Y con objeto de explicar la causa de su pregunta, añadió:

—Ruégote que te dignes aceptar la hospitalidad que para esta noche te ofrezco en mi morada, y te haré ver una cosa que merece llamar la atencion de todo el que viva con una mujer.

Reinaldo, ya fuese porque el cansancio producido por su precipitado viaje le invitara el reposo, ó ya porque el deseo de ver y oir contínuas aventuras era innato en él, aceptó la oferta del caballero y echó á andar en su compañía.

Apenas se hubieron alejado un tiro de saeta del camino, se encontraron delante de un gran palacio, de donde salió una multitud de escuderos iluminando con antorchas sus inmediaciones. Entró Reinaldo en aquel edificio, y dirigiendo la vista en torno suyo, quedó sorprendido ante su magnificencia desusada, y ante sus bellas y bien entendidas formas arquitectónicas; riqueza, lujo y dispendios que no correspondian á un simple particular. Piedras combinadas de jaspe y pórfido formaban el elegante arco de entrada: las puertas eran de bronce con figuras cinceladas, que parecian moverse y respirar. Atravesábase despues un pórtico formado de admirables mosáicos que recreaban la vista, y desde él se pasaba á un patio cuadrado, que tenia en cada uno de sus lados una galería de cien brazas de longitud. A cada una de estas galerías daba acceso una puerta, y entre esta y la galería descollaba un arco, desiguales todos en anchura, pero semejantes en cuanto á la variada ornamentacion con que los habia engalanado un artista hábil y prolijo. Desde cada arco se entraba en la respectiva galería por una rampa tan suave, que una acémila cargada podria subir sin dificultad por ella: al extremo de la rampa, se encontraba otro arco, y todos ellos precedian á un salon. Los arcos superiores adelantaban tanto su bóveda, que cubrian con ellas las anchurosas puertas, y cada uno de ellos estaba sostenido por dos columnas, de bronce ó de mármol.

No acabaria nunca, si pretendiera describir en todos sus detalles las suntuosas habitaciones de aquel palacio, ni cuanto, además de lo que se veia, habia construido el hábil arquitecto debajo de tierra. Las elevadas columnas, los capiteles de oro que servian de sostenimiento á ricos artesonados, recargados de pedrerías, los mármoles más peregrinos en que una diestra mano habia esculpido caprichosos adornos, las pinturas, las molduras, y otros mil detalles, cuya mayor parte no podia verse á causa de la oscuridad, probaban que los tesoros de dos reyes juntos no habian bastado para costear la construccion de tan soberbio edificio.

Entre los ricos, bellos y numerosos adornos que abundaban en aquella deliciosa mansion, descollaba una fuente, cuyas aguas fresquísimas y abundantes formaban una multitud de bulliciosos arroyuelos: allí era donde los pajes habian colocado las mesas, pues estaba en medio del patio á igual distancia de las galerías, y desde ella se veian las cuatro puertas del magnífico palacio. Un artista diligente y entendido habia construido aquella fuente, de un trabajo prolijo al par que elegante: tenia la forma de un pabellon ó templete octogonal, coronado por un cielo de oro, cuya parte interior estaba esmaltada de variados colores; ocho estátuas de mármol blanco sostenian aquel cielo con el brazo izquierdo. El ingenioso escultor habia puesto en la mano derecha de cada estátua el cuerno de Amaltea, del cual caia el agua con delicioso murmullo en un recipiente de alabastro. Aquellas ocho estátuas representaban otras tantas matronas, y aun cuando todas diferian en el rostro y en los trajes, eran iguales en gracia y en belleza. Cada una de ellas tenia apoyados los piés en otras dos bellas figuras de menor tamaño, que con la boca entreabierta daban á entender el deleite que les causaba el canto y la armonía: su actitud parecia indicar que cifraban todo su estudio y su trabajo en cantar las alabanzas de las hermosas damas colocadas sobre sus hombros, como si realmente fuesen aquellas cuyas facciones reproducian.

Las estátuas inferiores sostenian tambien grandes cartelones donde, entre pomposas alabanzas, se leian los nombres de las figuras superiores. Dichos cartelones contenian asimismo, aunque algun tanto apartados de los otros, los de las figuras pequeñas trazados con caractéres legibles. Reinaldo examinó á la luz de las antorchas aquellas damas y caballeros uno por uno. La primera inscripcion en que fijó la vista nombraba con mucho elogio á Lucrecia Borgia, cuya belleza y honestidad deben anteponer sus compatriotas los romanos á las de la antigua matrona del mismo nombre. Los dos caballeros que tenian á bien sostener tan excelente y honrosa carga eran, segun la leyenda, Antonio Tebaldeo y Hércules Strozza: émulo de Lino el primero, y rival de Orfeo el segundo.

No menos airosa y bella era la estátua siguiente, en cuyo cartel se leia: «Esta es Isabel, hija de Hércules; la ciudad de Ferrara se considerará mucho más feliz por haberla visto nacer en su seno, que por cualquier otro favor que, durante el rápido transcurso de los años, deberá concederle la fortuna benigna, propicia y bienhechora.»—Los dos caballeros que la servian de sosten, mostrando en su actitud el vehemente deseo de que resonara siempre la gloria de Isabel, se llamaban ambos Juan Jacobo, Calandra el uno y Bardelone el otro.

En el tercero y cuarto lados del octógono, donde el agua salia del pabellon por estrechas canales, se elevaban dos damas, cuya patria, estirpe y fama les era comun, así como eran iguales en belleza y elevado ánimo. Llamábase la una Isabel; Leonor la otra, y segun manifestaba la marmórea inscripcion, por ellas deberia adquirir tanta gloria la tierra de Manto, que no se envanecerá tanto de haber sido la patria de Virgilio, cuya circunstancia la honra en extremo, como de haber visto nacer en su seno á estas princesas. Tenia la primera al pié de la veneranda orla de su vestido á Jacobo Sadoleto y Pedro Bembo: un elegante Castiglione y un culto Muzio Arelio servian de pedestal á la segunda. Tales eran los nombres desconocidos entonces, y hoy tan famosos, que se veian esculpidos en el bello mármol.