CANTO XVII.

Carlomagno se dirige con sus guerreros á contener á Rodomonte.—Grifon se presenta en el torneo dispuesto por Norandino y lleva á cabo señaladas proezas.—Martan esquiva el combate y demuestra su extraordinaria cobardía; despues, para avergonzar á Grifon, le roba las armas, y presentándose al Rey cubierto con ellas, es muy honrado por él.—Grifon, tenido por Martan, sufre los denuestos del pueblo.

Cuando nuestros pecados han traspasado los límites de perdon, el Supremo Hacedor, demostrándonos que su justicia es igual á su piedad, permite que ocupen los tronos de la tierra tiranos feroces, mónstruos humanos, á quienes concede la fuerza y el ingenio necesarios para oprimir terriblemente á sus pueblos. Por esta razon envió al mundo á Mario y Sila, á los dos Nerones[102], al furibundo Cayo[103], á Domiciano y al último Antonino[104]: por esto sacó de entre la hez del populacho á Maximino[105], exaltándole al solio imperial; hizo nacer en Tebas á Creonte[106]; entregó al pueblo agilino en manos de Mezencio, que regó con sangre humana los campos de su país[107], y en tiempos menos remotos consintió que los lombardos, los hunos y los godos saqueasen la Italia entera. Y ¿qué diré de Atila? ¿qué del inícuo Eccelino de Romano[108]? ¿qué de otros ciento, á quienes Dios envia, cansado de vernos siempre por el camino del mal, para oprimirnos y castigarnos? Pero, sin necesidad de evocar los recuerdos de los tiempos antiguos, ejemplos harto patentes tenemos en el nuestro de los efectos de la cólera divina, cuando nos ha dado, á nosotros, rebaños inútiles y malnacidos, famélicos lobos por guardianes, los cuales, como si su vientre no bastara á contener tanto alimento ó sí no tuvieran el hambre necesaria, llaman para devorarnos á otros lobos ultramontanos más hambrientos que ellos[109]. Los huesos que yacen insepultos á las orillas del Trasimeno, en Cannas y en Trebbia[110] son pocos en comparacion de los que hoy sirven de abono á los campos por donde pasa el Adda, el Mella, el Ronco y el Tarro. Dios, pues, consiente que seamos castigados por pueblos mucho peores quizás que nosotros, á causa de nuestros multiplicados é infinitos crímenes, y de nuestros errores oprobiosos. Tiempo llegará, sin embargo, en que á nuestra vez vayamos á saquear sus costas, si por ventura somos mejores, y cuando sus pecados lleguen á un punto tal que exciten el enojo do la Bondad eterna.

Los excesos de los cristianos debian haber turbado entonces la serena Frente de Dios, cuando hizo pesar su venganza sobre aquellas comarcas, por donde el Turco y el Moro llevaban la vergüenza, la violacion, la rapiña y la matanza; pero los males que causaba el feroz Rodomonte eran los mayores de todos.

Dije que Cárlos, avisado de los estragos ocasionados por el sarraceno, se dirigia á la plaza en su busca. A su paso encontró numerosos cadáveres de sus súbditos, los palacios incendiados, derruidos los templos, y asolada gran parte de la ciudad: jamás habia presenciado tan desastroso espectáculo.

—¿Adónde huís, exclamó, espantadas turbas? ¿No hay uno solo de entre vosotros que haga frente á la desgracia? ¿Qué ciudad, qué asilo os quedará cuando tan vilmente perdais este? ¡Es decir, que un solo hombre, encerrado en vuestra ciudad y rodeado de murallas que imposibilitan su fuga, logrará retirarse impunemente despues de haberos degollado á todos!

Así decia Cárlos que, encendido en ira, no podia sufrir tanto baldon, mientras llegaba delante de su alcázar, donde vió al pagano esterminando á sus gentes. Una gran parte del populacho se habia refugiado en él con la esperanza de encontrar socorro; porque el palacio estaba provisto de fuertes muros y de municiones suficientes para defenderle largo tiempo.

Rodomonte, ébrio de ira y de orgullo, dominaba solo en la gran plaza, y despreciando al universo entero, esgrimia con una mano su formidable espada, mientras con la otra continuaba aplicando el fuego á los edificios: despues se dirigió al alcázar real, palacio elevado y suntuoso, y empezó á descargar tremendos golpes en sus puertas. Los sitiados hacian llover sobre él desdo las murallas pedazos de pared y almenas enteras, y se defendian hasta morir. No reparaban en destruir los techos del edificio, y del mismo modo arrojaban piedras y maderas, que las lápidas, las columnas y los ricos artesanados tan queridos de sus antecesores.

El rey de Argel continuaba en la puerta, cubierto con su brillante armadura de acero: que le defendia todo el cuerpo, semejante á la serpiente que, saliendo de la oscuridad, despues de haber mudado su antigua piel, y envanecida por la nueva, se siente rejuvenecida y con más vigor que nunca, y vibrando su triple dardo y lanzando fuego por los ojos, extermina á cuantos animales encuentra á su paso. Ni las piedras, ni las almenas, vigas, arcos ó flechas, ni cuanto caia sobre el sarraceno era bastante á cansar su sanguinaria diestra, ni á impedir que siguiera sacudiendo y haciendo poco á poco pedazos la gran puerta del alcázar, en la cual abrió tantos boquetes que fácilmente podia ser visto y ver á su vez á cuantos llenaban el patio principal, en cuyos semblantes se pintaba la palidez de la muerte. Oianse resonar gritos y lamentos femeniles bajo aquellas elevadas y espaciosas bóvedas; las mujeres desconsoladas iban corriendo de uno á otro lado del edificio, pálidas y afligidas, y despidiéndose de todos los aposentos y de sus lechos nupciales, que pronto tendrian que abandonar á gentes extrañas.