—Sabe, Reinaldo,—exclamó—que me llamo el Desden, y que he venido tan solo para romper un yugo indigno de tí.
Apenas pronunció estas palabras, desapareció de improviso, y su caballo con él.
Reinaldo consideró como un milagro esta brusca desaparicion: dirigió la vista á todas partes diciendo: ¿Dónde se halla? y quedó entregado á la mayor indecision, sin poder adivinar si todo aquello habia sido efecto de algun sortilegio, merced al cual Malagigo le habria enviado uno de sus ministros infernales para que rompiera las cadenas que le habian tenido aprisionado tanto tiempo, ó si consistiria en que Dios, en su inefable bondad, le habria mandado desde las regiones celestiales un ángel que le curara de su ceguera, como en otro tiempo envió al arcángel á curar á Tobías.
Fuese ángel, demonio ú otra cosa el sér que le habia devuelto su libertad, el Paladin no pudo menos de dar las gracias y alabar la benéfica accion de aquel caballero, de quien solo sabia que acababa de curar su corazon de sus amorosas ánsias. En el acto sintió renacer su antiguo ódio hácia Angélica, pareciéndole sumamente indigna, no ya de ir á buscarla hasta tan lejos, sino de andar siquiera media legua por ella. Sin embargo, perseveró en su propósito de pasar á la India con objeto de recobrar á su Bayardo en el reino de Sericania, tanto porque su honor se lo exigia, cuanto porque así se lo habia anunciado al Emperador.
Entró al dia siguiente en Basilea, donde poco tiempo antes habia llegado la noticia del combate que debia sostener Orlando contra los reyes Gradasso y Agramante. La noticia de esta lucha no se sabia por aviso del Conde, sino por haberla circulado como verídica un viajero procedente de Sicilia. Reinaldo, que deseaba hallarse al lado de Orlando en aquella batalla, vió con disgusto la gran distancia que de él le separaba, y por lo tanto, emprendió la marcha con toda premura, cambiando de guias y caballos de diez en diez millas, y aumentando la rapidez de su viaje tanto como le era posible. Pasó el Rhin por Constanza, y sin detenerse un momento, atravesó volando los Alpes, entró en Italia, dejó atrás á Verona y Mantua, y llegó á las orillas del Pó, pasándolo con toda precipitacion.
Llegaba el Sol al término de su carrera y aparecia ya la primera estrella en el Cielo, cuando, mientras estaba Reinaldo á la orilla del rio, vacilando entre si deberia mudar de caballo, ó detenerse hasta que las sombras huyesen ante la nueva aurora, vió que se llegaba á él un caballero de bondadoso aspecto y agradable semblante, el cual, despues de saludarle, le preguntó si era casado. Reinaldo respondió, bastante sorprendido al oir tal pregunta:
—Estoy, en efecto, sometido al yugo de himeneo.
El caballero repuso:
—Me alegro mucho de que así sea.