En aquel momento vió llegar un caballero de gallardo al par que altanero continente; blancas cual la nieve eran sus vestiduras y blanco tambien el penacho que se agitaba en su casco. No pudiendo Sacripante soportar la inoportuna aparicion de aquel guerrero, que de tal modo habia estorbado la realizacion de sus deseos, le dirigió una mirada impertinente y provocativa; y apenas estuvo cerca de él, le retó á singular batalla, esperando hacerle morder el polvo. El desconocido, cuyo valor y denuedo no debian desmerecer en nada de los de su contrario, despreció las orgullosas amenazas de este, clavó los acicates en los hijares de su caballo y enristró á su vez la lanza: Sacripante revolvióse entonces furioso, y ambos paladines empezaron á descargarse golpes, procurando herirse en la cabeza. Dos leones ó dos toros irritados que se lanzan fuera de sí uno contra otro, no es posible que se ataquen con tanta violencia como aquellos dos guerreros. A los primeros golpes quedaron atravesados los escudos; el choque fué tan terrible, que hizo retemblar desde la base hasta la cima de los pelados cerros y de los verdes valles: únicamente el fino temple de sus petos pudo resistirlo, resguardando los pechos de ambos campeones. Los caballos por su parte no corrian, sino que saltaban á guisa de carneros; pero el del pagano, á pesar de ser un corcel excelente, cayó en breve muerto, arrastrando en su caida á su señor, á quien cogió debajo: el otro cayó tambien, pero se levantó al sentir en sus hijares la aguda punta del acicate.
El campeon desconocido, viendo tendido á Sacripante bajo su caballo, se dió por satisfecho y no se cuidó de renovar el combate, sino que aflojando la brida á su corcel, se alejó á todo escape; y antes de que el pagano pudiera levantarse, se hallaba casi á una milla de distancia.
Así como el labriego, á quien el fragor de un rayo ha dejado aturdido y tendido en el suelo junto á sus bueyes muertos, se levanta y contempla despojado de todas sus ramas el pino que solia ver desde léjos, del mismo modo se levantó Sacripante teniendo á Angélica por testigo de su triste aventura: gemia y suspiraba, no porque se le hubiera roto ó dislocado algun brazo ó pierna, sino por la vergüenza que sentia y que nunca hasta entonces habia enrojecido tanto su semblante y más aun al considerar que la jóven fué quien hubo de sacarle de debajo del caballo.
Mudo hubiera quedado, segun creo, si ella no le hubiese devuelto la voz y la palabra.
—Señor, exclamó Angélica, no os apesadumbre esa caida, cuya culpa no ha sido vuestra, sino de vuestro caballo, que necesitaba reposo y alimento más bien que un nuevo combate. Además, aquel guerrero no reportará gloria alguna de este encuentro, pues con su rápida desaparicion claramente demuestra, á lo que entiendo, que se ha dado por vencido.
En tanto que de esta manera procuraba consolar al Sarraceno, vieron llegar un mensajero cansado y triste, que traia pendiente de sus hombros una trompa y una bolsa, é iba montado en un mal rocin. Luego que llegó junto á Sacripante, le preguntó si habia visto pasar por aquella selva á un caballero vestido de blanco y con un penacho blanco tambien. Sacripante le respondió:
—Ese guerrero me ha puesto en el estado que puedes ver: ahora mismo acaba de alejarse de aquí; mas como deseo saber quien me ha derribado del caballo, espero que me digas su nombre.
El mensajero contestó:
—Voy á satisfacer tu deseo. Sabe que te lanzó fuera de la silla el esforzado valor de una doncella gallarda, pero