Grifon encuentra á Origila.
(Canto XVI.)
partes: avergüénzase de sí mismo y de su amor, y ni se atreve á confesarlo ni consigue curarse de él.
En tan triste caso se hallaba el jóven Grifon, que conocia su error y no podia enmendarlo: convencido estaba de cuán vilmente cifraba todo su amor en la inícua y desleal Origila, y sin embargo, su razon quedaba vencida por su insensato deseo, y el albedrío cedia ante su loco apetito: por culpable y pérfida que fuese su amada, no podia menos de volar á su lado.
Reanudando, pues, mi interrumpida historia, diré que Grifon salió secretamente de la ciudad, sin atreverse á decir una palabra de su marcha á su hermano, que tantas veces le habia echado en cara su debilidad. Tomó á la izquierda el camino más llano y transitable que conducia á Rama[99], y en seis dias llegó á Damasco de Siria, de donde salió para Antioquía. Cerca de Damasco encontró al caballero á quien Origila habia entregado su corazon: por sus perversas costumbres eran tan adecuados el uno para la otra como la flor para su tallo; pues la inconstancia, la perfidia y la traicion dominaban del mismo modo en ambos, encubriendo los dos tan grandes defectos bajo una máscara de cortesía y afabilidad fatal para cuantos encontraban. Aquel caballero venia montado en un arrogante corcel, soberbiamente enjaezado: en su compañia iba la pérfida Origila engalanada con un magnífico vestido azul, festonado de oro; seguíanle dos pages llevando el yelmo y el escudo, y acudia con tanta pompa á tomar parte en las justas que en Damasco se preparaban.
El rey de Damasco habia hecho anunciar por aquellos dias una espléndida fiesta, con cuyo motivo acudian á dicha ciudad muchos caballeros tan magnificamente equipados como les era posible. En cuanto la deshonesta Origila vió venir á Grifon, temió sus ultrajes y su venganza, por conocer demasiado que su nuevo amante no tenia fuerza ni valor suficiente para medir sus armas con las de aquel. Mas apelando á su procaz audacia y osadía, á pesar del temblor que le causaba el espanto, compuso el rostro y esforzó la voz de modo que no dió indicios de su temor, y ejecutando un proyecto fraguado con su cómplice, echó á correr, fingiendo una alegría extraordinaria, hácia Grifon, le enlazó con sus brazos y le tuvo un gran rato estrechado contra su pecho: despues, acompañando á sus vehementes caricias la suavidad de sus palabras, le dijo llorando:
—¿Es este, señor mio, el premio que merecia la que tanto te adora? ¿Has podido dejarme abandonada un año entero y cerca de otro, y aun no manifiestas sentimiento alguno? Si me hubiera quedado aguardando tu regreso, no sé si habria conseguido ver un dia tan feliz como este! Cuando esperaba que volvieses á buscarme desde Nicosia, á cuya corte fuiste, dejándome consumida por una fiebre violenta que me puso á las puertas de la muerte, supe que habias pasado á Siria, cuya noticia me causó tan profundo dolor, que, no sabiendo cómo acudir á tu lado, estuve á punto de atravesarme el corazon con mi propia mano. Pero la Fortuna, más cuidadosa de mí que tú, me ha concedido ahora un doble don: primeramente el de enviarme á mi hermano, con el que he venido hasta aquí sin temor por mi honra; y despues el de permitir que halle á mi amante, á tí, á quien quiero más que todo cuanto en el mundo existe; y por cierto que te he encontrado á tiempo, pues de haber tardado un poco más, habria perecido, señor mio, llorando tu ausencia.
Y aquella sagaz mujer, cuyas acciones encerraban más astucia que las de la zorra, prosiguió querellándose con tanta destreza, que hizo recaer toda la culpa en Grifon: le persuadió de que el que la acompañaba no solo era su hermano, sino que por sus cuidados parecia más bien un padre; y por fin, supo tejer aquella trama de tal modo, que sus palabras parecerian más verídicas que las de San Juan, ó San Lucas.
Grifon no solo no se atrevió á echar en cara su perfidia á aquella mujer más inícua que bella; no tan solo no tomó una pronta venganza del adúltero que la acompañaba, sino que se consideró harto feliz con disculparse y con evitar las reconvenciones de Origila; y prodigó mil atenciones á su rival como si fuese su verdadero cuñado. Dirigióse con ellos hácia Damasco y en el camino le manifestaron que el opulento rey de Siria iba á celebrar unas fiestas espléndidas en su corte, á las que serian admitidos los guerreros de todos los paises y de todas las religiones, los cuales podrian permanecer con entera seguridad dentro ó fuera de la ciudad todo el tiempo que durasen las fiestas.
Pero como no pretendo continuar con tanto interés la historia de la pérfida Origila, que contaba sus dias por las traiciones hechas á sus amantes, volveré más gustoso á ocuparme de aquellos doscientos mil combatientes, y de las llamas continuamente atizadas que llenaban de horror y espanto á los habitantes de París.
Suspendí la narracion de aquel combate en el momento en que Agramante acababa de atacar una de las puertas de la ciudad, que suponia sin defensa. Sin embargo, ninguna ofrecia mayor resistencia; porque la custodiaba Carlomagno en persona, y con él los más valientes caudillos, tales como los dos Guidos, los dos Angelinos, Angeliero, Avino, Avolio, Berlingiero y Oton. Los combatientes de una y otra parte anhelaban singularizarse á la vista de Cárlos y de Agramante, y buscaban afanosos la ocasion de adquirir más gloria y merecer más recompensas, cumpliendo valerosamente con su deber. Sin embargo, las pruebas de heroismo que dieron los moros redundaron en su propio daño; porque fué tan grande el número de los muertos, que los vivos no pudieron menos de reconocer todo lo temerario de su empresa. Desde las murallas caia una espesa granizada de saetas sobre los enemigos: los gritos y los alaridos que lanzaban ambos ejércitos llegaban hasta el cielo con pavoroso estruendo: mas dejaré por un momento de hablar de Cárlos y de Agramante, para tratar del Marte africano, del terrible Rodomonte, que iba recorriendo el interior de la ciudad.