»Cuando tuvo encerrado su rebaño, bajó el Ogro adonde estábamos, cuidando antes de cerrar la entrada. Fué olfateándonos á todos, y por fin cogió dos de mis compañeros, con cuyas carnes crudas quiso regalarse para cenar. El solo recuerdo de aquellas espantosas quijadas hiela la sangre en mis venas y me inunda de sudor el rostro. Apenas se marchó el Ogro, arrojó el Rey la piel que le encubria, y abrazó á su esposa; pero esta, en lugar de entregarse á la alegría, se desesperó al ver á su esposo, precisamente en el sitio donde le esperaba una muerte cierta, sin que esto pudiera servir para salvarle á ella la vida.
—«¡Ah! señor, le dijo: en medio de mi triste suerte, me consolaba la idea de que no estabas con nosotros cuando el Ogro nos trajo hoy aquí; pues aun cuando me era acerbo y duro el encontrarme al borde del sepulcro, tan solo habria tenido que llorar mi futura desgracia; pero ahora lamentaré tu muerte más que la mia, ya seas sacrificado antes ó despues que yo.»
»Y continuó mostrando más afliccion por la suerte de Norandino que por la suya propia.
El Rey le contestó:
—«La esperanza que abrigo de salvarte, así como á todos nuestros compañeros, me ha hecho venir hasta aquí: si no consigo realizar este propósito, venga en buen hora la muerte; pues que sin tí, sol de mi vida, me es imposible vivir. Podre marcharme del mismo modo que he venido; pero bajo la condicion de que todos habeis de seguirme, si no teneis reparo, como no lo he tenido yo, en despedir el olor de un animal inmundo.
»Nos explicó entonces el ardid que le habia enseñado la mujer del Ogro para engañar el olfato del mónstruo, aconsejándonos que nos cubriéramos con pieles, por si se le ocurria palparnos al salir de la cueva. Persuadidos de la excelencia de semejante estratagema, degollamos todos los machos cabríos que encontramos, prefiriendo los más viejos y los más fétidos del rebaño. Nos untamos el cuerpo con aquella grasa abundante que tienen en rededor de los intestinos y nos cubrimos con sus pieles.
»Salió entre tanto el dia de su áureo palacio, y apenas apareció el primer rayo del Sol, dirigióse el pastor á la cueva, llamando á sus rebaños al pasto acostumbrado por medio de los sonidos de su instrumento pastoril. Tenia las manos extendidas hácia la boca de la cueva, á fin de que no nos escapásemos entre el rebaño; nos cogia al atravesarla, y cuando se aseguraba de que lo que tocaba era pelo ó lana, nos dejaba pasar. Hombres y mujeres salimos por camino tan raro, revestidos de nuestras estiradas pieles; y el Ogro no detuvo á nadie hasta que se presentó Lucina, temblando de miedo. Bien fuese porque dándole asco aquella grasa, no quiso untarse como nosotros, ó porque sus movimientos fueran más pausados y suaves que los del animal á quien debia imitar, ó tambien porque cuando el Ogro la tocó dejara escapar un grito de pavor, ó porque se le destrenzaran los cabellos; ya fuese en fin por otra causa que ignoro, el caso es que el mónstruo la conoció.
»Estábamos todos tan ocupados en nuestra propia salvacion, que en ninguna otra cosa reparábamos; sin embargo, yo me volví al oir el grito lanzado por Lucina, y ví al Ogro quitándole la piel, y repeliéndola al interior de la cueva. Seguimos, no obstante, caminando encorvados bajo nuestro disfraz, y fuímos mezclados con el rebaño á una pradera amena, situada entre verdes collados, adonde nos condujo el pastor. Estuvimos allí esperando hasta que el narigudo Ogro se hubo echado á dormir á la sombra de una espesa enramada, y entonces huimos unos hácia el mar y otros hácia las montañas. Solo Norandino se opuso á seguirnos; pues llevado de la extremada pasion que sentia por su esposa, se empeñó en volver á la gruta entre el ganado, más resuelto que nunca á morir ó á rescatar á su fiel compañera. Cuando vió al salir del encierro, que quedaba ella sola en su cautividad, estuvo á punto de arrojarse espontáneamente en la boca del Ogro, enloquecido por su desesperacion, y se dirigió á él con tal intento, faltando muy poco para verse triturado por los colmillos del mónstruo; pero le contuvo la esperanza, aunque lijera, de sacarla de nuevo de aquella hórrida mansion.
»Cuando el Ogro volvió por la noche á la cueva con sus ganados, y advirtió nuestra fuga que le privaba de su apetitosa cena, llamó á Lucina, causa de aquel perjuicio, y la condenó á permanecer encadenada á la intemperie sobre la cima de aquel peñasco. Norandino era testigo de los padecimientos de su amante esposa y se desesperaba por no poder proporcionarle la libertad aun á costa de su vida. El infeliz amante tenia ocasion de presenciar por mañana y tarde la afliccion y el llanto de Lucina, cada vez que, mezclado entre las cabras, iba al campo ó regresaba á la gruta; y ella le suplicaba siempre con señas que no continuara por más tiempo allí, donde su vida estaba en un continuo peligro, sin que pudiera prestarle el menor auxilio. La mujer del Ogro suplicaba tambien al Rey que se escapara, pero inútilmente, porque él continuaba negándose con insistente tenacidad á marcharse sin su esposa, creciendo su constancia más y más.
»Permaneció sumido en tanta abyeccion, incitado por el amor y la piedad, durante largos dias, hasta el momento en que llegaron á aquella roca el rey Gradaso y el hijo de Agrican, los cuales hicieron tanto con su audacia, que pusieron en libertad á la bella Lucina, si bien les ayudó la suerte más que su ingenio; y la llevaron corriendo hácia el mar; donde la entregaron á su padre, que allí la esperaba. Esta humanitaria cuanto arriesgada empresa se efectuó en las primeras horas de la mañana, mientras Norandino estaba todavia encerrado en la cueva con el ganado. Pero en cuanto se alzó del todo el velo que ocultaba el dia, y la mujer del Ogro le anunció la feliz evasion de su esposa y el modo cómo esta se habia llevado á cabo, dió á Dios fervorosas gracias, y concibió la esperanza de recobrarla, ya que estaba libre de tan miserable suerte, con la ayuda de su espada, de sus ruegos y de sus tesoros. Lleno de alegría siguió con el rebaño hasta la pradera, y esperó á que el mónstruo se tendiera sobre la yerba para entregarse al sueño; despues huyó caminando dia y noche, y cuando estuvo seguro de que el Ogro no podria darle alcance, se embarcó en Satalia[112] y hará unos tres meses que ha llegado á Siria.