—¡Señor, aunque yo sea inícuo é impío, no permita tu bondad que padezca tu pueblo en desagravio de mis faltas! Si es tu voluntad aplicarle justas penas, como se merecen nuestros errores, aleja por lo menos el castigo de nuestras cabezas á fin de que no lo recibamos por mano de tus enemigos; pues si á nosotros, que somos tus amigos, nos fuera imposible derrotarlos, insultarian tu poder esos paganos, diciendo que no existe, puesto que ha dejado morir á tus defensores, De no castigar á un solo culpable, se alzarán contra tí otros ciento por todo el mundo, hasta el extremo de que la falsa ley de Babel conseguirá sofocar y humillar tu religion. Proteje á este pueblo, que es el mismo que ha lanzado de tu santo sepulcro á sus viles profanadores, y que tantas veces ha defendido á la santa Iglesia y sus pontífices. Bien sé que nuestros méritos no corresponden ni con mucho á lo que te es debido, y que no debemos esperar perdon de tí, si consideramos nuestra desarreglada vida; pero si nos concedes el maravilloso don de tu gracia, quedarán purificados nuestros corazones y entraremos en razon; y como todos recordamos tu piedad, no desesperamos de tu auxilio.

Así decia el devoto Emperador, con corazon humilde y contrito. Dispuso además otras rogativas religiosas, y pronunció votos que la inminencia del peligro y su mismo esplendor hacian necesarios. Tan fervientes súplicas no fueron estériles, porque su ángel tutelar recogió sus ruegos, y desplegando las alas, los llevó á los piés del Salvador del mundo. En aquel momento, diferentes mensajeros celestiales eran portadores de otras infinitas súplicas para el Eterno, las cuales habian escuchado aquellas almas bienaventuradas con la piedad retratada en sus angelicales semblantes, y todos juntos contemplaron á su sempiterno Amante, y le patentizaron su deseo unánime de que acogiera benigno las justas plegarias del pueblo cristiano, que acudia á Él en demanda de socorro. La Bondad inefable, á quien jamás acudió en vano un corazon verdaderamente cristiano, levantó sus piadosos ojos é hizo una seña al arcángel San Miguel para que se aproximara.—«Vé, le dijo, al encuentro del ejército cristiano que ha desembarcado en las costas de Picardia, y condúcele al pié de los muros de París, sin que lo adviertan sus contrarios: busca primeramente al Silencio, y díle de mi parte que te ayude en esta empresa: él sabrá demasiado lo que tiene que hacer para realizar mis designios. Desempeñada esta comision, vuela presuroso hácia donde tiene la Discordia su asiento: díle que coja su yesca y su eslabon; que prenda fuego en el campo de los moros y que siembre tanta cizaña y tantas rencillas entre sus guerreros más valerosos que vuelvan pronto sus armas unos contra otros, y se hieran, se arranquen la vida ó se carguen de cadenas, ó bien abandonen despechados el campamento hasta conseguir que el Rey africano se vea privado de su apoyo.»

El arcángel bendito emprendió inmediatamente su vuelo, sin replicar una sola palabra. Por do quiera que Miguel extendia sus alas, se disipaban las nubes, y aparecia el cielo en toda su lucidez: ceñíale en torno un círculo luminoso, brillante como el oro, y de un resplandor semejante al que producen de noche los relámpagos. El mensajero celestial iba pensando, durante su viaje, en el sitio donde deberia posarse para encontrar sin pérdida de tiempo al enemigo de la palabra, á quien debia transmitir primero la órden del Señor. Fué recorriendo los lugares más frecuentados por él, hasta que por último presumió que lo hallaria en alguna iglesia ó monasterio de monjes en reclusion perpétua, donde estaba prohibida toda conversacion y donde la palabra Silencio se veia escrita en el coro, en los dormitorios, en el refectorio, y por fin, en todas las celdas. Creyendo encontrarlo allí, agitó con mayor viveza sus doradas alas; y al ver aquellos lugares consagrados aun á la Paz, la Quietud y la Caridad supuso haber acertado. Pronto conoció su error, así que llegó al claustro, pues no encontró al Silencio; preguntó por él, y le dijeron que allí solo existia de nombre. Tampoco halló Piedad, ni Quietud, ni Humildad, ni Caridad, ni Paz: es indudable que habian residido en el claustro, pero fué en otro tiempo, y de él las habian arrojado la Gula, la Avaricia, la Ira, la Soberbia, la Envidia, la Crueldad, y la Pereza. Admirado el Angel de tanta novedad, examinó atentamente aquella turba vil, y descubrió entre ella á la Discordia, á quien, segun la órden del Eterno, debia buscar despues que al Silencio. Habia pensado dirigirse al Averno, por creer que estuviera entre los condenados, y la fué á encontrar ¡quién lo creyera! en aquel nuevo infierno, entre misas y ceremonias religiosas.

