»El mónstruo ciego nos llevó despues á su guarida, cavada en un peñasco próximo á la orilla del mar, cuyas paredes eran de un mármol más blanco que él papel en que no se haya escrito nunca. Habitaba allí con el una matrona, triste al parecer y dolorida, y en su compañia estaban varias damas y doncellas de todas edades y condiciones, unas lindas y otras feas. Cerca de la cueva en que habitaba el Ogro, y casi en la cima del monte, existia otra tan grande como la primera, donde encerraba sus ganados, compuestos de innumerables reses que apacentaba él mismo, así en verano como en invierno, cuidando de sacarlos al campo y volverlos á encerrar, más bien por distraccion que por necesidad. Preferia, sin embargo, alimentarse de carne humana como lo demostró antes de llegar á su antro; pues se comió, y aun creo que se tragó vivos, tres de nuestros más jóvenes compañeros.
»Dirigióse en seguida hácia la cueva del ganado, levantó una gran piedra, y nos encerró allí, despues de hacer salir sus rebaños, que condujo adonde solia apacentarlos, tañendo una zampoña que llevaba colgada al cuello.
»Nuestro Señor habia vuelto entre tanto á la playa, y conoció bien pronto su triste suerte por el silencio que en todas partes reinaba, y por no hallar á nadie en las tiendas, en los pabellones ni debajo de los toldos. No podia imaginar quién le habia dejado entregado de aquella suerte al aislamiento más completo; y lleno de temor se dirigió á la orilla del mar, desde donde vió á sus marineros levar las anclas y desplegar las velas. Apenas le divisaron ellos en la playa, se apresuraron á enviarle un bote para trasladarle á bordo; pero en cuanto Norandino tuvo noticia de las crueldades del Ogro, sin detenerse á pensar en más, tomó el partido de ir á buscarlo donde se encontrara, manifestándose tan desconsolado por la pérdida de su Lucina, que juró rescatarla ó perecer en la demanda.
»Púsose, pues, á caminar siguiendo las huellas recientemente impresas en la arena, con una precipitacion, hija de su ferviente amor, hasta que llegó á la cueva de que os he hablado, en la cual esperábamos todos el regreso del Ogro con el miedo mayor del mundo, creyendo, al menor rumor que escuchábamos, que se presentaba hambriento y dispuesto á devorarnos. La fortuna guió hasta allí los pasos de Norandino, pues no encontró en la cueva al Ogro; pero si á su mujer, que gritó al verle:
—»¡Huye, infeliz! ¡Desgraciado de tí si el Ogro te coje!»
—»Poco me importa, le contestó el Rey, que me coja ó no, que me salve ó me dé la muerte: nada puede aumentar ya mi desgracia. He llegado hasta aquí, no por haber errado el camino, sino llevado en alas del deseo de morir junto á mi esposa.»
»Despues siguió pidiéndole noticias de los cogidos en la playa por el Ogro, y se informó sobre todo de si habia dado muerte á su bella Lucina ó la retenia cautiva. La mujer del mónstruo le contestó con mucha humanidad, y le tranquilizó diciéndole que Lucina vivia, y que no tuviese cuidado alguno con respecto á su vida, porque el Ogro no devoraba nunca á las mujeres.
—»Una prueba de ello la tienes en mí, añadió, y en todas estas damas que me rodean; jamás nos ha causado ni nos causará el Ogro el menor daño, mientras no nos separemos de esta cueva; pero á la que intenta huir le cuesta caro, pues desoyendo toda clase de súplicas, la entierra viva, la carga de cadenas ó la expone desnuda sobre la playa á los ardientes rayos del Sol. Cuando ha traido hoy aquí á tus compañeros, no se ha cuidado de hacer su acostumbrada separacion entre los hombres y las mujeres, sino que los hizo entrar todos revueltos en confuso monton. Apenas vuelva conocerá por el olfato la diferencia de sexos: las mujeres no deberán temer nada; pero los hombres serán positivamente inmolados; y de cuatro en cuatro, ó de seis en seis, servirán diariamente de pasto á su voracidad. No se me ocurre nada que aconsejarte para que libertes á Lucina: así pues, debes darte por satisfecho con saber que su vida no corre peligro, y que participará de nuestra próspera ó adversa fortuna; pero vete, por Dios, vete, hijo mio, antes que el Ogro te huela y te devore: en cuanto llega, se pone á olfatear por todas partes, y descubriria hasta el raton más pequeño que aquí hubiese.»
»El Rey contestó que no se marcharia sin ver á Lucina, y que preferia morir cuanto antes á su lado, á vivir léjos de ella. Cuando la mujer del Ogro conoció que era en vano todo su empeño para disuadirle del propósito que tan resueltamente habia formado, ideó un nuevo medio para ayudarle, y lo puso inmediatamente por obra. Del techo de la cueva pendian las pieles, colgadas en distintas épocas de los cabritos, cabras y corderos que servian de alimento al Ogro y á sus cautivas: la mujer de este hizo que el Rey se untara de piés á cabeza con la grasa de un gran macho cabrio hasta que su olor hiciera desaparecer el del cuerpo humano, y cuando le pareció que Norandino despedia aquella fetidez que notamos siempre en dichos animales, cogió la piel del mismo y le envolvió con ella pues era bastante grande para el objeto. Una vez cubierto con tan extraño disfraz, le hizo andar á cuatro piés y le condujo á la cueva cerrada por una piedra enorme donde, privada de libertad, yacia su bella esposa.
»Consintió Norandino en todo; colocóse cerca de la abertura con la esperanza de poderse mezclar entre el rebaño, y estuvo aguardando con ansiedad hasta la caida de la tarde. Al anochecer oyó los acordes de la zampoña con que el terrible pastor, yendo en pos de su rebaño, le ordenaba que abandonase la húmeda yerba para regresar á la cueva. Ya podeis pensar cuál seria su espanto al notar la aproximacion del Ogro, y mucho más cuando vió, lleno de horror, su feroz aspecto al llegar á la boca de la cueva; pero el amor pudo más que el miedo, por lo cual fácil os será comprender si el cariño de Norandino era fingido ó sincero. Adelantóse el Ogro, levantó la piedra y dejó espedita la entrada, por la que pasó el Rey confundido entre las cabras y las ovejas.