»El Rey ha hecho buscar á la hermosa Lucina por Rodas, por Chipre, por todas las ciudades y castillos de África, de Turquía y de Egipto, y hasta antes de ayer no ha podido tener la menor noticia de ella. Por fin, su suegro le ha hecho saber que acaba de llegar con ella, sana y salva, á Nicosia, despues de haber sufrido por espacio de muchos dias continuas tempestades. En celebridad y contento por tan buena noticia, prepara nuestro Rey esta espléndida fiesta, y quiere que cada cuatro lunas se haga otra igual, por serle agradable conmemorar los cuatro meses que pasó bajo la piel de un macho cabrio entre los rebaños del Ogro, de cuyo miserable género de vida se vió libre en tal dia como el de mañana.

»He sido testigo ocular de la mayor parte de cuanto os he referido: el resto lo sé por quien lo ha presenciado todo; en una palabra, por el mismo Rey, que calendas é idus permaneció allí, hasta que recobró su alegría. Si alguno niega estos pormenores, podreis decirle que está mal informado.»

En tales términos narró aquel caballero á Grifon el fundado motivo de aquella fiesta.

Embebidos con tal relato pasaron gran parte de la noche, y todos convinieron en que el Rey habia dado grandes pruebas de un amor inmenso y de una piedad sin límites. Cuando se levantaron de la mesa, pasaron á descansar en cómodos y mullidos lechos, hasta que al despuntar la aurora, serena y radiante, interrumpieron su sueño los gritos de alegría del pueblo.

Los sonidos de los clarines y atabales que recorrian las calles, convocaban á los habitantes á la plaza principal de la ciudad. Luego que Grifon oyó el ruido producido en la calle por los caballos, los carros y los mil discordantes gritos, se vistió aquella magnífica armadura, tan perfecta como no se hallaria fácilmente otra, pues la Hada blanca la templó por sí misma, haciéndola impenetrable y encantada. El vil caballero de Antioquía armóse tambien y acudió al lado de Grifon. El huésped les habia ya preparado fuertes lanzas provistas de gruesas astas, é hizo que los acompañaran algunos de sus más próximos parientes, saliendo él tambien con ellos, rodeado de numerosos escuderos de á pié y de á caballo.

Llegaron á la plaza y se mantuvieron apartados, cuidándose menos de lucir su gallardía en el terreno de la liza, que de contemplar cómo iban acudiendo uno á uno, dos á dos, tres á tres, los marciales campeones, prontos á tomar parte en las justas. Los unos indicaban en sus empresas por medio de colores artísticamente combinados, la alegría ó el quebranto que les hacian sentir sus amadas; los otros anunciaban sus triunfos ó sus reveses amorosos en los emblemas de los cascos ó de los escudos. En aquel tiempo acostumbraban los sirios armarse á semejanza de los guerreros de Occidente, cuyo uso habian adquirido probablemente de su frecuente roce con los franceses, que entonces poseian los sagrados lugares que Dios omnipotente habitó en carne mortal, y que hoy los cristianos, tan orgullosos como desgraciados, dejan en poder de los perros infieles, para su eterno baldon. En lugar de enristrar nuestras lanzas en defensa y acrecentamiento de la Santa Fé, las volvemos contra nosotros mismos, destruyendo á los ya escasos creyentes verdaderos. ¡Oh españoles, franceses, alemanes y suizos! encaminad vuestro valor y vuestros esfuerzos á más dignas conquistas, porque cuanto aquí buscais, pertenece ya á Cristo. Si los unos quereis ser llamados Católicos, y Cristianísimos los otros, ¿por qué matais á los hijos de Jesucristo? ¿Por qué les despojais de sus bienes? ¿Por qué no reconquistais á Jerusalen, que os ha sido arrebatada por los renegados? ¿Por qué consentis que el aborrecido turco sea dueño de Constantinopla y de la mejor parte del mundo?—¿No tienes, oh España, próxima á tí esa África, que te ha ofendido mucho más que esta Italia? ¡Y por asolar este país desgraciado, abandonas tu primera al par que hermosa empresa!—¡Y tú, embriagada Italia, sentina de todos los vicios, tú duermes tranquila, sin avengonzarte de ser alternativamente la esclava de aquellas naciones de quienes fuiste en otro tiempo señora!—¡Oh Suizos! Si el temor de morir de hambre en vuestras madrigueras os lanza sobre la Lombardia, y buscais entre nosotros quien os dé pan ó quien ponga término á vuestra miseria quitándoos la vida, cerca teneis las riquezas de los turcos; arrojadles de Europa, ó por lo menos de Grecia, y así podreis salir de vuestro continuo ayuno ó morir más gloriosamente en aquellos paises.—Lo que os digo á vosotros, se lo repito á vuestros vecinos los alemanes: allí están las riquezas que Constantino sacó de Roma, llevándose las mejores y regalando las restantes. No se bailan tan distantes, como querais emprender el camino, el Pactolo[113] y el Hermus[114], de donde se extrae el oro; la Migdonia[115] y la Lidia[116], y aquellas comarcas deliciosas tan celebradas en la Historia.—Y tú, gran Leon[117], á quien hace inclinar la frente el grave peso de las llaves del cielo, no dejes que la Italia continúe entregada á su pesado sueño, ya que la tienes cojida por los cabellos. Tú eres Pastor, y Dios te ha confiado el báculo, dándote al mismo tiempo un nombre temible, para que rujas, y para que, extendiendo los brazos, protejas á tus rebaños de los ataques de los lobos.

