»Veo á otros dejar á derecha é izquierda las dos costas formadas por obra de Hércules, é imitando, el curso circular del Sol, encontrar nuevas tierras y nuevo mundo[87]. Veo la santa Cruz y la enseña imperial plantada en sus verdes orillas; veo á los unos custodiando los combatidos bajeles: á los otros, escogidos para la conquista de aquellos paises; veo á diez derrotando á mil, y los reinos de la India Occidental sujetos á la corona de Aragon, y veo en resúmen á los capitanes de Carlos V vencedores en todas partes.
»Es la voluntad de Dios que este camino haya permanecido oculto para los antiguos; que continúe todavia ignorado durante mucho tiempo, y que siga desconocido hasta que haya pasado la sexta y la séptima edad de la Tierra. El Eterno revelará su existencia á los hombres, cuando llegue la época en que tendrá á bien colocar el cetro del mundo en manos del emperador más justo y sábio que haya existido ó exista desde Augusto.
»Veo nacer en la orilla izquierda del Rhin, de sangre austriaca y aragonesa, un príncipe[88], cuyo valor no podrá compararse con ningun otro del que se haya hablado ó escrito. Veo á Astrea colocada por él en su perdido asiento, ó mejor dicho, vuelta á la vida; y veo á las virtudes, desterradas tambien por los humanos, cuando arrojaron del mundo á aquella diosa, volver merced á él de su ostracismo. La Bondad divina le concederá por estos merecimientos, no solo la corona del grande imperio que poseyeron Augusto, Trajano, Marco Antonio y Severo, sino tan vastos dominios, que el Sol no se pondrá en ellos. El poder celestial tiene además dispuesto, que mientras reine este emperador haya un solo pastor y un solo rebaño. Para que tengan más fácil cumplimiento los decretos eternamente escritos en el Cielo, la divina Providencia le rodeará de capitanes invictos en mar y tierra.
»Veo á Hernan Cortés, que someterá á su dominio nuevas ciudades y reinos tan remotos que son completamente desconocidos para los habitantes de la India. Veo á Próspero Colonna[89], así como á un marqués de Pescara[90], y tras ellos á un jóven marqués del Vasto[91], que escarmentarán en Italia á las lises de oro: veo á este último dispuesto á superar en heroismo á los otros dos para arrebatarles la palma del triunfo, semejante á un brioso corcel que, saliendo el último de la barrera, alcanza y adelanta á los que le preceden. Veo en Alfonso (que tal es su nombre) tanto valor y tanta lealtad, que á la escasa edad de veintiseis años, alcanzará del Emperador el mando de su ejército, al que llevará de triunfo en triunfo hasta someter el universo entero al poder de su señor.
»Del mismo modo que con tales guerreros irá Cárlos V aumentando por tierra la herencia de sus padres, así tambien saldrá victorioso en cuantos combates tengan lugar en los mares que limitan por un lado las costas de Europa y las de África por otro, luego que consiga atraer á su servicio á Andrés Doria, aquel Doria que limpiará el mar de corsarios. Aunque el gran Pompeyo venció y exterminó en otro tiempo á los piratas, su gloria es incomparable á la que Doria adquirirá; porque aquellos no podian considerarse iguales al reino más poderoso que ha existido, mientras el invicto marino purgará los mares con sus solas fuerzas y su pericia, de tal modo, que bastará pronunciar su nombre para que se estremezcan de pavor todas las costas desde Calpe al Nilo. Fiado en la lealtad de este capitan, y acompañado por él, entrará Cárlos en Italia, cuyas puertas le serán abiertas, y ceñirá la corona del Imperio. Veo á Doria rehusar la merecida recompensa de tantas hazañas, cediéndola á su patria, cuya libertad alcanzará merced á sus ruegos, obrando así de un modo muy diferente á otros, que en igual posicion hubieran deseado esclavizarla en provecho propio[92]. Esta piedad, este patriotismo es más digno de gloria que la que obtuvo César por sus victorias en Francia, España, Inglaterra, África ó Tesalia. La fama que por sus empresas adquirieron el grande Octavio y su competidor Antonio, no podrá compararse tampoco con la del bravo marino; pues aquellos la mancillaron por haber maniatado con las cadenas de la esclavitud á su propio país. ¡Baldon eterno á los que convierten á su patria de libre en esclava! ¡Donde quiera que resuene el nombre de Andrés Doria, deberán inclinar humillados y avergonzados la cabeza! Veo á Cárlos colmándole de beneficios, y no satisfecho con que disfrute al par de sus conciudadanos la recompensa de sus acciones, le donará la rica tierra de la Apulia, donde antes se habrán engrandecido los Normandos. No limitará Cárlos su generosidad á este capitan, sino que la hará extensiva con mano liberal á cuantos hayan prodigado su sangre en su servicio, y veo más complacida su alma dando una ciudad ó una comarca entera á un súbdito leal, ó á cualesquiera otros que se hagan dignos de sus mercedes, que conquistando nuevos reinos y nuevos imperios.»
