Esto es lo que no supo hacer el pagano, cuya audacia se convirtió en su daño; pues precipitó á los suyos en el foso, donde perecieron todos abrasados por aquel incendio voraz y repentino que á ninguno respetó. La inmensa zanja habria sido pequeña para contenerlos á todos, si el fuego no hubiese ido reduciendo los cuerpos hasta convertirlos en leves pavesas á fin de que cupieran en aquel sitio. Once mil veintiocho sarracenos se encontraron carbonizados en el incandescente hornillo, al cual habian descendido mal de su grado, obligados por las órdenes de su imprudente jefe. En medio de tan brillante llama se apagó su existencia; pero Rodomonte, causa principal de su daño, pudo librarse de tamaño martirio. Atravesó de un admirable salto el ancho foso, cayendo en medio de los enemigos; si hubiese descendido á el con sus soldados, aquel seria el fin de todas sus hazañas. Volvió despues los ojos á aquella sima infernal y cuando vió que el fuego lo dominaba todo, y llegaron á sus oidos los gritos y lamentos de los sarracenos, prorumpió en espantosas blasfemias contra el cielo.
El rey Agramante atacaba entre tanto furiosamente una de las puertas de la ciudad, creyendo que, mientras los sitiados estaban ocupados en rechazar la agresion de Rodomonte en el sitio donde habia perecido ya tanta gente, aquella puerta estaria desprovista de defensores ó no tendria los suficientes para hacer frente á los suyos. Con él iban Bambirago, rey de Arcilla; el vicioso Baliverzo; Corineo de Mulga; Prusion, rico monarca de las islas Afortunadas[75]; Malabuferso, rey de Fez, en cuyo país reina un estío perpétuo, y otros varios guerreros, expertos en las batallas y muy bien armados, y aun algunos cobardes que no se consideraban seguros ni aun estando resguardados por mil escudos.
El monarca sarraceno halló todo lo contrario de lo que esperaba; porque aquella puerta estaba defendida por el mismo jefe del Imperio en persona, por Carlomagno y por muchos de sus paladines, á cuyo lado combatian el rey Salomon, el danés Ogiero, los dos Guidos y los dos Angelinos, el duque de Baviera, Ganelon, Berlingiero, Avolio, Avino y Oton, así como una inmensa multitud de soldados de inferior categoria compuesta de franceses, alemanes y lombardos, que ardian en deseos de distinguirse en presencia de su señor con alguna accion heróica. Más adelante os referiré sus proezas; porque ahora me veo precisado á ocuparme de un duque poderoso, que me llama y me hace señas desde léjos, rogándome que no lo deje en el tintero.
Tiempo es ya de volver adonde dejé al venturoso Astolfo de Inglaterra, que afligido por el prolongado destierro en que se habia visto sepultado, ardia en deseos de regresar á su país; deseos avivados por las esperanzas que le habia hecho concebir la vencedora de Alcina, la cual se ocupaba en mandarle á su tierra por el camino más cómodo y seguro. Logistila aparejó con este objeto la mejor galera de cuantas surcaran los mares, y siempre recelosa de que Alcina entorpeciera aquel viaje, quiso que Andrónica y Sofrosina le acompañaran con una fuerte armada hasta dejarle en salvo en el mar de Arabia ó en el golfo Pérsico. Aconsejóle que fuera dando la vuelta por las costas de la Escitia, de la India y del reino de los nabateos[76], y regresara por tan largo trayecto al mar de Persia y de Eritrea[77], evitando no solo los mares boreales, agitados sin cesar por las tempestades, sino tambien las regiones que están privadas de la luz del sol por espacio de algunos meses del año.
Cuando Logistila lo tuvo todo dispuesto, dió permiso á Astolfo para que emprendiera el viaje, no sin haberle instruido y enseñado muchas cosas que fuera prolijo enumerar; y á fin de impedir que por arte mágica cayera en algun sitio de donde no le fuese posible salir, le regaló como recuerdo suyo un libro bello y útil, encareciéndole que lo Ilevara siempre consigo. Aquel librito contenia instrucciones y advertencias para preservarse de toda clase de sortilegios, y por medio de señales particulares y de un índice podia encontrarse en él cuanto se buscara relativamente á encantamientos. Hízole además otro presente, superior á todos los que han podido ofrecerse los mortales: una trompa, cuyo horrible sonido hacía huir á cuantos lo escuchaban. Los sonidos formidables de aquella trompa ó cuerno de caza, lo repito, ponian en fuga á todo el que los oia, sin que de ello pudiera eximirse ni aun el hombre de corazon más animoso. El estrépito que produce el huracan, el trueno ó un terremoto no era comparable al horrísono estruendo de aquel.
El excelente caballero inglés despidióse de la hada despues de haberle expresado diferentes veces su gratitud, y dejando el puerto y la tranquila playa, hizo rumbo hácia las ricas y populosas ciudades de la India embalsamada, impulsado por un viento propicio y bonancible. A la derecha y á la izquierda fué descubriendo infinidad de islas, hasta que llegó á la vista de la tierra de Tomás[78], en donde el piloto hizo variar el rumbo más al Norte. La hermosa escuadra siguió atravesando el piélago, pasó casi rozando con las costas del Quersoneso de Oro[79] y despues de contemplar aquellas ricas comarcas en que, el Ganges blanquea las aguas del mar con su espumosa corriente, á Trapobana[80] y Coringo[81], llegó al mar que está oprimido entre dos playas[82]. Habiendo recorrido luego un largo trecho, los navegantes alcanzaron la altura de Cochin[83], y salieron fuera de los límites de la India.
Mientras navegaba el Duque con tan segura y fiel escolta, quiso saber, y al efecto dirigió algunas preguntas á Andrónica, si algun bajel procedente de los paises que deben su nombre al ocaso del Sol[84], solia aparecer en los mares de Oriente, bien navegara á remo ó bien á vela, y si podia irse directamente por mar desde la India hasta Francia ó Inglaterra.
—Sin duda sabrás, respondió Andrónica, que el mar rodea á la Tierra por todas partes, y que las olas van unas en pos de otras, tanto bajo las zonas glaciales, como bajo las tórridas; pero como las regiones de la Etiopía se extienden mucho hácia el Sur, ocupando un inmenso espacio de mar, han creido algunos que aquellas eran el límite del imperio de Neptuno. Esta es la razon de que ni una sola nave de Levante dirija su rumbo hácia nuestro Océano índico, y de que tampoco exista en Europa marino alguno que intente arribar á nuestras comarcas. Por adelantarse tanto en el mar la tierra meridional de África, se ven todos precisados á retroceder en su derrotero, creyendo, al verla tan prolongada, que llega á unirse con el hemisferio opuesto. Pero, á través de los años, veo nuevos Argonautas y nuevos Tifis, que saliendo de la extremidad del Occidente, se abrirán paso por caminos desconocidos hasta ahora[85].
»Veo á unos dar la vuelta al rededor del África, y costear las playas habitadas por individuos de raza negra hasta haber traspuesto el signo desde el que vuelve el Sol á nuestros paises, cuando sale del Capricornio, y encontrando por último el fin del inmenso promontorio que parece dividir en dos este mar único, recorrer todas las costas y las vecinas islas de la India, de la Arabia y de la Persia[86].