—Perded cuidado, conmigo solo irá bien acompañada: yo seré su guia, su protector, y sabré atender á todas sus necesidades. Adiós, amigos.

No pudiendo oponerle la menor resistencia, se alejaron aquellos desgraciados, llorando y suspirando, y diciendo entre sí:—«¡Cuán profundo será el dolor de su padre cuando llegue á su noticia este suceso! ¡Cuánta ira, cuánta pena sentirá su esposo, y cuán horrible será su venganza! ¡Ah! ¿Por qué no habria de llegar en ocasion tan critica, para hacer que ese guerrero devolviera la ilustre hija del rey Estordilano, antes de que la lleve léjos de nosotros?

Satisfecho el Tártaro con la magnífica conquista que le habian proporcionado su fortuna y su denuedo, parecia tener menos prisa que antes en buscar al caballero de la negra vestidura. Entonces corria; ahora iba tranquila y lentamente preocupado tan solo con el deseo de hallar un sitio á propósito donde apagar su amorosa llama. Esforzábase en consolar á Doralicia, cuyo rostro estaba bañado en llanto; ideaba mil cosas para distraerla, y le decia:

—Há largo tiempo que la fama de vuestra belleza me inspiró una viva pasion hácia vos: solo por contemplar ese divino rostro, y no por el deseo de ver la Francia ó la España, he abandonado mi patria, mi trono y todo el fausto que me rodeaba, y que otros desean tan vivamente. Si el amor debe ser correspondido, es evidente que merezco el vuestro, pues vivo adorándoos: si preferis el brillo de la cuna, ¿qué estirpe encontrareis más elevada que la mia? Hijo soy del poderoso Agrican. Si os halagan las riquezas, ¿quién posee más vastos dominios que yo, cuando solo á Dios cedo en poderío? Si sois sensible al valor, creo haber dado hoy pruebas de que merezco ser amado por mi denuedo.

Estas palabras y otras muchas que el amor inspiraba á Mandricardo, iban derramando un bálsamo consolador en el corazon de la doncella, afligida aun por el espanto. Poco á poco cesó el miedo y con él el dolor que le habia lacerado el alma, y empezó á escuchar con más paciencia y mayor agrado las frases de su nuevo amante. Mostróse despues en sus benignas respuestas mucho más afable y cortés, y por último permitió que Mandricardo contemplara su rostro, cuyas miradas imploraban compasion: entonces el pagano, traspasado de nuevo por los dardos del Amor, adquirió no ya la esperanza, sino la certidumbre de que la jóven llegaria á acceder á sus deseos.

Contento y alegre con aquella compañia, que tanto le satisfacia y deleitaba, vió llegar la hora en que el ocaso del Sol y la frescura de la noche invitan á todos los seres animados al reposo, y empezó á cabalgar con mayor velocidad, hasta que oyó los sonidos de los caramillos y zampoñas, y divisó algunas columnas de humo que se elevaban por encima de varias granjas y cabañas. Aquellas moradas, más cómodas que suntuosas, estaban habitadas por pastores, uno de los cuales ofreció la suya al caballero y á la doncella con tan corteses modales y tan solícita bondad, que quedaron en extremo satisfechos de él. No solo se encuentran hombres afables y galantes en las ciudades y castillos, sino tambien en las cabañas y en los más humildes tugurios.

Lo que sucedió entre Doralicia y el hijo de Agrican luego que la noche hubo tendido su manto, no podré referirlo con toda exactitud; así es que lo dejaré al buen juicio del lector. Pero puede suponerse que reinó entre ellos la mayor intimidad, por cuanto al dia siguiente ambos aparentaban estar muy contentos, y Doralicia dió las gracias al pastor por su cordial hospitalidad. Desde allí fueron vagando de comarca en comarca, hasta que se encontraron á la orilla de un placentero rio, cuyas aguas se deslizaban hácia el mar tan silenciosamente, que no se sabia si estaban estancadas ó si circulaban en libertad; eran además tan limpias y cristalinas, que se veia distintamente su fondo. Allí encontraron dos caballeros y una doncella.

Pero mi elevada fantasia, que no me permite seguir siempre el mismo camino, me aleja de allí, y me arrastra hácia el campamento de los moros, cuyos gritos eran capaces de ensordecer á la Francia entera. El ejército musulman estaba preparado en derredor de la tienda desde donde el hijo del rey Trojano desafiaba al santo Imperio, mientras que el audaz Rodomonte se jactaba de incendiar á París y de arrasar la sagrada Roma. Habia llegado á noticia de Agramante que los ingleses acababan de cruzar el mar, por lo cual llamó á su presencia á Marsilio, al anciano rey del Algarbe y á otros varios capitanes. Resolvieron por unanimidad que se preparara al momento el ejército entero para dar á París un asalto decisivo; pues la menor dilacion daria lugar á la llegada de tan considerables refuerzos, que les impedirian totalmente la toma la ciudad.

Los sarracenos habian reunido de antemano al pié de las murallas innumerables escalas, vigas, tablones y grandes cestos de mimbres, para emplearlos en diferentes usos: estaban tambien provistos de puentes y lanchas, y por último, Agramante habia ya designado las tropas que debian dar el asalto en primera y segunda fila, á cuyo frente se proponia acometer en persona la ciudad.

La víspera del combate, hizo el Emperador celebrar misas y diferentes ceremonias religiosas dentro de París por los sacerdotes, y los frailes de todas las órdenes, á cuyas ceremonias asistieron los sitiados, que confesaron y comulgaron, como si al dia siguiente debieran perecer todos. Carlomagno, rodeado de sus magnates y paladines, de los príncipes y de los prelados, asistió á las prácticas religiosas en la iglesia mayor, con una devocion de que dió excelente ejemplo á sus súbditos. Con las manos juntas y los ojos elevados, al cielo decia: