La jóven hubo de sacarle de debajo del caballo.
(Canto I.)

más que gallarda, hermosa: no pretendo ocultarte su nombre, antes bien te diré que la que en un momento te ha quitado todo el honor que hasta ahora has podido adquirir en tus combates, se llama Bradamante.

Dichas estas palabras, se alejó el mensajero á rienda suelta, dejando tan abatido al Sarraceno, que no supo qué decir ni qué hacer, abrasado como se hallaba por el fuego de la vergüenza. Cuanto más pensaba en su derrota, y en que esta la habia causado una mujer, más vivo era su dolor. Sin pronunciar una palabra montó en el otro corcel, colocó á Angélica en la grupa y se alejó, difiriendo el logro de sus planes para ocasion y sitio más tranquilos.

Aun no habian andado dos millas, cuando oyeron resonar en la selva que les rodeaba un rumor tal, que no parecia sino que temblaba la floresta, apareciendo poco despues un gran caballo adornado con ricos paramentos de oro. El hermoso bruto saltaba riscos y matorrales, arrastrando en su veloz carrera cuanto se oponia á su paso.

—Si el intrincado ramaje de este bosque y su poca claridad no engañan mi vista, dijo la doncella, creo que es Bayardo ese corcel que con tanto estrépito se abre camino al través de la arboleda: y en efecto, es Bayardo; lo reconozco. ¡Ah, cuán oportunamente llega para utilizarnos de él y aliviar á nuestra cabalgadura del doble peso que ahora soporta!

Desmontó el circasiano, y acercóse á Bayardo creyendo poder sujetarle; pero el caballo, dando una vuelta rápida, despidió un par de coces, que de haber alcanzado al caballero, lo hubiera pasado mal, pues las tiró con tal fuerza, que habria hecho pedazos una montaña de bronce. En seguida, saltando como un perro que vuelve á ver á su amo despues de algunos dias de ausencia, se acercó manso y humilde á la doncella, recordando sin duda los cuidados que le habia prodigado en Albraca, cuando Angélica amaba á Reinaldo. La jóven cojió las riendas con la mano izquierda, y con la derecha acarició el cuello y el pecho del soberbio animal, que dotado de un instinto maravilloso, se sometia á ella como un corderillo. Sacripante aprovechó entonces este momento; saltó sobre Bayardo, y oprimiéndole con fuerza los lomos, consiguió sujetarle: la doncella, por su parte, dejó la grupa y se colocó en la silla de su aliviado caballo.

Mas al volver al acaso la vista atrás, divisó un guerrero á pié y cuyas armas resonaban fuertemente: encendida en ira y despecho reconoció en él al hijo del duque Amon; que la amaba y deseaba más que á su vida, al paso que ella le odiaba y huia de él más que la paloma del halcon: en otro tiempo, sin embargo, amó apasionadamente á Reinaldo, mientras que él la aborrecia más que á la muerte; ahora hánse trocado los papeles. Tal cambio lo han causado dos fuentes cuyas aguas producen diferentes efectos; ambas corren en las Ardenas, inmediata la una á la otra; una llena el corazon de amorosos deseos; la otra los extingue, y torna en hielo el primitivo ardor. Reinaldo bebió de una, y el amor le abrasaba: Angélica de la otra; y le odiaba y huia de él.

Aquel licor saturado de misterioso veneno, que trueca en odio el cariño, hizo que los ojos de la doncella perdieran su brillo y serenidad, y que con acongojado semblante y temblorosa voz suplicase á Sacripante que huyera, sin dar lugar á que se acercase más aquel guerrero.

—¿Tan miserable soy á vuestros ojos, exclamó el Sarraceno, y tan inútil me creeis, que no pueda ampararos como debo? ¿Habeis dado ya al olvido las batallas de Albraca, y aquella noche en que, solo y apenas armado, contuve por salvaros á Agrican y todo su ejército?