Pero ¿á dónde he ido á parar en alas de mi fantasia, que, pasando de una cosa á otra, me encuentro tan distante del camino que venia siguiendo? No creo, sin embargo, haberlo perdido hasta el punto de no saber encontrarlo. Decia que en Siria acostumbraban armarse como los franceses, y que la plaza principal de Damasco resplandecia con el brillo de los cascos y corazas. Las hermosas damas echaban desde los balcones flores encarnadas y amarillas sobre los campeones, mientras que al sonido de los clarines lucian estos su destreza, haciendo caracolear y encabritarse á sus corceles. Cada cual, fuese buen ó mal ginete, procuraba llamar la atencion, y espoleaba ó castigaba á su caballo; unos merecian vítores y aplausos; y otros excitaban las risas y la rechifla de los espectadores. El premio del torneo consistia en una armadura que habian regalado al Rey pocos dias antes, la cual se encontró casualmente en el camino un mercader, cuando regresaba de Armenia. El Rey añadió á dicha armadura una sobrevesta de un tejido finísimo, adornándola con tantas perlas, oro y piedras preciosas que su valor era inmenso. Si el Rey hubiese conocido la calidad de aquella armadura, la habria preferido á todas las que poseia, y á pesar de su generosidad y cortesía, no la hubiera ofrecido como premio al vencedor. Como seria prolijo referir quién la habia despreciado hasta el punto de dejarla abandonada en un camino á merced del primero que pasara, lo diferiré para ocasion más oportuna, y me ocuparé de Grifon.

Cuando llegó este á la plaza, ya se habian roto más de dos lanzas y cambiado algunos tajos y estocadas. Ocho caballeros de los más adictos al Rey, que les distinguia con su aprecio, jóvenes, diestros en el manejo de las armas, y todos ellos jefes ó descendientes de familias ilustres, eran los mantenedores del torneo: como tales se hallaban dispuestos á combatir durante aquel dia, uno á uno, contra todo el que se presentase, primeramente con lanza y despues con espada y maza, hasta que al Rey le pluguiera suspender la lucha. Gran destrozo se hacia de corazas; pues allí lidiaban por diversion los caballeros cual si fueran enemigos capitales, en la única diferencia de que el Rey podia separarlos cuando quisiese.

El caballero de Antioquía, el cobarde Martan, hombre sin fé, entró audazmente en la liza como si la sola compañía de Grifon le hiciera partícipe de su valor, y quedóse á un lado esperando que terminase un empeñado combate trabado entre dos caballeros. El señor de Seleucia, uno de los ocho mantenedores, estaba entonces peleando con Ombruno, y le dió en el rostro tan violenta estocada, que le mató en el acto con gran pesar de los circunstantes, que le apreciaban por su caballerosidad y por su cortesía, en que no le igualaba ningun guerrero de aquel país. Al ver Martan aquel espectáculo, tuvo miedo de que á él pudiera sucederle otro tanto; y volviendo á su cobardía acostumbrada, empezó á buscar un pretexto para huir. Grifon, que estaba á su lado y le miraba atentamente, le hizo algunas observaciones, y en vista de su ineficacia, le obligó á salir contra otro mantenedor que habia avanzado hasta el medio de la plaza, como sale el perro persiguiendo al lobo; que corriendo tras él diez ó veinte pasos, se detiene y contempla ladrando cómo rechina su enemigo los amenazadores colmillos y el fuego sombrío que arde en sus ojos; pero sin tener en cuenta que se hallaba un presencia de tantos príncipes, de gente tan escogida y de tantas damas, evitó el tímido Martan el encuentro de su adversario, y volvió riendas hácia la izquierda. Hubiera podido echar la culpa á su caballo, que á no dudarlo, cargaria tranquilamente con ella; pero cuando empuñó la espada, dió tales muestras de terror y vacilacion, que ni el mismo Demóstenes hubiera podido defenderle. Sus armas parecian de papel y no de metal; esquivaba cada golpe temiendo verse herido; por último, abandonó el combate, huyendo vergonzosamente en medio de las burlonas carcajadas del pueblo. Las palmadas, los gritos y los silbidos del populacho le persiguieron mientras corria precipitadamente hácia su alojamiento, huyendo como lobo acosado por los perros.

Quedóse allí Grifon, que, lleno de vergüenza, se consideraba deshonrado por la cobardía y vilipendio de su compañero: hubiera preferido verse rodeado de llamas á encontrarse en aquel sitio. La afrenta de Martan abrasaba su corazon, y le salia al rostro, como si la hubiese él recibido, suponiendo que el pueblo le comparaba á aquel: creia por lo tanto indispensable que resplandeciera su valor en todo su brillo, ya que el más insignificante error ó la menor debilidad se exagerarian desmesuradamente en contra suya, á consecuencia de la mala impresion que pesaba en el ánimo de todos. Apoyó, pues, la lanza en el muslo, confiado en la seguridad con que manejaba las armas; lanzó su caballo á toda brida y la enristró á la mitad de la carrera, cayendo impetuosamente sobre el baron de Sidonia, á quien derribó del primer bote. Todos se pusieron en pié asombrados, pues esperaban precisamente lo contrario.