No sé si recordais, Señor, que este sarraceno, confiado en su valor, habia dejado á sus soldados devorados por las llamas entre la muralla y el primer reducto: ¡jamás se ha presenciado espectáculo tan horroroso! Dije tambien que, atravesando de un salto el foso que rodeaba á la ciudad, consiguió entrar en ella. Cuando los ancianos y demás habitantes poco aptos para el manejo de las armas, que estaban cerca del sitio de la lucha procurando con ansiedad saber el giro que tomaba, conocieron al atroz sarraceno por sus armas extrañas y por su escamosa coraza, prorumpieron en atronadores lamentos y en confusos ayes, elevando al cielo sus temblorosas manos. Los que pudieron huir á tiempo, buscaron un refugio en sus casas ó en los templos; pero la fulminante espada que el infiel giraba con violencia en torno suyo á pocos concedió esta salvacion; pues alcanzando á la mayor parte de ellos, hizo volar por el aire brazos, piernas, cabezas ú otros miembros: á los que no partia por la mitad del cuerpo, los hendia de arriba á abajo de una sola cuchillada, y de tantos como hirió, mató ó persiguió, no hubo uno solo que se atreviese á resistirle. Lo mismo que hace el tigre con los débiles corderos que encuentra en los campos de la Hircania[100] ó á las orillas del Ganges, ó el lobo con las cabras y las ovejas que pastan las yerbas del monte que sepulta á Tifeo[101], hacia el cruel pagano con aquellas que no llamaré legiones ni falanges, sino turbas de populacho vil, digno de la muerte antes de nacer. Entre todos cuantos hizo morder el polvo, no consiguió herir á uno solo frente á frente.

El terrible Rodomonte recorrió aquella calle populosa y larga, que va al puente de S. Miguel, esgrimiendo sin cesar su sangrienta espada, que ni distinguia al siervo del señor, ni se apiadaba más del justo que del perverso: de nada le servia al sacerdote su carácter religioso; ni su inocencia al niño; los hermosos ojos ó las frescas mejillas de la doncella no encontraban merced en su animosa saña, como tampoco los nevados cabellos del anciano; y dando tantas pruebas de valor como de crueldad, no distinguia sexo, edad ni condicion en sus víctimas. En su insaciable sed de sangre humana, aquel impío rey, el más cruel de los impíos, no tuvo bastante con la derramada, sino que desahogando tambien su ira en los edificios, empezó á incendiar las casas y los profanados templos. La mayor parte de las casas eran de madera en aquel tiempo, segun las crónicas, y esto puede creerse fácilmente, considerando que aun en el dia de cada diez casas hay tan solo cuatro construidas de piedra ó ladrillo en París. El odio del sarraceno no parecia tampoco satisfecho aun cuando lo viera todo consumido por el fuego, y donde alcanzaba su mano arrancaba con una sola sacudida los techos ó las paredes de aquellas débiles moradas. Podeis creer, señor, que la mayor bombarda que hayan visto en Padua no produce tantos estragos en los edificios como el Rey de Argel con el solo esfuerzo de sus manos.

Si Agramante hubiese atacado la ciudad por fuera con el mismo vigor con que el maldito Rodomonte la recorria por dentro llevándolo todo á sangre y fuego, París se hubiera perdido irremisiblemente; pero Agramante no pudo conseguirlo por habérselo impedido el paladin que llegaba de Inglaterra al frente de las tropas inglesas y escocesas, conducido por el Arcángel y el Silencio. Dios permitió, que en el momento en que Rodomonte saltaba dentro de la ciudad, causando tantos estragos, llegara al pié de los muros Reinaldo, flor y nata de la casa de Claramonte, y con él sus soldados. Habia echado un puente sobre el rio á tres leguas más allá de Paris, y dió un gran rodeo hácia la izquierda, á fin de que el rio no le sirviese de obstáculo para atacar á los bárbaros. Envió de vanguardia seis mil arqueros de á pié, reunidos bajo la altiva bandera de Odoardo, y más de dos mil ginetes armados á la lijera, á las órdenes del gallardo Ariman, é hizo que se dirigieran por el camino que va desde las costas de Picardia hasta las puertas de San Martin y San Dionisio y entraran en la capital para auxiliarla con toda rapidez. Hizo tambien que fueran por el mismo camino tras ellos los carros y demás bagages, mientras él, con el resto del ejército, daba un rodeo más largo. Iban provistos de barcas, pontones y otros artificios necesarios para atravesar el Sena, que no podia vadearse, y despues que lo hubo pasado todo el ejército y se cortaron los puentes, formó Reinaldo sus tropas en batalla bajo sus respectivas banderas. Pero antes reunió en torno suyo á los barones y capitanes, y colocándose sobre una eminencia desde la cual podia ser visto y oido de todos, les dirigió esta arenga:

—Bien podeis, señores, elevar desde el fondo de vuestros corazones las más fervientes gracias al Cielo que os ha conducido hasta aquí á fin de que, á costa de insignificantes fatigas, alcanceis una gloria superior á la de las demás naciones. Dos príncipes os deberán su salvacion si logran hacer que se levante el cerco puesto á esa ciudad: el uno es vuestro rey, á quien estais obligados á salvar de la esclavitud y la muerte; el otro, el emperador más justamente loado y más grande que se haya sentado en el trono. Con ellos libertareis además á otros muchos reyes, duques, marqueses, señores y caballeros de diferentes paises.

