El Cairo no era entonces tan grande como ahora, segun se dice; pues actualmente no bastan sus diez y ocho mil calles á contener su numerosa poblacion, y á pesar de tener las casas tres pisos, un número considerable de sus habitantes duerme á la intemperie. El Soldan habita un castillo de una magnificencia y una riqueza sorprendente; quince mil de sus guardias, todos cristianos renegados, viven bajo un mismo techo con sus mujeres, sus familias y sus caballos.

Astolfo deseando ver la desembocadura del Nilo, así como sus diferentes deltas, pasó á Damieta, á pesar de haber oido decir que el que á tanto se atrevia se exponia á quedar muerto ó aprisionado; porque á la orilla del rio y cerca de dicha desembocadura, vivia en una torre un ladron, terror de los campesinos y de los viandantes, el cual extendia sus correrias hasta el Cairo, robando á cuantos encontraba. Nadie podia resistirle, y segun contaba la fama, en vano se procuraba arrancarle la vida; pues su cuerpo habia recibido más de cien mil heridas que no pudieron ocasionarle la muerte.

Con el objeto de ver si conseguia que la Parca cortara el hilo de su vida se dirigió Astolfo en busca de Orrilo, que este era el nombre del ladron, y llegó á Damieta: desde allí pasó á la desembocadura del Nilo, y vió en su orilla la elevada torre donde se albergaba aquel sér encantado, hijo de un duende y de una hada. Encontró á Orrilo en el momento en que estaba combatiendo con dos guerreros, á quienes acosaba de tal modo, á pesar de ser él solo contra los dos, que apenas podian parar sus golpes, no obstante que su fama de valientes y esforzados resonaba por el mundo. Dichos guerreros eran los dos hijos de Olivero, Grifon el Blanco y Aquilante el Negro. El Nigromante habia sabido á la verdad trabar el combate con notoria ventaja, porque llevaba consigo una fiera que solo habita en aquellas comarcas; fiera que vive en la tierra y en el agua, y que se alimenta de los cuerpos de los incautos viandantes ó infelices marinos á quienes su mala estrella encamina por aquellas playas.

La fiera yacia sobre la arena de la costa, muerta por los dos hermanos; mas tan poco le importaba á Orrilo su pérdida como los golpes que ambos le dirigian furiosamente. Varias veces le arrancaron diferentes miembros á cuchilladas sin conseguir matarle, pues no bien caian sus brazos ó sus piernas por el suelo, cuando los recogia y los pegaba otra vez en su sitio cual si fuesen de cera. Grifon lo hendió de un tajo la cabeza hasta los dientes; otro tajo de Aquilante le dividió basta el pecho; mas Orrilo se reia siempre de sus golpes, mientras los caballeros so enfurecian al ver que sus esfuerzos eran inútiles. El que haya visto caer desde cierta altura el cuerpo que los alquimistas llaman mercurio, y hayan observado cómo se fracciona y vuelve á unirse, comprenderá, si recuerda este caso, cuanto digo con respecto á Orrilo. Si le cortaban la cabeza, se bajaba, la buscaba á tientas hasta que la encontraba, la cogia por los cabellos ó por la nariz, y la soldaba al cuello, ignoro por qué medios. Una de las veces que lograron separarle la cabeza del cuerpo, Grifon la cogió precipitadamente, extendió su brazo y la arrojó al rio; pero de poco le sirvió, porque Orrilo se sumergió en él, nadando como un pez, y al poco rato salió á la orilla con la cabeza colocada en su lugar.

Dos hermosas damas, engalanadas modestamente, la una vestida de blanco y la otra de negro, estaban contemplando el horrible combate de que habian sido causa. Eran las dos hadas benignas que habian criado á los hijos de Olivero, cuando, tiernos niños aun, los rescataron de las crueles garras de dos aves enormes, que los habian robado á su madre Gismunda, y se los llevaban léjos de su patria. Pero

Combate entre Orrilo y los hermanos Grifon el blanco y Aquilante el Negro.
(Canto XV.)

no quiero pecar de difuso; pues nadie ignora ya esta historia, á pesar de que el autor, confundiendo el nombre de su padre, tomó, no sé cómo, uno por otro. Continuaré, pues, refiriendo el combate que los dos jóvenes emprendieron á ruegos de las dos damas.

La luz del dia, que brillaba aun en las islas Afortunadas[97], habia desaparecido ya de aquellas costas; y las sombras de la noche, mal disipadas por la débil é incierta claridad de la Luna, impedian distinguir los objetos, cuando regresó Orrilo á su torre, por haber dispuesto las dos hermanas que se suspendiese la lucha hasta que el nuevo Sol apareciera por el horizonte.

Astolfo, que habia conocido desde luego á Grifon y á Aquilante por sus empresas y por sus terribles golpes, se apresuró á saludarlos afablemente. Viendo los dos hermanos que aquel que traia, maniatado al gigante era el caballero del Leopardo, con cuyo nombre se le conocia en la corte de Inglaterra, le recibieron con no menores muestras de afecto. Las damas condujeron á un palacio próximo á los caballeros para que disfrutaran de algun reposo; salieron al camino á recibirlos hermosas doncellas y pajes con antorchas. Los guerreros confiaron sus caballos á algunos palafreneros; quitáronse despues las armas, y pasaron á un lindo jardin, donde, junto á una fuente límpida y amena, encontraron dispuesta una cena excelente.