Recogió Grifon su lanza, que no se habia roto con aquel golpe, y la hizo pedazos contra el escudo del Señor de Laodicea, á quien hizo caer de espaldas sobre la grupa del caballo; pero que despues de haber oscilado tres ó cuatro veces, consiguió erguirse, empuñó la espada, revolvió el caballo, y se lanzó sobre Grifon. Sorprendido este al ver á su contrario montado todavia, y que el encuentro anterior no habia bastado para derribarle, dijo entre sí:—«Lo que no pudo la lanza lo hará la espada con cinco ó seis golpes.»—Y descargó sobre la cabeza de su adversario tal cuchillada que parecia caida de las nubes, y tras de aquella otra y otra, hasta que logró aturdirle y arrancarle de la silla.
Entre los mantenedores estaban dos hermanos de Apamea, llamados Tirso y Corimbo, que siempre habian salido vencedores en los torneos; pero ambos cayeron entonces bajo los golpes del hijo de Olivero. El uno fué al suelo del primer bote; el otro cedió á la espada de Grifon. Los espectadores estaban ya unánimes en concederle el premio de la victoria, cuando entró en la liza Salinterno, caballerizo mayor y mariscal de la corte, primer ministro del Rey y además guerrero esforzado. Juzgando vergonzoso que un campeon extranjero consiguiese el galardon ofrecido, cogió una lanza, salió al encuentro de Grifon, y le retó con altaneras amenazas; pero nuestro héroe, por toda contestacion eligió una lanza de entre otras diez que le presentaron, y á fin de no errar el golpe, la dirigió contra el escudo de su contendiente, y atravesándole este, la coraza y el pecho, hizo que penetrara el agudo hierro entre costilla y costilla, subiendo más de un palmo por la espalda. Aplaudió su caida la multitud porque para todos, excepto para el Rey, se habia hecho odioso Salinterno á causa de su avaricia.
Despues de estos, Grifon hizo medir el suelo á Ermofilo y Carmondo, ambos de Damasco: el primero era general de los ejércitos reales; el segundo gran almirante de la Siria: el uno fué lanzado de la silla al primer encuentro, y el otro cayó debajo de su corcel, que no pudo sostener la impetuosa arremetida del valiente Grifon. Quedaba todavia el Señor de Seleucia, el mejor guerrero de los ocho mantenedores, á cuyo arrogante aspecto iba unida la excelencia de sus armas y la bondad de su palafren. Uno y otro procuraron herirse en la visera del almete; pero el golpe de Grifon fué dirigido con más violencia que el del pagano, á quien hizo perder el estribo izquierdo. Ambos arrojaron los trozos de las lanzas y se atacaron con nuevo ardor espada en mano. Grifon fué el primero en asestar con la suya á su adversario un golpe, capaz de partir un yunque, haciendo volar en pedazos el escudo de hierro y hueso que aquel habia elegido entre otros mil; y á no haberle resguardado su fina y bien templada armadura, probablemente le habria atravesado el muslo. Casi al mismo tiempo descargó el Señor de Seleucia una cuchillada sobre el casco de Grifon con tal violencia, que gracias á estar encantado, como sus demás armas, no salió abierto ó roto. El pagano perdia el tiempo inútilmente, porque, á pesar de su vigoroso brazo, no conseguia atravesar aquella durísima armadura, mientras Grifon iba agujereando por muchas partes la del infiel, pues no daba golpe en vago. Todos los circunstantes conocian la ventaja que el guerrero cristiano llevaba sobre el señor de Seleucia, por lo cual estaban convencidos de que si el Rey, haciendo uso de su derecho, no los separaba, moriria el segundo á manos del primero. Norandino ordenó, pues, á su guardia que entrase en el palenque á impedir que continuase tan encarnizada pelea: hízose así, y el público aplaudió la acertada disposicion del monarca.
Los ocho mantenedores, que estaban dispuestos pocos momentos antes á medir sus armas con todos los campeones del mundo, y que, sin embargo, no habian podido resistir á uno solo, fueron saliendo del palenque uno á uno, despues de haber cumplido tan mal con su cometido. Los guerreros que habian acudido á tomar parte en la liza se retiraron tambien al ver que ya no tenian con quien pelear, por haber hecho Grifon solo lo que todos ellos debian hacer contra los ocho. Así es que aquella fiesta duró tan poco que concluyó en menos de una hora; pero Norandino, deseoso de continuarla y aun prolongarla hasta la tarde, salió de su palco, é hizo despejar el palenque; dividió luego en dos secciones su numerosa comitiva, segun el rango y las proezas de los caballeros que la componian, y dió principio á una justa nueva.
Grifon habia vuelto entre tanto á su morada, lleno de cólera y saña, más avergonzado de la afrenta que le hiciera sufrir Martan, que satisfecho del lauro alcanzado con su victoria. El villano Martan, secundado del mejor modo posible por la astuta y engañosa Origila, tenia ya preparadas mil ingeniosas mentiras para disculpar el oprobio que le rodeaba. Diera el jóven ó no crédito á su palabra, es el caso que admitió discretamente aquellas disculpas; pero dispuso por su bien que inmediatamente saliesen de la ciudad con gran sigilo, temiendo que el populacho no pudiera permanecer tranquilo si llegaba á ver á Martan. En su consecuencia, echaron á andar por calles tortuosas y solitarias, y traspusieron en breve las puertas de la ciudad.