»Salvando una ciudad, no solo os deberán un eterno agradecimiento los parisienses, que se encuentran abatidos, temerosos y desconsolados, más que por sus propios duelos, por los de sus mujeres é hijos, que corren igual peligro que ellos, y por las santas vírgenes á quienes el sagrado de sus celdas no podria librar de ser profanadas; salvándola, repito, no solo os deberán perpétua gratitud los habitantes de Paris, sino tambien todos los paises inmediatos. Al hablar así no me refiero solo á los pueblos vecinos; sino que como todas las naciones de la Cristiandad tienen ahora en el recinto de esa ciudad á muchos de sus guerreros, al conseguir vosotros la victoria, conseguireis tambien su libertad, de modo que os quedarán obligados otros muchos estados además de la Francia.

»Si los antiguos ceñian con una corona la frente del que salvaba la vida de un ciudadano, ¿de qué recompensa no sereis dignos al salvar tan inmensa multitud? Pero si tan santa obra no puede llevarse á cabo por alguna punible envidia ó por una cobardía no menos punible, estad ciertos de que una vez perdidas aquellas murallas, no habrá ya seguridad para la Italia, ni para la Alemania, ni para cuantas naciones adoran á Aquel que por nosotros expiró en la cruz. No creais tampoco que vuestro país esté tan apartado ni tan defendido por el mar, que pueda librarse de los ataques de los moros; pues si estos han salido otras veces de Gibraltar y del estrecho de Hércules para saquear vuestras costas, ¿qué no harán si llegan á apoderarse de la Francia?

»Aun cuando á nadie reportase el menor honor ni la menor utilidad esta empresa, deber nuestro es socorrernos mútuamente, puesto que militamos en una misma iglesia: y por fin, desechad todo temor, y toda ocasion de querellas, hasta que hagamos cejar á los enemigos, gente á mi parecer sin experiencia de la guerra, sin vigor, sin corazon y hasta sin armas.»

Con tales ó mejores razonamientos, pronunciados con voz clara y enérgica, consiguió Reinaldo excitar el belicoso ardor de los barones británicos y de sus aguerridas huestes; lo que fué, como dice el proverbio, clavar la espuela al corcel en medio de su rápida carrera. Terminada la arenga, hizo que los diversos batallones empezaran poco á poco su movimiento, agrupados en torno de sus respectivas banderas. Dividió las tropas en tres cuerpos, y les dió órden de avanzar sin producir el más leve rumor. Concedió á Zerbino el honor de ser el primero en atacar á los Bárbaros, y este paladin se dirigió contra ellos siguiendo la orilla del Sena: ordenó luego á los irlandeses que fueran atravesando los campos, dando más largo rodeo; y por último, colocó en el centro á los infantes y ginetes de Inglaterra al mando del duque de Lancaster.

Una vez designado á cada cuerpo su camino, cabalgó el paladin por la orilla, y se adelantó al duque Zerbino y al cuerpo de ejército que mandaba, hasta llegar á encontrarse con el rey de Oran, el rey Sobrino y otros guerreros musulmanes que custodiaban por aquel lado el campo, á una media milla de distancia de los moros españoles. El ejército cristiano que habia llegado hasta allí escoltado por guias tan fieles como lo eran el Arcángel y el Silencio, no pudo ya guardarlo por más tiempo; y al descubrir á los enemigos, prorumpió en gritos acompañados del agudo sonido de las trompetas, produciendo un clamor que, llegando hasta el cielo, heló de espanto el corazon de los infieles.

Reinaldo lanzó su caballo al combate adelantándose á todos, y enristrando su lanza, dejó tras de sí á más de un tiro de flecha á los escoceses, por no poder dominar ya su impaciencia, y cual torbellino precursor de una horrible tempestad, se precipitó léjos de los suyos con su veloz Bayardo. Al aparecer el Paladin de Francia, dieron los moros evidentes señales del temor que les infundia, viéndose temblar las lanzas en sus manos, los piés en los estribos y los cuerpos en los arzones. El rey Puliano fué el único cuyo semblante permaneció sereno, porque no conoció á Reinaldo; y no creyendo hallar en él tan séria resistencia, salió á su encuentro, enristró la lanza, afirmóse bien sobre los estribos, hincó ambos acicates en los hijares del caballo y le soltó las riendas. El hijo de Amon, ó más bien de Marte, aceptó con su valor acostumbrado aquel reto, y pronto demostró por sus hechos la justicia de su renombre y la destreza y serenidad con que peleaba. A un tiempo mismo dirigieron uno y otro sus lanzas contra sus cabezas, pero el efecto fué distinto, porque el cristiano siguió incólume adelante y el infiel quedó muerto. Para demostrar el valor son necesarias señales más evidentes que la de poner con gallardía la lanza en ristre; pero este no es tampoco bastante si no le acompaña la fortuna, pues sin ella de poco sirve las más de las veces el valor.