Miguel no podia creer que fuera la Discordia aquella á quien solo esperaba hallar despues de un largo viaje; pero cesaron sus dudas cuando la conoció por sus vestidos cenicientos de rayas desiguales é infinitas, cuyos girones ocultaban ó mostraban su desnudez, á medida que andaba ó eran agitados por el viento. Sus enmarañados cabellos eran rojos, plateados, negros y grises: unos estaban trenzados, otros atados y recogidos por una cinta; caíanle por la espalda muchos y por el pecho algunos. Tenia las manos y el pecho llenos de citaciones, de libelos, de exámenes, de espedientes jurídicos, de glosas, de consultas, de relatos y de otros documentos de curia que en las ciudades ponen en peligro la hacienda del pobre. Por todos lados estaba rodeada de escribanos, procuradores y abogados.

Llamóla Miguel, y le ordenó que fuera á colocarse entre los sarracenos más valientes, y buscara un pretexto para obligarles á combatir entre sí con memorable estrago. Pidióle despues nuevas del Silencio, persuadido de que ella las sabria fácilmente, puesto que iba por todas partes atizando sus incendios La Discordia respondió:

—No tengo presente haberle visto en ningun sitio: he oido hablar de él muchas veces, y aun recomendarle por su astucia; pero el Fraude, uno de mis compañeros que alguna vez ha ido con él, podrá, segun creo, indicarte su morada.

Y señaló á uno con el dedo, diciendo:—«Aquel es.»

Su rostro era afable, honesto su traje; sus miradas humildes, sus movimientos mesurados, y su modo de hablar tan benigno y tan modesto, que parecia al del arcángel Gabriel cuando dijo: Ave Maria. Todo lo demás era en él hediondo y deforme; pero ocultaba tan depravadas imperfecciones bajo un hábito largo y ancho, que tambien escondia un puñal pendiente siempre de su cuello. El ángel le preguntó por el camino que debia seguir para encontrar al Silencio.

—En otro tiempo, contestó el Fraude, solia habitar únicamente entre las virtudes, con Benito y con los discípulos de Elías en los monasterios que acababan de ser fundados. Mucha parte de su vida la pasó en las escuelas, en tiempo de Pitágoras y de Architas[73]; pero al desaparecer aquellos filósofos y aquellos santos, que solian llevarle por el camino recto, abandonó sus antiguas y excelentes costumbres, para reunirse con los malvados. Empezó á ir de noche con los amantes; despues con los ladrones, y hoy es el protector de todo delito. Habita mucho tiempo con la Traicion, y hasta le he visto con el Homicidio: acostumbra á refugiarse en algun subterráneo cavernoso en compañia de los monederos falsos; y en fin, muda con tanta frecuencia de compañeros y de albergues, que serias muy afortunado si le encontraras. Abrigo, sin embargo, la esperanza de que le hallarás, si procuras ir á media noche á la mansion del Sueño; indudablemente darás con él, pues en ella duerme.

Aunque el Fraude tiene la costumbre de engañar siempre, era no obstante su lenguaje tan parecido al de la verdad, que el Angel le dió crédito, y sin más tardanza se marchó volando del monasterio; si bien procuró moderar el movimiento de sus alas á fin de llegar con oportunidad al término de su viaje, para encontrar al Silencio en la morada del Sueño, cuya situacion conocia.