Apenas habian andado dos millas, cuando Grifon se detuvo en una posada, bien fuese porque él ó su caballo estuviesen fatigados, ó porque le rindiera el sueño. Quitóse el yelmo y todas sus demás armas; hizo que despojasen á su caballo de la silla y de la brida, y despues se encerró solo en un cuarto, acostándose enteramente desnudo. Apenas reclinó la cabeza en la almohada, cuando se cerraron sus ojos, y le sorprendió el sueño tan profundamente como nunca pueden haber dormido los tejones ni los lirones.
Martan y Origila, retirados á un jardin contiguo, urdieron la trama más original que caber pueda en cabeza humana. Determinó el primero apoderarse del corcel y de las armas y vestiduras que se habia quitado Grifon, y regresar á Damasco para presentarse á Norandino; fingiendo ser el caballero que habia dado tantas pruebas de valor en las justas. Al proyecto siguió la ejecucion, y poniéndose la armadura, la sobrevesta, la cimera, el escudo y todas las prendas de Grifon, montó en su caballo mas blanco que la leche. Poco despues se presentó en la plaza, donde aun se hallaba reunido el pueblo, seguido de Origila y de varios escuderos, y llegó en el momento en que concluian los simulacros á espada y lanza. El Rey habia ordenado que se buscara al caballero de las blancas plumas, de blancas vestiduras y caballo blanco, deseoso de saber el nombre del vencedor. Aquel infame, que cual el asno de la fábula disfrazado con la piel del leon, se ocultaba bajo un arnés que no era el suyo, no bien supo, como esperaba, que llamaban al vencedor, se presentó á Norandino, suplantando á Grifon. El bondadoso Rey se levantó apenas le vió ante sí, le besó, le estrechó entre sus brazos, y lo colocó á su lado: no pareciéndole suficientes sus alabanzas particulares, y queriendo que su valor llegase á noticia de todos, le hizo proclamar, al sonido de los clarines, como el vencedor del torneo de aquel dia. El nombre indigno de Martan, pronunciado en alta voz, recorrió velozmente todos los ámbitos de la plaza. Norandino quiso que fuera cabalgando á su lado en el tránsito al palacio, y le agasajó tanto y de tan diferentes modos, que tal vez hubiera prodigado menos honores al mismo Hércules ó á Marte. Designóle un magnífico y suntuoso aposento en su regio alcázar, y al mismo tiempo hizo prodigar grandes honores á Origila, á cuyo servicio puso los más nobles caballeros y donceles de su servidumbre.
Mas tiempo es ya de que volvamos al confiado Grifon, que léjos de sospechar el menor engaño por parte de sus compañeros ni de otro cualquiera, se habia dormido, y no despertó hasta la tarde. Así que se hubo levantado y conoció que el Sol iba á terminar su carrera, pasó presuroso de su cuarto al en que habia dejado á su falso cuñado con la artera Origila; pero como no los encontrara en él y observara que no estaban allí sus ropas ni sus armas, concibió algunas sospechas, que se confirmaron al ver las de Martan en vez de sus vestiduras. Interrogado el huésped por Grifon, le manifestó que hacia ya rato que el caballero de las blancas armas habia regresado á la ciudad en compañía de la dama y de sus escuderos. Poco á poco fué cayendo el velo que Amor habia corrido hasta aquel dia sobre sus ojos, y se convenció, con gran dolor, de que Martan era, no el hermano de Origila, sino su adúltero amante. Entonces empezó á lamentarse, aunque en vano, de su insensatez, y de que, habiendo sabido la verdad por boca del peregrino, fué tan necio que dió crédito á las palabras de la que tantas veces le habia engañado.
Cuando habia podido vengarse, no supo aprovechar la oportunidad: pero á la sazon se decidió á castigar á su fugitivo rival, aun cuando para ello se vió obligado, por su mal, á hacer uso de las armas y del caballo de aquel infame. Mejor hubiera hecho en marchar desnudo que en vestirse la indigna coraza, embrazar el abominable escudo y poner en el yelmo la enseña escarnecida de Martan; pero el rabioso deseo que sentia de perseguir á la meretriz y á su cómplice, no le dió lugar á reflexionar.
Llegó á las puertas de Damasco cuando apenas quedaba una hora de dia. No léjos de la puerta hácia la que se adelantaba Grifon, elevábase á la izquierda un espléndido castillo, más adornado, bello y cómodo que fuerte y á propósito para la guerra. El Rey, los señores y los principales caballeros de la Siria, en compañía de hermosas y elevadas damas, celebraban en aquella agradable morada un suntuoso y placentero festin. Los balcones de la estancia donde este tenia efecto dominaban las murallas, y desde ellos se descubrian extensas campiñas y los diferentes caminos que conducian á la ciudad; por lo cual, tanto el Rey como toda la corte vieron á Grifon por desgracia suya, cuando llegó cerca de la puerta, cubierto con aquellas armas vilipendiadas y escarnecidas; y tomándole todos por el cobarde caballero á quien estas pertenecian, prorrumpieron en burlonas carcajadas.