Carlomagno acude con sus paladines á impedir los estragos que Rodomonte causa en París.
(Canto XVII.)

A tan apurado trance llegaban las cosas, cuando se presentó el Rey acompañado de sus guerreros. Contempló Carlos sus robustas manos, tan prontas otras veces á acudir donde la necesidad las llamaba, y les dijo:

—¿No sois vosotros aquellos que lucharon conmigo en Aspromonte contra Agolante? Se habrá debilitado tanto vuestro vigor que, á pesar de haber dado entonces muerte á aquel rey, á Trojano, á Almonte y á cien mil guerreros más, temereis hoy á un solo hombre de su misma raza, y hasta de su mismo ejército? ¿Por qué he de veros ahora menos animosos de lo que entonces lo fuísteis? Mostrad vuestro heroismo á ese perro que á tantos hombres devora. Un corazon generoso no hace caso de la muerte, venga tarde ó temprano, con tal que sea honrosa. Pero no; al veros colocados donde estais no puedo dudar de vosotros, que siempre me habeis dado la victoria.

Al decir estas palabras, lanzó su corcel contra el sarraceno, enristrando la lanza, y al mismo tiempo que él se precipitaron el paladin Ogiero, Namo, Olivier, Avino, Avolio, y los inseparables Oton y Berlingiero, y empezaron á descargar terribles golpes sobre el pecho, los costados y la cabeza de Rodomonte.

Mas por piedad, Señor, dejemos ya nuestro relato de ira y de muerte, y baste por ahora con lo dicho acerca de aquel sarraceno no menos valiente que cruel; que ya es tiempo de volver donde dejé á Grifon, llegado á las puertas de Damasco con la pérfida Origila, y con aquel que no era su hermano, sino su adúltero amante.

Es fama que una de las más ricas, más populosas y suntuosas ciudades de Oriente es Damasco, distante siete jornadas de Jerusalen, y situada en una llanura fértil y abundante, tan agradable en invierno como en verano. Un collado próximo la priva de los primeros rayos de la naciente aurora. Dos rios cristalinos atraviesan la ciudad y riegan una multitud de jardines constantemente esmaltados de pintadas flores y cubiertos de verdura. Es fama tambien que el agua de azahar abunda tanto en aquella poblacion, que se podria dar movimiento con ella á varios molinos; y el que va por las calles percibe su balsámico aroma que sale de todas las casas. La calle principal estaba á la sazon colgada de magníficos tapices de colores vistosos, y el suelo y las paredes de las casas cubiertos de yerbas olorosas y de verdes ramas. Cada puerta, cada ventana estaba engalanada con finísimas telas y tapices; pero mucho más aun con la presencia de bellas damas adornadas con preciadas joyas y trajes soberbios. En muchos sitios, veíase celebrar animados bailes en el interior de las casas; y en las plazas públicas el pueblo se entretenia en correr excelentes caballos, cubiertos de ricos arneses. Pero lo que sobre todo llamaba la atencion era la espléndida corte del Rey de Damasco, en donde los grandes, los nobles y los vasallos ostentaban un lujo verdaderamente oriental, deslumbrando la vista con cuantas perlas, oro y piedras preciosas pueden producir la India y las costas del mar Eritreo.

Grifon y sus compañeros iban examinándolo todo á su placer, cuando les salió al encuentro un caballero, que les invitó á apearse de los caballos, ofreciéndoles hospitalidad en su palacio: con aquella finura y cortesía proverbiales en Oriente, les proveyó de todo lo necesario, hizo que les preparáran un baño y despues les presentó con agradable solicitud una suntuosa cena. Díjoles que Norandino, rey de Damasco y de toda la Siria, habia invitado á los hijos del país y á los extranjeros que estuviesen armados caballeros para las justas que debian celebrarse en la plaza en la mañana del siguiente dia, y que si ellos tenian el valor que su talante demostraba, podrian dar pruebas de él sin necesidad de ir más adelante.

Aun cuando Grifon no habia ido allí con este objeto, aceptó, sin embargo, la invitacion; porque era de parecer que no estaba de más hacer gala del valor siempre que se presentare ocasion para ello. En consecuencia, preguntó á su huésped el motivo de aquellas fiestas, y si eran una solemnidad anual, ó bien un pretexto por medio del cual quisiera el Rey experimentar el valor de sus paladines. El caballero respondió:

—Esta es la primera fiesta que celebramos, y que deberá repetirse cada cuatro lunas. El Rey la ha instituido en memoria de que en tal dia consiguió salvar su cabeza, despues de haber permanecido cuatro meses lleno de dolor y angustia y con la muerte ante sus ojos. Mas para daros á conocer todos los pormenores de esta historia, os diré que nuestro rey, llamado Norandino, ha vivido por espacio de muchos años prendado de la donosura y sin par belleza de la hija del rey de Chipre, y que habiendo alcanzado por último su mano, regresaba directamente á Siria con su esposa y con muchas damas y caballeros. Apenas nos pusimos á toda vela fuera del puerto, y vogábamos por el borrascoso Carpatiano[111], cuando nos asaltó una tempestad tan cruel, que atemorizó hasta al mismo piloto, á pesar de ser un antiguo y experto marino. Durante tres dias y tres noches anduvimos errando á merced de las amenazadoras olas, hasta que al fin conseguimos desembarcar, rendidos de cansancio y empapados en agua, en una playa rodeada de praderas extensas y verdes collados. Levantamos al momento nuestras tiendas, y colocamos alegres anchos toldos entre los árboles: se encendieron hogueras, se preparó la comida, y se extendieron los manteles.

»El Rey habia ido entro tanto á recorrer los valles cercanos, y los sitios más recónditos del bosque, seguido de dos criados que llevaban su arco y sus flechas, con objeto de ver si encontraba cabras monteses, gamos ó ciervos. Mientras esperábamos, disfrutando con placer del anhelado reposo, que regresara nuestro Rey de la caza, vimos á un mónstruo terrible, al Ogro, que venia por la orilla del mar corriendo hácia nosotros. ¡Dios haga, Señor, que vuestros ojos no contemplen nunca el horroroso semblante del Ogro! Más vale tener noticia de él por lo que diga la fama, que caer en sus manos al verle. No puedo comparar á nada su corpulencia, segun lo desmesuradamente grueso que es: en lugar de ojos, tiene bajo la frente dos huesos salientes del color del hongo. Venia, como digo, hacia nosotros por la orilla del mar, y no parecia sino que se adelantase un montecillo: enseñaba dos colmillos semejantes á los del javalí; su nariz era larga y el pecho sucio, velludo y repugnante. Avanzaba corriendo con la nariz levantada á guisa de perdiguero cuando olfatea la caza, y apenas le vimos, huimos todos precipitadamente, y con el rostro desencajado, hácia donde nos encaminó el temor. De nada nos servia verle ciego; porque, olfateando no más, hacia al parecer lo que es imposible que hagan otros, provistos de vista y olfato; y tanto era así, que se necesitarian alas para huir de él. Corriamos en todas direcciones, pero nuestros esfuerzos eran inútiles, pues él aventajaba en velocidad al viento. De cuarenta personas, apenas pudieron salvarse diez, refugiándose á nado á bordo del buque: apoderóse de las restantes, y colocóse unas cuantas debajo del brazo, formando una especie de haz con ellas; llenóse con otras el seno, y metió el resto en un enorme zurron, que llevaba pendiente de los hombros, á la manera de los pastores.