—Vé en paz, hijo mio, y que Dios envie en tu ayuda desde las etéreas regiones al arcángel San Miguel.

Así dijo el sencillo anacoreta, bendiciendo á Astolfo, el cual siguió adelante por la orilla del Nilo, confiando más en el sonido de su trompa que en su espada.

Entre el profundo rio y las lagunas por él formadas habia en la arenosa orilla un angosto sendero, que terminaba en la solitaria mansion, ajena á todo trato humanitario. En torno de esta se veian los cráneos y los esqueletos de los desgraciados á quienes su mala suerte hasta allí llevara; y cada abertura, cada grieta de la cueva ostentaba pendientes tan sangrientos despojos.

Cual en las poblaciones ó en los castillos de los Alpes suele el cazador fijar las estiradas pieles, las horrendas garras y las cabezas enormes de los osos á quienes ha dado muerte, como prueba de los peligros que ha corrido; así fijaba el gigante los miembros de los que le habian opuesto mayor resistencia: los restos de los demás estaban esparcidos por do quiera, y todas las zanjas llenas de sangre humana.

Caligorante, que tal era el nombre del desapiadado mónstruo que adornaba con restos humanos su vivienda, como suelen otros adornar las suyas con brocados, vigilaba contínuamente en su puerta. Al divisar desde léjos al Duque, apenas pudo contener su gozo, pues dos meses hacia ya é iba á entrar en el tercero, que no aparecia por allí caballero alguno. Dirigióse presuroso hácia la laguna, que era oscura y cubierta de espesos cañaverales, con la intencion de ocultarse en ella, dejar pasar al paladin y atacarle por la espalda, esperando además que cayera en las redes que habia ocultado bajo la arena, como ya habian caido tantos otros. En cuanto Astolfo vió al gigante, detuvo á su corcel, temeroso de caer en el lazo de que le habia hablado el buen anciano: apeló en seguida á su trompa, cuyo sonido produjo el efecto acostumbrado, de modo que sobrecogido el gigante de pavor y asombro, huyó en direccion á su morada. Continuó Astolfo tocando con más fuerza, atento siempre á ver si descubria la red: Caligorante corrió con mayor velocidad, sin reparar siquiera por donde huia; pues habiendo perdido el ánimo, perdió tambien el instinto, y su terror fué tal, que dirigió sus pasos involuntariamente hácia donde estaba oculta la red, en la que cayó al fin quedando completamente envuelto y tendido en el suelo.

El paladin, al ver caido al gigante, y considerándose por lo tanto seguro, corrió hácia él presuroso; y apeándose del caballo y desnudando el acero, se dispuso á vengar la deplorable muerte de mil y mil desventurados; pero detúvose considerando que la muerte de un hombre indefenso y atado podia tenerse por villania más bien que por valor, y al ver al gigante con los brazos, los piés, y el cuello sujetos, desistió de su intento.

Aquellas redes, obra de Vulcano, eran de sutil acero; mas estaban hechas con tal arte, que en vano se intentaria desprender su más pequeña malla: eran las mismas que en otro tiempo sujetaron á Venus y á Marte[93]. El celoso Vulcano las habia fabricado con el objeto de sorprender á ambos amantes mientras estaban entregados á los placeres del amor; despues Mercurio las robó á su constructor para coger con ellas á la bella Cloris, á Cloris que va por el aire en pos de la Aurora cuando aparece el Sol, esparciendo las rosas, violetas y azucenas que lleva en su recogida vestidura. Mercurio acechó con tanto cuidado á esta Ninfa, que al fin consiguió un dia prenderla con su red en el aire, cerca del sitio donde desemboca en el mar el gran rio de Etiopía[94].

Esta red fué conservada durante muchos siglos en Canope[95], en el templo de Anubis[96]. Tres mil años despues, Caligorante quemó la ciudad, saqueó el templo y se apoderó de ella. Posteriormente la colocó á pocos pasos de su morada, tan bien oculta bajo la arena, que todos cuantos eran perseguidos por el gigante iban irremisiblemente á caer en ella, y apenas la tocaban, cuando se veian sujetos por el cuello, por los piés y por los brazos.

Astolfo cogió una de las cadenas de que estaba formada la red y ató las manos de aquel infame á la espalda, rodeándole además los brazos y el pecho de modo que no pudiera desprenderse de ella; en seguida le sacó de entre los otros lazos y le permitió levantarse, lo cual hizo el gigante más dócil y sumiso que un niño. El Duque determinó llevarle consigo, é ir enseñándole por los pueblos, ciudades y castillos. No quiso dejar allí la red, por considerarla una obra de arte incomparablemente bella, y obligó á cargar con ella á Caligorante, á quien llevaba atado tras de sí cual victorioso trofeo. Hizo que cargara asimismo con su escudo y con su yelmo, y continuó la marcha, causando una viva alegría á los habitantes de los pueblos por donde transitaba, que veian al fin libre aquel camino.

Astolfo anduvo á tan buen paso, que en breve descubrió los sepulcros de Memfis, aquellas pirámides que hacen famosa á esta ciudad; pasó tambien por la populosa ciudad del Cairo, cuyos habitantes acudieron presurosos á ver al desmesurado gigante.—«¿Cómo es posible, decian, que un caballero tan pequeño haya logrado maniatar á un hombre tan gigantesco!»—Astolfo apenas podia andar un paso, porque se lo impedia la muchedumbre agolpada en su derredor, que le admiraba y reverenciaba por el mucho valor que en él suponia.