El rey Agramante, deseoso de matar gente y de singularizar su valor, acudió tambien á tomar parte en aquella pelea, seguido de Baliverso, Farurante, Prusion, Soridano y Bambirago, así como de una muchedumbre de infieles tan innumerable, que con su sangre llegaria á formarse un lago, siendo más difícil contarlos que enumerar las hojas arrancadas de los árboles por los vientos del otoño. Habiendo retirado Agramante del asalto un gran número de infantes y ginetes, ordenó que fueran á las órdenes del Rey de Fez á dar la vuelta hasta colocarse á retaguardia del campamento, para defenderlo del ataque con que le amenazaban los irlandeses, cuyos escuadrones avanzaban precipitadamente, despues de dar largos rodeos, con la intencion de apoderarse de las tiendas de campaña de los sarracenos. El Rey de Fez cumplió aquella órden sobre la marcha, conociendo que cualquier demora podia serles funesta.

Entre tanto reunió Agramante el resto de su ejército; lo dividió en dos partes, y mandó que una de ellas corriera á la llanura, donde se habia trabado la batalla: él, con la otra, se dirigió hacia la orilla del rio, por creer que era allí más necesaria su presencia, pues se habia presentado un mensajero del rey Sobrino pidiendo refuerzos hácia aquel lado. Agramante llevaba consigo, formando un solo cuerpo, más de la mitad de su ejército; y asustados los escoceses al oir el confuso rumor que producian conforme iban acercándose, se sobrecogieron de tal modo, que perdiendo todo sentimiento de honor, empezaron á cejar y á desbandarse. Zerbino, Lurcanio y Ariodante quedaron solos haciendo frente á los enemigos, é indudablemente habria perecido el primero, que estaba desmontado, si no acudiese oportunamente Reinaldo en su socorro. Hasta entonces habia estado el Paladin combatiendo en otra parte, y poniendo en vergonzosa fuga más de cien banderas; pero avisado del gran peligro que corria Zerbino, á quien sus tropas habian abandonado á pié entre la gente mahometana, volvió riendas y se lanzó al encuentro de los escoceses que huian desatentados.

—¿A dónde vais? les gritó deteniéndose. ¿Por qué os veo cometer una bajeza tan afrentosa, como es la de abandonar el campo á tan vil canalla? ¿Son esos los trofeos con que pretendeis adornar vuestras iglesias? ¡Oh! ¡Qué gloria, qué fama alcanzareis, abandonando al hijo de vuestro Rey á pié y solo!

Dichas estas palabras, se apoderó de una lanza que tenia uno de sus escuderos y viendo cerca á Prusion, rey de los alvaraches, cayó furioso sobre el, y de un bote le arrancó de la silla, dejándole sin vida: en seguida derribó muertos á Agricalte y Bambirago; hirió gravemente á Soridano, y le hubiera arrancado la existencia como á los otros, á no habérsele hecho pedazos la lanza. Rota esta, sacó á relucir á Fusberta, y tiró una estocada á Serpentin, el de la Estrella, cuyas armas estaban encantadas; pero no pudieron impedir que cayese del caballo sin sentido ante la violencia del golpe. De este modo fué haciendo en torno del jefe de los escocesas ancha plaza, de suerte que este pudo montar libremente en uno de los caballos que por allí vagaban sin ginete; y á tiempo cabalgó, pues si hubiese tardado un poco más, no lo habria conseguido, porque simultáneamente llegaron Agramante, Dardinelo, Sobrino y el rey Balastro; pero Zerbino, que habia montado en ocasion oportuna, empezó á repartir mandobles á diestro y siniestro, enviando á los mas osados al Infierno para que diesen noticias del modo de vivir de los mortales.

El buen Reinaldo, que se dedicaba con preferencia á luchar con los enemigos que más daño hacian en las filas de los cristianos, dirigió sus golpes contra el rey Agramante, que le parecia demasiado audaz y valiente, pues él solo causaba más estrago que mil moros juntos; y precipitándose sobre él con su Bayardo, de un solo revés le echó á rodar con su caballo.

Mientras fuera de la ciudad combatian los dos ejércitos con tanta crueldad, odio, rabia y furor, Rodomonte continuaba dentro de París causando numerosas víctimas, é incendiando casas, palacios y templos. Ocupado Cárlos en combatir en otra parte, no podia ver ni sospechar siquiera las crueldades del sarraceno: estaba dando entrada en la ciudad á Odoardo y Arimano con sus huestes británicas, cuando se le presentó un escudero, tan pálido, tembloroso y desalentado, que apenas podia articular una palabra:

—¡Ay de mí, Señor, ay de mí! exclamó muchas veces antes de dar principio á su relato: ha llegado el dia en que el romano Imperio caerá sepultado entre sus ruinas. Cristo ha abandonado hoy á su pueblo! hoy ha caido el Demonio desde el cielo, para no dejar un habitante en esta ciudad ¡Satanás, el mismo Satanás, porque no puede ser otro, está destruyendo y convirtiendo en ruinas esta ciudad infeliz! Vuélvete, y mira la densa humareda que despiden esas llamas devoradoras; escucha los lamentos que hasta el cielo llegan, y sirvan de fé á lo que dice tu siervo. Un hombre solo es el que destruyo á sangre y fuego este hermoso país, y su solo aspecto basta para que todo el mundo huya precipitadamente.

Al tener noticia de tamañas calamidades, quedóse Cárlos como el que oye el tumulto y las campanas tocando á rebato antes de ver el fuego, que es el único en ignorar, cuando precisamente á él es á quien más de cerca le toca y más directamente le perjudica; y conociendo el monarca inmediatamente toda la extension del daño, dirigió sus más valientes guerreros hácia donde oia más estrépito y más lamentos. Hizo que le siguiera una gran parte de sus paladines y sus mejores soldados, y llevó su enseña hasta la plaza, en donde Rodomonte se encontraba. El Emperador pudo ver entonces las horribles huellas de la crueldad del sarraceno, y el suelo sembrado de miembros humanos. Pero basta ya; el que desee escuchar el fin de esta interesante historia, tómese la molestia de volver otra vez.