Cuando llegaron al término de aquel camino escabroso y salvaje, vieron desde la cumbre de una montaña la santa tierra, donde el sublime Amor lavó con su propia sangre nuestras faltas. A las puertas de la ciudad encontraron un jóven gallardo que los conocia, llamado Sansoneto de Meca, el cual, á pesar de hallarse en la flor de su juventud, era muy prudente, famoso por su caballerosidad y por su bondad inagotable y respetado de todos: Orlando le habia convertido á nuestra fé, bautizándole por su propia mano. A la sazon se estaba ocupando en levantar una fortaleza para oponerse y contrarestar las incursiones del Califa de Egipto, é intentaba además circunvalar el monte Calvario con una muralla de dos millas de longitud. Acogió á los caballeros con rostro en que se veia claramente retratada su afable solicitud; los condujo al interior de la ciudad, y les dió franca y cortés hospitalidad en el mismo real palacio, donde vivia en su calidad de gobernador de aquella tierra por el emperador Carlomagno.

El duque Astolfo regaló á Sansoneto aquel desmesurado gigante, cuya robustez era tal, que podia llevar por sí solo más peso que diez acémilas. Además del gigante, le dió tambien la red con que lo habia aprisionado. Sansoneto regaló en cambio al Duque un rico y vistoso tahalí, y un par de espuelas cuyas hebillas y rodajas eran de oro, y que, segun opinion general, habian pertenecido al caballero que libró del dragon á la doncella[98]. Sansoneto habia adquirido dichas espuelas en Jaffa, cuando se apoderó de esta ciudad juntamente con otras muchas preseas.

Despues de haber obtenido la absolucion de sus culpas en un monasterio cuyos monjes vivian en olor de santidad, visitaron los caballeros todos los templos que recordaban los misterios de la pasion de Cristo, lugares que hoy, para eterna vergüenza y baldon de los cristianos, están en poder de los impíos sarracenos. Mientras tanto la Europa se desgarra en contínuas guerras, llevando sus armas á todas partes, menos donde debiera.

Interin se recreaba su alma en la contemplacion de las ceremonias religiosas y demás piadosas prácticas, un peregrino griego, conocido de Grifon, trajo á este noticias graves y funestas, muy distintas de su primer designio y prolongados deseos; noticias que derramaron tanta amargura en su corazon, que abandonó la oracion y las penitencias. Por desgracia suya, amaba el caballero á una mujer llamada Origila, que habria alcanzado entre otras mil la palma de la dulzura y la belleza; pero de un carácter tan pérfido y desleal que no seria posible encontrar otra semejante, aunque se registrasen todas las ciudades y aldeas, la tierra firme y los más remotos archipiélagos. Grifon la habia dejado en la ciudad de Constantino, aquejada de una fiebre violenta, y en el momento en que esperaba volver á verla á su regreso más bella que nunca, y gozar de sus encantos, supo el desgraciado que habia huido á Antioquía en compañia de un nuevo amante, por no creer oportuno resignarse á dormir sola, cuando se hallaba en la fuerza de su juventud. Desde el punto mismo en que llegó tan fatal nueva á sus oidos, no cesaba Grifon de suspirar dia y noche, haciéndosele insoportable cuanto agradaba y complacia á los demás; como podrá conocer todo el que haya sufrido los pesares del amor, si sus acerados dardos son de fino temple. Lo que más aumentaba su martirio era que se avergonzaba de confesar el mal que padecia. Su hermano Aquilante, más juicioso que él, le habia reprendido ya mil veces por tan vergonzoso amor, y procurado arrancárselo del corazon, estando persuadido de que aquella mujer era la más perversa de cuantas mujeres infames existian; pero Grifon procuraba disculpar siempre á su amada, aun cuando la mayor parte de las veces hablaba contra su propia conviccion.

El desventurado amante resolvió alejarse sin decir una palabra á su hermano, pasar á Antioquía para apoderarse de la que era dueña de su corazon, y buscar al mismo tiempo al que le habia burlado, á fin de tomar de él una venganza ruidosa.—En el canto siguiente referiré cómo puso por obra su determinacion y lo demás que aconteció.

CANTO XVI.

Grifon encuentra al fin cerca de Damasco al vil Martan con la pérfida Origila.—Los ejércitos cristiano y sarraceno continuan su lucha encarnizada, y si fuera de París sufren los moros grandes perdidas, Rodomonte causa dentro de la ciudad tantos incendios y tanto estrago que no se sabe donde es mayor el mal que origina.

Muchas y muy graves son las penas que causa el amor; y como, por mi desgracia, he padecido la mayor parte de ellas, que han redundado siempre en daño mio, puedo hablar de este asunto á ciencia cierta. Por esta razon, si digo, ó si he dicho otras veces, lo mismo de viva voz que por escrito, que un mal es leve, y otro acerbo y cruel, podeis dar entero crédito á mi sincera opinion. He dicho, y no cesaré de repetirlo mientras me quede un soplo de vida, que el que se encuentra prendido en las redes de un amor digno, aunque su amada se le muestre desdeñosa, y completamente adversa á su ferviente pasion, aunque Amor le niegue hasta la más pequeña merced, y haya gastado en vano el tiempo y el trabajo, no debe lamentarse de los tormentos que sufre, por más que languidezca y muera, con tal que haya entregado su corazon á una mujer merecedora de poseerlo. En cambio debe lamentarse amargamente aquel que se ha convertido en esclavo de unos ojos hermosos y una magnífica cabellera, tras los cuales se oculte un corazon perverso, esquivo á toda pureza y abrigo de toda maldad; pues cuanto más se esfuerza el desgraciado víctima de tal pasion, en desprenderse de ella, tanto más penetra en su corazon el amoroso dardo que, como el ciervo herido, lleva por todas