante la inflamada cólera de Mandricardo.

Mandricardo aferró con ambas manos el tronco de lanza que le quedaba.
(Canto XIV.)

Cuando este vió el paso tan mal defendido, sin tener ya quien lo custodiara, adelantóse por el camino que le marcaba la yerba recien hollada, y atraido por los gemidos que oia, con el objeto de cerciorarse por sí mismo de si la belleza de la princesa de Granada era digna de su fama; y saltando por entre los cadáveres, pasó al sitio en que el rio presentaba una de sus sinuosidades. En medio del verde prado estaba Doralicia (que tal era el nombre de la doncella), sentada al pié de un añoso fresno y llorando amargamente: sus lágrimas se deslizaban hasta su turgente seno, como se suceden las aguas de un riachuelo al brotar de un manantial: su rostro expresaba á la vez el dolor que le causaba la muerte de sus compañeros, y el temor que le asaltaba por su propia suerte. Apenas vió acercarse á aquel guerrero empapado en sangre y con aspecto feroz y sombrío, sintió redoblar su espanto, y empezó á lanzar agudos gritos, que hendian los aires, aterrada por sí misma y por los que la rodeaban, pues además de los guerreros, cuidaban de la Princesa algunos ancianos de avanzada edad, y muchas damas y doncellas, las más hermosas del reino de Granada.

Al contemplar el Tártaro aquel hechicero rostro que no tenia igual en toda España, y que hasta inundado en llanto podia tender las inextricables redes de Amor, (¿qué no seria cuando resplandeciera con dulce sonrisa?) no sabia si estaba en la Tierra ó en el paraiso; lo único que consiguió con su victoria, fué quedar cautivo, sin saber cómo, de su misma prisionera. No consintió, sin embargo, en renunciar al premio de su triunfo, á pesar de que las lágrimas de Doralicia demostraban cuanto era posible el dolor y el luto de su corazon. Mandricardo se propuso convertir aquel llanto en placer inefable, y se preparó á llevarla consigo; hízola montar en un palafren blanco, y prosiguió con ella su camino, habiendo antes despedido benignamente á los ancianos, á las damas y doncellas, y á cuantas personas habian venido desde Granada con la Princesa, diciéndoles: