Recogió el Paladin su lanza, y arremetió brioso contra el Rey de Oran, hombre de gigantesca estatura, pero de corazon pequeño. Preparóse á darle uno de esos golpes que merecen ser contados en el número de los memorables; mas la lanza clavóse en el escudo: bien es verdad que no pudo dirigirla más arriba, por no permitírselo la colosal estatura del sarraceno. Sin embargo, el broquel, á pesar de estar forrado exteriormente de acero y de palma en su interior, no pudo resguardar el cuerpo del infiel, cuya alma mezquina escapóse por una ancha herida abierta en su vientre. El corcel, agobiado por su pesada carga, debió dar gracias interiormente á Reinaldo, que con aquel golpe le evitó mayores fatigas.

Rota la lanza, Reinaldo revolvió su caballo con tanta presteza cual si tuviese alas, y cayó impetuosamente sobre sus enemigos, en el sitio en que más apiñados estaban y mayor era su número. Desnudó á Fusberta, y empezó á esgrimirla con tal vigor, que las armas de sus contrarios volaban hechas pedazos como si fuesen de frágil vidrio. El acero mejor templado no podia resistir sus tajos, que penetraban siempre en la carne por él defendida. La tajante espada apenas encontraba cotas ó armas defensivas que la embotaran, al paso que atravesaba todas las rodelas, ya estuviesen revestidas de cuero ó de madera, así como los acolchados coseletes, ó los turbantes más retorcidos. No es extraño, pues, que Reinaldo hiriera, derribara ó hiciera pedazos á cuantos se ponian al alcance de su acero, pues que de este no podian defenderse los moros mejor que la yerba de la guadaña ó las espigas de la tempestad.

Destrozado estaba ya el primer frente del enemigo cuando llegó Zerbino con la vanguardia del ejército cristiano. El Príncipe escocés se adelantó á sus soldados con la lanza enristrada, mientras estos avanzaban bajo sus banderas con no menor decision; hubiéraseles tomado por leones ó lobos prontos á devorar manadas de cabras ó de carneros. Cuando estuvieron cerca, aguijaron simultáneamente á sus caballos y atravesaron con la velocidad del rayo la escasa distancia que les separaba del enemigo. Trabóse entonces una lucha particular, pues los escoceses herian sin ser heridos, y los paganos caian sin resistencia, como si solo se encontrasen allí para ser degollados. Cada infiel parecia más frio que el hielo; cada escocés más ardoroso que la llama; y sobrecogidos aquellos por la irresistible fogosidad de los cristianos, creian ver en cada uno de sus contrarios un nuevo Reinaldo.

Al observar Sobrino la mortandad de los suyos, voló con sus escuadrones á socorrerlos, sin esperar las órdenes del jefe del ejército: sus guerreros eran, como él, africanos más valientes y mejor armados que los ya derrotados, aun cuando no valian mucho más que estos. Dardinel tambien hizo avanzar sus tropas, poco aguerridas y peor armadas, si bien él ostentaba un yelmo brillante, é iba cubierto con una coraza y cota de malla. Tras él siguió Isolier, cuyos soldados eran, segun creo, más animosos.

El buen Trason, duque de Marra, que asistia con entusiasmo á aquella batalla, dió la voz de ataque á sus ginetes, apenas oyó y vió avanzar á las cohortes navarras mandadas por Isolier, exhortándoles á que fuesen en su compañia en busca de eterna fama. El nuevo Duque de Albania, Ariodante, imitando á Trason, puso en movimiento sus escuadrones.

El retumbante sonido de los clarines, de los tímpanos y de otros instrumentos bélicos, unido al incesante rumor producido por los arcos, las hondas, las máquinas de guerra, las ruedas y el fragor de las armas, y sobre todo, los gritos tumultuosos, ayes y lamentos de los combatientes, que rimbombaban hasta el cielo, producian un estrépito tal, que solo era comparable al de las cataratas del Nilo, cuando las aguas al despeñarse atruenan y ensordecen las comarcas circunvecinas. La espesa lluvia de saetas que se lanzaban de uno á otro campo llegaba á oscurecer la luz del Sol. El aliento de los combatientes, el vapor desprendido del sudor de hombres y caballos y los torbellinos de polvo que levantaban, cubrian el aire de una densa niebla: tan pronto avanzaba un ejército y retrocedia el otro, como recobraba este el terreno perdido, obligando á aquel á batirse en retirada, y más de una vez sucedia que el vencedor caia muerto sobre el cadáver mismo del vencido. Donde un escuadron se detenia rendido de cansancio, le reemplazaba al momento otro que venia de refresco; el número de guerreros aumentaba progresivamente por una y otra parte, reforzándose ambas alternativamente con nuevos infantes ó ginetes: la tierra, hollada por las innumerables pisadas de los combatientes, estaba tinta en sangre; la yerba habia perdido su matiz verde, viéndose convertido en rojo, y donde antes se ostentaban ufanas las flores de color azul ó amarillo, yacian ahora en confuso monton los hacinados cadáveres de hombres y caballos.

