—Melisa te dió á la verdad un consejo pérfido, al proponerte que hostigaras á la abeja: y á tu vez fuiste poco perspicaz corriendo en busca de lo que no querrias haber encontrado. Si tu esposa, cediendo á la avaricia, se vió inducida á faltarte á la fé jurada, no te asombre; porque no es ella la primera ni la quinta que ha salido vencida en esta lucha: ¡cuántas mujeres de mucho más talento y de mayor fortaleza han cometido las acciones más bajas por menor precio! ¿Acaso no ha habido tambien hombres que por oro han vendido á sus señores y á sus amigos? Si deseabas ver cómo tu mujer se defendia, no debiste atacarla con tan terribles armas: ¿ignoras por ventura que ni el mármol ni el durísimo acero pueden oponer resistencia al oro? Creo, pues, que al tentarla incurriste en una falta mucho mayor que la cometida por tu esposa cediendo tan pronto. ¡Oh! Si ella te hubiese puesto á prueba del mismo modo, tal vez habrias sucumbido con mayor facilidad.

Al decir esto, dejó Reinaldo la mesa, pidiendo licencia á su huésped para retirarse á dormir, con intencion de descansar un poco y emprender de nuevo su marcha una ó dos horas antes de la salida del Sol. Como disponia de poco tiempo, su intencion era la de aprovecharlo sin desperdiciar un solo momento. El señor del palacio le dijo, que podia pasar á las habitaciones interiores, donde tenia preparados estancia y lecho, y entregarse al reposo el tiempo que tuviera por conveniente; pero añadió que, si queria seguir su consejo, podria dormir toda la noche á pierna suelta y viajar mientras dormia.

—Te hago preparar una barca, le dijo, en la cual podrás continuar tu viaje, disfrutar un sueño tranquilo y sin cuidado toda la noche, y adelantar una jornada tu camino.

Reinaldo se apresuró á aceptar este ofrecimiento, dando repetidas gracias á su amable huésped, y sin más tardanza, se dirigió al rio, donde le estaban esperando ya los marineros. El Paladin se tendió con toda comodidad en la barca, que cediendo al vigoroso empuje de seis remos, se deslizó por la superficie del agua con tanta rapidez y agilidad como un pájaro por los aires. El caballero francés quedó dormido apenas inclinó la cabeza, habiendo encargado antes á los remeros que le despertasen en cuanto estuvieran á la vista de Ferrara.

El veloz esquife dejó pronto á Melara á la izquierda y á Sermide á la derecha, y pasó por Figarolo y Stellata, donde el iracundo Pó se divide en dos brazos. El nauta tomó el de la derecha, y dejó que el de la izquierda siguiera su curso hácia el territorio de Venecia: pasó luego por Bondeno, y ya iba aclarándose el Cielo hácia la parte del Oriente, matizada por la Aurora de blanco y encarnado con las flores que derramaba de su canastillo, cuando se despertó Reinaldo, en ocasion en que se divisaban á lo lejos los dos castillos de Tealdo.

—¡Oh ciudad venturosa!, exclamó, ¡de quien me predijo mi primo Malagigo, cuando hice este mismo viaje en su compañía, despues de contemplar las estrellas fijas y errantes, y de evocar algun espíritu adivino, que en los futuros siglos ha de remontarse tanto tu gloria y esplendor, que serás la honra y prez de toda la Italia!

Así decia el Paladin, mientras la barca continuaba deslizándose sobre el rey de los rios con tal velocidad, que no parecia sino que tuviese alas: en breve llegó á la pequeña isla que está más próxima á la ciudad, y aun cuando entonces se hallaba inculta y descuidada, alegróse Reinaldo de contemplarla, porque no ignoraba cuán bella y próspera llegaria á ser andando el tiempo. En otra ocasion en que hizo este mismo viaje, acompañado de Malagigo, le oyó decir que cuando la cuarta esfera hubiese girado con el carnero setecientas veces[167], aquella isla seria la más amena y deliciosa de cuantas se hallasen circundadas por el mar, por los rios ó los lagos, y que al verla, no habria nadie que se acordara de ponderar las maravillas de la patria de Nausicaa[168]. Le oyó tambien decir, que por la magnificencia de sus edificios sobrepujaria á la isla que tenia el emperador Tiberio en tanta estima[169]; que sus deliciosos jardines, ricos en toda clase de plantas, dejarian muy atrás á los afamados de las Hespérides; que Circe[170] no tuvo nunca en sus rebaños ni en sus establos tan inmenso número de animales, ni de tan variadas especies; que Venus abandonaria á Chipre y á Guido para residir en aquella isla en compañía de Cupido y de las Gracias; que tan asombrosa transformacion se deberia al trabajo y al cuidado del que, uniendo á su poder é inteligencia la voluntad, sabria además rodear á su ciudad nativa de tan fuertes murallas y baluartes, que podria defenderse de todos los ataques sin apelar al auxilio extranjero, y que el príncipe que deberia hacer unas cosas y otras seria hijo de un Hércules y padre de otro Hércules.

De esta suerte iba Reinaldo trayendo á su memoria todo cuanto, adivinando lo futuro, le habia dicho su primo, con quien solia pasar algunos ratos en semejantes pláticas, y al ver el aspecto pobre y humilde de la ciudad, decia para sí:

—¿Cómo puede ser que en medio de esos pantanos florezcan las ciencias y las artes liberales? ¿Será posible que esa aldea miserable se convierta en una ciudad anchurosa y espléndida, y en campiñas amenas y feraces lo que hoy solo son cenagosas lagunas y estériles quebraduras? ¡Oh ciudad venturosa! ¡Desde ahora me apresuro á saludar el amor, la hidalguía, la gentileza de tus señores, y las esclarecidas virtudes de tus caballeros y de tus egrégios ciudadanos! ¡Ojalá que la inefable bondad del Redentor, y la prudencia y justicia de tus príncipes te mantengan perpétuamente en medio de la abundancia y la alegría, y disfrutando de una paz y un amor inalterables! ¡Ojalá te preserven siempre del furor de tus enemigos, descubriendo sus malas artes, y que tu bienestar cause celos al extranjero, en vez de envidiar tú la suerte de alguno de ellos!

Mientras Reinaldo se expresaba en estos términos, el sutil leño iba surcando las aguas con más rapidez que el halcon cuando desciende de la region de los aires atraido por el señuelo y las voces del cazador. El nauta dirigió poco despues la nave por el afluente de la derecha del brazo derecho del Pó por donde iban navegando, y pronto dejaron atrás á San Giorgio, y las torres de la Fossa y de Gaibana. Como sucede con frecuencia que un pensamiento produce otros muchos sucesivamente, Reinaldo se acordó del caballero en cuyo palacio habia cenado la noche anterior; recordó tambien que aquella ciudad era la causa de sus tormentos, y le vino á las mientes aquella copa que revelaba las faltas de las mujeres. Despues acudió á su memoria el experimento que el caballero proponia á sus huéspedes, sin haber encontrado uno solo, de cuantos habian consentido en hacerlo, que pudiera beber sin mojarse el pecho. Unas veces se arrepentia de no haber intentado tambien aquella prueba, pero otras decia entre sí: