El Paladin, casi convencido y deseoso de averiguar lo que tal vez no le hubiera gustado saber despues, extendió el brazo, cogió el vaso y estuvo á punto de hacer la prueba; pero se detuvo, pensando en lo peligroso que era aproximar á él los lábios.

Permitid, señor, que descanse un momento, y en seguida os referiré la respuesta de Reinaldo.


CANTO XLIII.

El Caballero refiere al Paladin la insensata curiosidad que le privó de su dicha.—Reinaldo marcha á Rávena con objeto de embarcarse, y oye otra historia durante el viaje.—Llega á la isla en que su primo acababa de alcanzar la victoria que tan poco satisfecho le dejara.—El cenobita que bautizó á Rugiero, convierte á Sobrino al cristianismo y cura á Olivero.

¡Oh execrable avaricia! ¡oh apetito desordenado de riquezas! No me maravillo de que subyugues fácilmente á las almas viles ó contaminadas por el vicio: pero sí me causa asombro ver que sujetas con la misma cuerda y aferras con la misma garra á más de un hombre, cuyo elevado ingenio le haria digno de honor y de respeto, si supiera sustraerse á tu vergonzoso influjo. Hombres hay que estudian la tierra, el mar y el cielo y conocen y explican perfectamente las causas de todos los fenómenos de la Naturaleza, remontando el vuelo de su atrevido pensamiento hasta el mismo sólio del Altísimo; y sin embargo, heridos por tu mortífero y venenoso aguijon, no tienen más afan ni más idea que la de acumular tesoros, en lo cual cifran todo su anhelo, toda su salud y su única esperanza.

Otros derrotan ejércitos enteros y atraviesan las ferradas puertas de belicosas ciudades, siendo los primeros en exponer su fuerte pecho al acero enemigo y los últimos en retirarse, á pesar de lo cual no pueden librarse de que los hagas gemir en tu afrentosa prision hasta el fin de sus dias. Muchos de los que por su talento ó su aptitud habrian conquistado un nombre ilustre y preclaro en las artes ó en las ciencias, permanecen por tu culpa sumidos en un olvido humillante.

¿Y qué diré de algunas damas de esclarecido linaje y de sin par belleza, á quienes veo mostrarse duras, incontrastables, constantes y más firmes que columnas ante la gentil apostura, la fidelidad y la asídua solicitud de sus adoradores? Que llega un dia en que la avaricia produce en ellas tal mudanza, que no parece sino que las haya encantado de improviso, y sin amor (¿quién lo creeria?), las ofrece como rica presa á las seducciones de un viejo, de un sér deforme ó de un mónstruo.

¡Ah! No sin motivo me lamento de ello: entiéndame quien pueda, que yo sé bien lo que me digo, y aun cuando parezca lo contrario, ni me separo con estas quejas de mi propósito, ni olvido la materia de mi canto; mas no quiero adaptar por más tiempo mis palabras á lo que venia diciendo, sino á lo que tengo que deciros. Volvamos, pues, á ocuparnos del Paladin, que estuvo próximo á hacer la prueba de la copa.