Entre tanto, el rey de Sarza habia lanzado al asalto una nueva division, acompañado de Buraldo, rey de los garamatas, y de Ormida, rey de Marmonda. A su lado marchaban tambien Clarindo y Soridan, así como los reyes de Ceuta, de Marruecos y de Cosca, todos ellos impacientes por dar á conocer su valor. Rodomonte de Sarza ostentaba en su bandera, completamente roja, un leon terrible con la boca abierta, permitiendo que una jóven le colocara en ella un freno. El leon era la emblema de Rodomonte, y la jóven que lo enfrenaba era la imágen de Doralicia, hija de Estordilan, rey de Granada. Ya he referido cómo y en qué sitio se habia apoderado de ella Mandricardo: Rodomonte amaba á aquella jóven más que á su vida y más que á su corona, y por hacerse agradable á sus ojos se esforzaba en dar pruebas de valor y cortesía: pero aun no habia llegado á su noticia que su amada se hallaba en poder de otro; pues si lo hubiera sabido, habria hecho en el momento mismo lo que hizo aquel dia combatiendo contra los cristianos.
Apoyáronse á un tiempo mil escalas contra las murallas, sobre cada uno de sus peldaños subieron al instante dos guerreros: los segundos empujaban á los primeros, y eran á su vez empujados por los terceros: á unos les sostenia su propio valor, á los otros el temor, y todos se veian obligados á demostrar igual denuedo; pues si llegaba alguno á detenerse un momento, caia herido ó muerto á manos de Rodomonte, del cruel rey de Argel. Así es que todos se esforzaban en escalar las murallas, sufriendo una verdadera lluvia de fuego y de piedras: todos procuraban, sin embargo, encontrar un sitio por donde el escalamiento fuera más fácil y menos peligroso: Rodomonte era el único que se desdeñaba de seguir el camino más seguro, y mientras que los demás dirigian sus ruegos al cielo en tan apurado trance, él prorumpió en terribles imprecaciones y blasfemias. Estaba armado de una fuerte é impenetrable coraza, hecha de la piel escamosa de un dragon, con la cual habia ya defendido su pecho uno de sus ascendientes, aquel impío que edificó la torre de Babel, creyendo arrojar á Dios de su celestial morada y arrebatarle el gobierno de los astros. Su yelmo, su escudo y su espada, fabricados exprofeso, eran del mismo temple y resistencia.
No menos indomable, soberbio y furibundo que Nemrod, Rodomonte habria sido capaz de subir al mismo cielo aun en medio de las tinieblas de la noche, si en el mundo existiera un camino que condujese á él. Sin detenerse á examinar si el muro estaba entero ó abierta la brecha, ni si era profundo el foso, lo atravesó corriendo, metiéndose hasta el cuello en el agua y el lodo. Lleno de fango, empapado en el agua, y arrostrando el fuego, las piedras, y los proyectiles disparados por los arcos y ballestas, corria como entre los pantanosos cañaverales de nuestra Mallea, suele correr el javalí, que se abre ancho paso con el pecho, las pezuñas y los colmillos; y resguardándose con el escudo, no solo despreciaba las murallas, sino tambien al cielo. Apenas puso el pié fuera del agua, lanzóse á una gran plataforma apoyada en la muralla en que estaban situados los guerreros franceses. Entonces se vió al terrible sarraceno haciendo volar pedazos de cráneo de mayor diámetro que los cerquillos de los frailes, derribando brazos y cabezas, y vertiendo arroyos de sangre que desde las murallas iban á parar á los fosos. Arrojó el escudo léjos de sí, empuñó con ambas manos su terrible acero, y se precipitó sobre el duque Arnolfo que habia venido desde aquellos paises donde el Rhin desemboca en el mar. El desgraciado se defendió menos de lo que resiste el azufre á la accion del fuego, y cayó en tierra con la cabeza hendida hasta el cuello. De un solo revés arrancó la vida á Anselmo, á Oldrado, á Espinelocio y á Prando: los dos primeros de Flandes, y los otros dos de Normandia. La espada de Rodomonte aprovechaba sus golpes de un modo terrible á causa de lo reducido de aquel sitio en donde estaban apiñados multitud de guerreros. En seguida hendió desde la frente al pecho y al vientre á Orghetto de Maguncia.
Arrojó despues á los fosos desde lo alto de una almena á Andropono y á Moschino; el primero consagrado al sacerdocio, y tan adorador del vino el segundo que de un solo trago vaciaba el vaso de mayor capacidad: huia cuanto es posible del agua como si fuera el veneno más activo ó la sangre de una víbora: entonces pereció allí, teniendo el sentimiento de morir en el agua. Dividió el sarraceno de arriba á abajo al provenzal Luis, y atravesó de parte á parte á Arnaldo de Tolosa. A Oberto, Claudio, Hugo y Dionisio, les hizo exhalar el último aliento envuelto en su sangre, y con ellos á Gualtiero, Satalon, Odo y Ambaldo, los cuatro de París, y asimismo á otros muchos, cuyos nombres y patria no sé cómo apuntar brevemente.