De esta suerte iba Andrónica revelando á Astolfo las victorias que, transcurrido un gran número de años, proporcionarían á Cárlos V sus capitanes, en tanto que su compañera cuidaba de contener ó alentar los vientos orientales, haciendo que les fueran propicios, y aumentándolos ó disminuyéndolos á su voluntad. Habian dado vista mientras tanto al anchuroso mar de Persia, y de allí á pocos dias llegaron á aquel golfo que debe su nombre á los antiguos magos: una vez en él, pusieron las proas en direccion de la costa, y entraron en un puerto, donde Astolfo, á cubierto de Alcina y de su odio, se apresuró á desembarcar, emprendiendo en seguida su camino por tierra.
Atravesó campiñas y bosques, montes y llanuras, en los que se vió más de una vez atacado por ladrones, que le asaltaron lo mismo en campo raso que en la espesura de las selvas; interceptaron tambien su camino los leones, las venenosas serpientes y otras muchas fieras; pero en cuanto aproximaba á sus labios la bocina, unos y otros huian despavoridos en todas direcciones. Pasó por la Arabia llamada Feliz, rica en mirra y oloroso incienso; país que ha elegido el fénix por asilo, con preferencia á cuantos existen en toda la extension de la Tierra, y llegó á orillas de aquel mar, cuyas aguas vengaron á los israelitas, sepultando en su seno por voluntad del Cielo á Faraon con todo su ejército. Siguió durante algun tiempo la corriente del rio Trajano, cabalgando en aquel corcel que no tenia igual en el mundo, y cuya ligereza era tan extremada, que ni dejaba impresas sus huellas en la arena, ni llegaba á doblar la yerba ó desflorar la nieve; corcel que seria capaz de correr por el mar sin mojarse los cascos; que, en su impetuosa carrera, superaba en velocidad al viento, al rayo y á las flechas. Aquel caballo, que en otro tiempo habia pertenecido á Argalía, fué engendrado por el viento y por las llamas, y no tenia necesidad de heno ni de cebada; pues le bastaba para alimentarse el aire puro, y su nombre era el de Rabican.
Continuando su camino, llegó el Duque á la confluencia de aquel rio con el Nilo, y antes de encontrarse en la desembocadura de este último, divisó una embarcacion que avanzaba rápidamente hácia él. En la popa iba un ermitaño, cuya blanca barba le caia hasta la mitad del pecho: este anciano invitó al paladin á entrar en el bajel, gritándole desde léjos:
—Hijo mio: si no te es odiosa la vida, si no quieres perecer hoy mismo, apresúrate á pasar á esta otra orilla, porque el camino que sigues te conduce directamente á la muerte. Apenas llegues á andar seis millas más, encontrarás la sangrienta morada de un gigante horrible, cuya estatura excede en ocho piés á la de cualquier mortal. Todo caballero ó viandante que con él tropiece, debe perder la esperanza de salir vivo de entre sus manos; porque el malvado extrangula á unos, desuella á otros, descuartiza á muchos y hasta se traga á más de uno vivo. Para proporcionarse tan repugnante placer, hace uso de una red maravillosamente tejida, que tiende cerca de su caverna, ocultándola con tal destreza entre la trillada arena, que es imposible que la vea nadie sin tener prévia noticia de ella: ¡tan sutil es, y tan perfectamente la coloca el gigante! Asustados los viajeros por los gritos de este, caen impremeditadamente en la red, y entonces, lanzando estrepitosas carcajadas, los arrastra, envueltos en ella, hasta su guarida, sin atender á su calidad, pues para él es lo mismo la dama que el caballero, un personaje de importancia que un hombre insignificante. Despues devora sus carnes, chupa la sangre y los sesos, y esparce los huesos por el campo, conservando las pieles para colocarlas como vistosos trofeos en derredor de su tétrica mansion. Decídete, pues, hijo mio, á seguir esta otra via, que te conducirá hasta el mar con toda seguridad.
—Mucho agradezco tu consejo, padre, repuso el impávido caballero; pero ante el peligro no vaciló nunca mi honor, al que tengo en más que á mi propia existencia. En vano es que me excites á variar de camino, cuando por el contrario pienso dirigirme en busca de esa terrible cueva. No hay duda de que huyendo podré salvarme; pero quedaré deshonrado, y prefiero la muerte antes que conservar la vida á tal costa. Yendo al encuentro del gigante, lo peor que podrá sucederme es sucumbir donde tantos otros han sucumbido; pero si Dios presta ayuda á mi brazo y consigo salir ileso, dando muerte al mónstruo, este camino ofrecerá en adelante completa seguridad, de suerte que el beneficio será mayor que el daño. No hay, pues, que titubear entre la muerte de un solo hombre y la futura salvacion de muchos.