Ataron al gigante con otra cadena mucho más gruesa al tronco de una añosa encina, capaz de resistir cualquiera de sus vigorosas sacudidas, y encargaron su custodia á diez soldados, á fin de que no pudiera romper sus ligaduras durante la noche y acometerles cuando estuvieran descuidados y tranquilos.

Sentados despues ante una suntuosa mesa, abundantemente provista, pusiéronse á disfrutar de aquella cena, cuyo mayor atractivo no consistió en la variedad y excelencia de los manjares, sino en las animadas conversaciones con que sazonaron el banquete, hablando principalmente de Orrilo y de la milagrosa facultad que poseia, y que parecia un sueño, de recoger y reunir á su cuerpo los brazos, las piernas ó la cabeza separados de él, para volver á la lucha más fuerte y terrible que antes.

Astolfo habia leido ya en su libro, que enseñaba el modo de destruir los encantos, que no se podria quitar la vida á Orrilo mientras tuviese en la cabeza un cabello especial; pero que una vez descubierto y arrancado éste, seria fácil darle la muerte inmediatamente. Esto era lo que decia el libro; pero callaba, sin embargo, el modo de distinguir aquel cabello entre la espesa melena del ladron. Astolfo se envanecia ya de su triunfo, como si en efecto lo hubiese alcanzado, esperando que á los pocos golpes conseguiria arrancar al Nigromante el cabello, y el alma al mismo tiempo. Sin embargo, deseaba cargar solo con todo el peso de aquella empresa, y al efecto prometió á los dos hermanos que mataria á Orrilo, cuando ellos tuvieran á bien que midiera con él sus armas. Aquilante y Grifon le cedieron voluntariamente el puesto, convencidos íntimamente de que se cansaria en vano.

Apenas despuntó en el Cielo la nueva aurora, cuando Orrilo bajó desde su amurallada mansion á la llanura. Trabóse inmediatamente la lucha entre el Duque y él, empuñando el uno la espada y el otro la maza. Astolfo multiplicaba sus golpes, esperando que alguno de ellos lograria hacer salir el alma del cuerpo del bandido, y ora de un tajo le derribaba el puño con la maza, ora uno ú otro brazo, ora le atravesaba la coraza y el pecho, desmembrándole sucesivamente de esta suerte; pero Orrilo recogia siempre del suelo sus esparcidos miembros y se los colocaba de nuevo, quedando tan sano como antes: aunque el paladin le hubiese dividido en cien pedazos, lo volveria á ver íntegro en un momento. Al cabo de mil mandobles acertólo uno que le separó el casco y la cabeza de los hombros: apeóse del caballo, y con no menor velocidad que Orrilo, se apoderó de su sangrienta cabeza, volvió á montar de un salto, y se la llevó corriendo á escape contra el curso del Nilo, á fin de que su decapitado adversario no pudiese recobrarla.

Aquel necio, que no pudo observar tal accion, empezó á buscar su cabera por el suelo; pero no bien conoció por la rápida carrera del caballo de Astolfo; que se la llevaba este por la selva, acudió inmediatamente á su caballo, saltó en él, y voló en persecucion del paladin, queriendo gritar: «Espera, vuelve, vuelve»; pero no pude, porque aquel le arrebataba la boca. Consolóse con que aun le quedaban las piernas, y siguió tras de su adversario á rienda suelta; mas el veloz Rabican, que corria de un modo asombroso, le dejó en breve muy atrás.

Astolfo iba en tanto examinando á toda prisa aquella cabeza desde la nuca hasta las cejas á fin de dar con el cabello fatal que proporcionaba á Orrilo la inmortalidad. Entre tantos y tan innumerables cabellos no habia uno solo que se distinguiera de los demás por lo grueso ó por lo encrespado: así es que el Duque no sabia cuál arrancar para dar la muerte al infame bandido.—«Mejor será, dijo al fin, arrancarlos todos.»—Y como careciera de tijeras ó de navaja de afeitar, apeló á su espada que cortaba como una de estas; y cogiendo la cabeza por la nariz, la despojó en un momento de su cabellera. De esto modo logró cortar el cabello especial, y al punto se contrajo el rostro, adquirió una espantosa palidez, torció los ojos, y aparecieron en él evidentes señales de que se le escapaba la vida: al propio tiempo, el tronco que le perseguia, cayó de la silla, y quedó sin movimiento.

Astolfo volvió adonde estaban las damas y los caballeros, llevando en la mano la cabeza de Orrilo, en la que se veian impresas las señales de la muerte, y les mostró el cuerpo del bandido que yacia en tierra á larga distancia. No sé si los dos guerreros lo contemplaron de buen grado, por más que así lo demostraran; quizá sintieron en el pecho el aguijon de la envidia por una victoria que ellos no habian podido conseguir. Tampoco creo que á las damas les agradase mucho el resultado de aquel combate; pues deseando apartar á los dos hermanos de la dolorosa suerte que al parecer les esperaba pronto en Francia, habian hecho lo posible por ponerlos en lucha con Orrilo, á fin de tenerlos entretenidos el tiempo necesario para que se desvanecieran las tristes influencias de su destino.

En cuanto el gobernador de Damieta estuvo seguro de la muerte de Orrilo, soltó una paloma que llevaba una carta atada debajo de una de sus alas. Aquella paloma dirigió al Cairo su vuelo; tras esta soltó otra y otra, segun era costumbre en aquel país, de suerte que en pocas horas circuló por todo el Egipto la noticia de la muerte del bandido.

Una vez terminada aquella empresa, se dedicó el Duque á consolar á los dos nobles jóvenes, y á excitarles, aunque de ello no tenian necesidad porque no era otro su deseo, á que defendieran la Santa Iglesia y la justa causa del Imperio romano, y dejando de buscar aventuras por Oriente, fuesen á adquirir mayor gloria entre los suyos. Esto hicieron Grifon y Aquilante, despidiéndose cada uno de su hada respectiva, las cuales no supieron oponerse á tal designio por más que les fuera doloroso. Astolfo emprendió con ellos la marcha hácia la derecha por haber determinado visitar y reverenciar los Santos Lugares en que Dios vivió en carne mortal, antes de regresar á Francia. Fácilmente hubieran podido dirigirse hácia la izquierda, que les ofrecia un camino más agradable y llano por no tener que separarse nunca de la costa; pero prefirieron el áspero y horrible de la derecha, que les permitia llegar á la gran ciudad de Palestina en seis jornadas menos que por el otro. Como por el camino emprendido habian de carecer de todo, excepto de agua y de yerba, hicieron las provisiones necesarias para el viaje antes de ponerse en marcha, y cargaron los fardos en los hombros de Caligorante, que sin gran trabajo hubiera podido llevar en ellos una torre.