Vieron despues á aquella, á quien el Cielo dotará con tantas perfecciones cuantas el próspero ó adverso destino haya prodigado á dama alguna en el transcurso de los siglos. La inscripcion de oro indicaba que aquella princesa era Lucrecia Bentivoglio, y entre otras muchas alabanzas, afirmaba que el duque de Ferrara se mostraria contento y orgulloso de ser su padre. Un Camilo cantaba sus perfecciones con voz sonora y halagüeña, que escuchaban el Reno y Felsina con tanta atencion y asombro, como en otro tiempo escuchó el Anfriso[161] los cánticos de su pastor; y las cantaba tambien aquel poeta por quien la comarca donde el Isauro derrama sus dulces aguas en mayor vaso[162] será mucho más famosa desde la India á la Mauritania y desde las regiones australes hasta las hiperbóreas, que por haberse pesado en ella el oro romano cuya circunstancia le dió perpétuo nombre: me refiero á Guido Postumo, á quien Palas y Febo ceñirán las sienes con doble corona.

La dama que sigue en órden á las precedentes es Diana. «No la juzgueis por la altivez de su semblante, decia la marmórea inscripcion; pues su corazon será tan bondadoso como bello su rostro.»—El docto Celio Calcagnin extenderá con armoniosos acentos la fama y el glorioso nombre de esta princesa hasta el reino de Moneso y el de Juba, la India y la España; al mismo tiempo que un Marco Cavallo hará brotar por ella en Ancona un raudal de poesía tan abundante como el que hizo salir el caballo alado en el monte, no sé si del Parnaso ó de Helicona.

Al lado de estos elevaba su magestuosa frente Beatriz, cuyo escrito hacia su elogio en estos términos:—«Beatriz labrará la dicha de su esposo mientras viva, pero la muerte de esta princesa ocasionará la ruina de su consorte y la de toda la Italia, que siendo vencedora con ella, gemirá sin ella en la esclavitud.»—Un señor de Correggio y un Timoteo, honor de los Bendedei, parecian escribir las glorias de Beatriz en cadenciosas rimas; los sonidos de las dulcísimas liras de uno y otro obligarán á detener su curso para escucharlos al rio donde sudaron los antiguos electros.

Entre el lado que ocupaban estas estátuas y el de la columna en que estaba representada la Borgia, se veia esculpida en alabastro una gran dama de tan noble y magestuoso porte, que, á pesar de estar velada por un transparente tul, y de vestir un ropaje negro y sencillo, sin ninguna clase de adornos, brocados de oro ni joyas, sobresalia por su belleza entre las otras figuras más engalanadas, como sobresale entre todas la estrella de Venus. Cuanto más fijamente se contemplaba su rostro, menos se podia conocer lo que dominaba con preferencia en él; si la gracia ó la belleza, la magestad ó el ingenio y la modestia.—«El que pretenda cantar cual corresponde las virtudes de esta dama, decia el tallado mármol, acometerá la más digna de las empresas, pero nunca podrá alabarse de haberla llevado al término que se merece.»—A pesar de la bondad y de la gracia que se veian impresas en su apacible y perfecto continente, parecia desdeñosa de que se atreviese á celebrarla con humilde canto un ingenio tan rudo como era el único que le servia de pedestal, sin tener otro á su lado, ignoro por qué causa. Todas las figuras anteriores tenian esculpidos sus nombres: la mano del artífice habia suprimido tan solo los de estas dos últimas.

Aquellas estátuas dejaban en medio un espacio circular cuyo pavimento era de coral finísimo; en dicho espacio reinaba constantemente un ambiente fresco y agradable comunicado por el puro y líquido cristal que por fuera de aquel recinto caia en un canal fecundo, el cual, despues de regar un pequeño prado esmaltado de verde, azul, blanco y amarillo, se dividia en varios arroyuelos, acogidos con placer por las mórbidas yerbas y los delicados arbustos.

El Paladin, sentado á la mesa, sostenia una amistosa conversacion con su atento huésped, recordándole con demasiada frecuencia el cumplimiento de lo prometido; pero observaba con extrañeza que el caballero estaba muy distraido por algun pesar oculto, pues apenas transcurria un momento sin que exhalase ardorosos suspiros. Impulsado por la curiosidad, estuvo Reinaldo muchas veces á punto de preguntarle la causa de su tristeza; pero contenido por una modesta delicadeza, no se atrevió á interrogarle. Al terminar la cena, un page que desempeñaba las funciones de copero puso sobre la mesa una magnífica copa de oro puro, llena de piedras preciosas por fuera y de vino por dentro. El señor de la casa levantó entonces la cabeza, miró á Reinaldo con una sonrisa, en la que un observador atento hubiera adivinado más amargura que satisfaccion, y exclamó:

Un page puso sobre la mesa una copa de oro puro
(Canto XLII.)

—Ha llegado ya el momento de cumplir esa promesa que tanto me recuerdas: voy á suministrarte una prueba que debe ser grata y preciosa para todo hombre casado. En mi concepto, todo marido tiene la obligacion de averiguar si su mujer le ama, de saber si le honra ó le convierte en objeto de menosprecio, si hace que le respeten como un hombre ó le comparen á un animal. El peso de los cuernos es el más lijero que puede haber, á pesar de la infamia con que abruma al hombre: todo el mundo lo ve, mientras el que los lleva no lo siente. Sabiendo á ciencia cierta que tu mujer te es fiel, tendrás más razon para amarla y respetarla, que el que conoce la perfidia de la suya ó el que da cabida en su corazon á las sospechas y á los celos. Muchos maridos están sin razon celosos de sus mujeres, á pesar de ser castas y buenas, al paso que otros, ciegamente confiados en la lealtad de su consorte, van por el mundo ostentando sus cuernos. Ahora bien: si deseas estar persuadido de la fidelidad de tu esposa (como creo que crees y debes creer, porque es trabajo inútil hacer creer lo contrario, á no ser que tengas una prueba fehaciente de ello), tú mismo podrás cerciorarte de su lealtad, sin necesidad de que nadie te la afirme, solo con que acerques á tus lábios ese vaso que te he hecho traer con el único objeto de mostrarte lo que te he prometido. Al beber en él, observarás un efecto maravilloso, porque si llevas la cimera de Cornualles, se derramará el líquido por tu pecho sin que llegue una sola gota á tu boca; pero si tienes una mujer fiel, apurarás su contenido de un solo trago. Haz, pues, la prueba.

Así diciendo, se puso á mirar atentamente si se derramaba el vino por el pecho de Reinaldo.