Los moros, siguiendo presurosos á Rodomonte, fijaron sus escalas, y alcanzaron la muralla en más de un punto, mientras que los parisienses dejaban de hacerles frente, al ver que su primera defensa de nada les servia ya; porque sabian que al enemigo le quedaba aun mucho que hacer, aunque estuviera en posesion de los muros; pues entre estos y la segunda línea de defensa habia un foso de una profundidad espantosa. Mientras que los primeros defensores continuaban disparando de abajo á arriba con valerosa tenacidad, habian llegado tropas de refresco, que colocadas en el elevado parapeto interior, ofendian sobremanera con sus lanzas y sus saetas á la gran masa de sitiadores, cuyo número hubiera disminuido considerablemente, á no haberlos sostenido el hijo del rey Ulieno. Este iba animando á los unos, motejando á los otros por su inercia, y haciéndoles avanzar á pesar suyo; á cuantos veia dispuestos á emprender la fuga, partia de una sola cuchillada la cabeza ó el pecho; cogia á muchos de los fugitivos por los cabellos, por el cuello ó por los brazos, y arrojándoles al foso iba formando en él tan gran monton, que era estrecho para contenerlos á todos.
Mientras aquel tropel de bárbaros escalaba las murallas, ó se precipitaba en el terrible foso, y procuraba desde allí apoderarse del segundo parapeto, el rey de Sarza, como si todos sus miembros estuvieran provistos de alas, dió un salto á pesar del peso de su cuerpo y del de su armadura, y se lanzó al otro lado del foso, cuya anchura no seria menor de treinta piés. Rodomonte la atravesó con la velocidad de un galgo y al caer no produjo más ruido que si tuviera sus piés cubiertos de fieltro. Empezó entonces á despedazar á cuantos se le oponian, como si las armas de sus contrarios fueran de blando estaño ó de piel, y no de hierro: ¡tanta era su fuerza, y tal el temple de su espada!
Mientras tanto los cristianos, para engañar al enemigo, habian llenado el foso de ramas secas y faginas cubiertas completamente de pez. Nadie podia verlas, por más que estuviera el foso lleno de ellas hasta los bordes. Habian acumulado tambien en él muchos barriles, unos con salitre, otros con aceite, con azufre, ó con materias parecidas. Preparados los sitiados para castigar la loca audacia de los sarracenos que se disponian á escalar el segundo parapeto, así que oyeron la señal convenida, hicieron que estallase un horrible incendio en diferentes puntos á la vez; y reuniéndose todas aquellas llamas hasta formar una sola, extendiéronse de una á otra orilla, y se elevaron tanto, que habrian podido secar el húmedo seno de la Luna. Una niebla negra y densa que oscureció la luz del Sol y ocultó á todas las miradas el sereno azul del cielo, extendióse sobre las cabezas de sitiados y sitiadores, mientras que por el espacio circulaba un estruendo incesante, muy parecido al fragor de un espantoso trueno: el terrible rugido de las llamas homicidas concordaba de un modo extraño con el áspero concento, con la horrísona armonía de los lamentos, gritos y aullidos exhalados por los infelices que perecian en el foso, víctimas de la temeridad y de la insensata audacia de su jefe.... No puedo, Señor, no puedo prolongar más este canto; que estoy ya ronco, y necesito descansar algunos momentos.
CANTO XV.
Combate del ejército moro contra el cristiano al pié de los muros de París.—Despídese Astolfo de Logistila; aprisiona al feroz Caligorante, y corta despues la cabeza á Orrilo, con quien habian combatido en vano Grifon y Aquilante.—Encuentra luego á Sansoneta—Grifon recibe malas noticias referentes á su amada.
Siempre ha sido laudable la victoria, ya dependa de la suerte ó de la pericia: pero es preciso confesar que un triunfo alcanzado á costa de mucha sangre redunda en descrédito del jefe vencedor, mientras que adquiere eterna gloria y se hace digno de los mayores honores el que consigue derrotar al enemigo sin daño de los suyos. Vuestra victoria, Señor, fué merecedora de perpétua fama, pues conseguisteis amansar de tal modo al Leon[74], tan temido en los mares, y dueño de las dos orillas del Pó, desde Francolino hasta su desembocadura, que aunque oiga sus rugidos, no me infundirán pavor mientras os vea. Entonces supisteis demostrar cómo debe vencerse, pues no solo dísteis muerte al enemigo, sino que tambien nos salvásteis.