Zerbino daba señaladas muestras de un valor superior á su juventud; y llevado de su fogosidad, mataba, heria ó destruia á los enemigos que llovian en su derredor. Ariodante se señaló tambien con admirables hazañas al frente de sus nuevos súbditos, y llenó de terror y asombro á los moros de Navarra y de Castilla. Quelindo y Mosco, hijos bastardos del difunto Calabrun, rey de Aragon, y Calamidor de Barcelona, célebre por su arrojo, se habian lanzado fuera de sus filas; y creyendo alcanzar gloria y corona, á un tiempo mismo se precipitaron sobre Zerbino con intencion de matarle, hiriéndole el caballo en un costado. Cayó muerto el noble animal traspasado por tres lanzas; pero el esforzado Zerbino se puso inmediatamente en pié, revolviéndose furioso contra sus acometedores para vengar la muerte de su caballo; y dirigiéndose primero al inexperto Mosco, á quien tenia más cerca, y que se envanecia con la esperanza de cogerle prisionero, le tiró una estocada que, atravesándole un costado, le hizo saltar de la silla pálido y yerto. Cuando Quelindo vió la desgraciada suerte de su hermano, arremetió lleno de furor á Zerbino proponiéndose derribarle; mas este se abalanzó á él, y asiendo su caballo de la brida, le hizo caer en tierra, de la que no volvió á levantarse, y le puso en estado de no comer mas paja ni cebada, pues descargó una cuchillada tan violenta, que mató con ella á un tiempo mismo al caballo y al ginete. Aterrado Calamidor por los crueles efectos del acero del Príncipe escocés, volvió la brida para huir á toda prisa; pero Zerbino le tiró un descomunal fendiente, diciéndole: «Espera, traidor, espera.» No llegó á herir el acero donde se propuso el Príncipe, pero el golpe no perdió todo su efecto; pues alcanzando á la grupa del caballo enemigo, lo desjarretó haciéndole caer. El mahometano consiguió salir de entre su derribado corcel, é intentó huir á pié; mas no pudo conseguirlo, porque llegando en aquel momento el duque Trason, le pasó por encima y le aplastó con el peso de su caballo.

Ariodante y Lurcanio corrieron á interponerse entre Zerbino y la multitud de enemigos que le rodeaba, así como otros muchos nobles y caballeros que ayudaron al Escocés á montar de nuevo á caballo. Ariodante no cesaba de esgrimir su acero, cuyos temibles efectos sintieron Artálico y Margano, y mucho más Etearco y Casimiro. Los dos primeros tuvieron que retirarse heridos; pero los otros dos quedaron tendidos en el campo. Por su parte Lurcanio daba pruebas de su fuerte brazo, hiriendo, derribando ó dispersando á los enemigos.

No creais, Señor, que en el resto de la llanura fuese la pelea menos encarnizada que á orillas del rio, ni que el cuerpo de ejército que iba al mando del buen duque de Lancaster permaneciera ocioso á retaguardia. Este atacó á los moros de España, y por una y otra parte desplegaron igual valor los respectivos jefes, infantes y ginetes. Iban en las primeras filas Oldrado, duque de Glocester, y Fieramonte, duque de Yorck, y con ellos Ricardo, conde de Warvik y el audaz Enrique, duque de Clarence. Frente á ellos tenian á Malatista, rey de Almería, Folicon, de Granada, y Baricondo, de Mallorca, con todas sus tropas. Por algun tiempo estuvo indecisa la victoria, pues no se notaba ventaja apreciable en unos ni otros. Cristianos y sarracenos atacaban ó retrocedian, asemejándose á las espigas impelidas por los vientos de Mayo, ó á las agitadas olas junto á la playa, que vienen y van incesantemente. Cuando se cansó la suerte de jugar con ambos ejércitos, abandonó de pronto á los sarracenos. A un tiempo mismo el duque de Glocester arrancó de la silla á Malatista; Fieramonte hirió en un hombro á Folicon y le derribó, cayendo uno y otro infiel prisioneros en poder de los ingleses; y Baricondo quedó sin vida á manos del duque de Clarence.

Estas pérdidas aterraron tanto á los paganos é infundieron á los cristianos tal ardor, que aquellos no hacian ya más que batirse en retirada, desordenarse y emprender la fuga, mientras estos avanzaban contínuamente, ganaban poco á poco terreno y hostigaban y perseguian á los moros; y á no ser por la llegada de nuevos refuerzos, los sarracenos hubieran perdido por aquel lado la batalla. Pero Ferragús, que no se habia separado hasta entonces del lado del rey Marsilio, cuando vió su enseña fugitiva y medio exterminado su ejército, espoleó á su corcel y lo lanzó en lo más récio de la pelea, llegando en el momento en que caia en tierra Olimpio de la Sierra con la cabeza hendida por una cuchillada. Era este un jovencillo, que con las dulces endechas que solia cantar al armonioso son de una cítara, era capaz era ablandar cualquier corazon, aun cuando fuese más duro que una peña. ¡Dichoso él si hubiera sabido contentarse con tal arte, y hubiese arrojado léjos de sí el escudo, el arco, la aljaba, la lanza y la cimitarra, que le hicieron perecer en Francia en la flor de su edad! Cuando Ferragús, que le amaba cariñosamente, le vió caer, sintió un dolor tan profundo cual no se lo causó la muerte de otros mil y mil que habian perecido antes, y arremetió con tal furor al que lo inmolara, que de un solo tajo le dividió el yelmo, la frente, el rostro y el pecho, tendiéndole muerto á sus piés. No paró aquí, sino que esgrimiendo su acero, lleno de vengativa saña, empezó á romper cascos y corazas, á cortar brazos y cabezas y á causar por do quiera un grande estrago, logrando contener por aquel lado la derrota de sus huestes, y reanimar el valor de los musulmanes, que huian aterrados, rotos y destrozados sin órden ni concierto.