»Señor, cerca de aquí existe una ciudad defendida por los terribles y amenazadores brazos del Pó, cuya jurisdiccion se extiende desde aquí hasta la sinuosa orilla del mar. Aunque cede en antigüedad á las ciudades circunvecinas, compite con ellas en suntuosidad y ornato: la fundaron los escasos restos de los troyanos que se escaparon del azote de Atila[166]. Gobierna esta ciudad un caballero rico, jóven y apuesto, que siguiendo un dia el raudo vuelo de su halcon, llegó á mi palacio, y al entrar en él, vió á mi esposa, la cual le causó una impresion tan viva, que le quedó su imágen grabada en el corazon. Desde entonces no perdonó medio alguno para inclinarla á satisfacer sus deseos; pero fueron tantas las repulsas y los desaires de mi mujer, que desistió de sus instancias, aun cuando no pudo borrar de su imaginacion el recuerdo de su sin par belleza.

»Tanto fué lo que me instó Melisa y hasta tal punto me alucinaron sus consejos, que me decidí á tomar la forma del gobernador, y sin que yo pueda decirte cómo, transformó mi aspecto, mi voz, mis ojos y mis cabellos. Persuadida estaba ya mi esposa de que yo habia emprendido un viaje con direccion á Levante, cuando volví á mi casa bajo el aspecto, traje, voz y facciones de su jóven seductor. Melisa me acompañaba, disfrazada de paje, llevando las más ricas pedrerías que pueden producir las Indias ó las costas Eritreas. Yo, que conocia las costumbres de mi palacio, entré en él sin vacilacion alguna, seguido de Melisa, y llegué á donde estaba mi mujer en ocasion tan oportuna, que á la sazon no estaba á su lado ninguna doncella ni escudero. Hícele presentes mis deseos; le presenté el perverso estímulo de toda mala accion, ostentando ante su vista los rubíes, diamantes y esmeraldas capaces de conmover á la virtud más firme, y le dije que todo aquello era nada en comparacion de lo que podia esperar de mí. Le hablé despues de la comodidad que nos ofrecia la ausencia del marido, y le recordé que hacia mucho tiempo solicitaba sus favores, como no debia ignorar, añadiendo por último, que mi amorosa constancia era digna de alcanzar la merecida recompensa.

»Manifestóse al principio bastante turbada y confusa; su rostro se tiñó con el carmin de la vergüenza, y no queria escucharme; pero al ver los brillantes destellos de las piedras preciosas, empezó á ablandarse su corazon, y por último me respondió con voz rápida y temblorosa lo que me arranca la vida cada vez que lo recuerdo: que accedería á mis súplicas cuando estuviera segura de que nadie lo supiese jamás. Esta respuesta fué un dardo envenenado que me atravesó el alma: sentí que recorria mis venas y mis huesos un frio glacial, y la voz expiró en mi garganta.

»Entonces Melisa, descorriendo el velo de su encanto, me restituyó mi forma primitiva. Puedes juzgar cuál seria la mortal palidez de mi esposa al verse sorprendida por mí en tan grave falta. Quedamos entrambos lívidos, mudos y con la frente inclinada. Apenas tuve voz y ánimo para exclamar:

—«¿Con que me harias traicion, si hubiera alguno que quisiera comprar mi deshonra?»

»La única contestacion que pudo dar á estas palabras consistió en derramar un torrente de lágrimas. Mucha fué su vergüenza, pero mayor la irritacion que sintió al ver que era yo quien le inferia aquella afrenta; irritacion que siguió multiplicándose hasta convertirse en ódio y en furor. En el momento mismo resolvió huir de mi lado, y á la hora en que el Sol desciende de su carro, se dirigió al rio, saltó en una lancha, y fué surcando toda la noche su corriente: al rayar el dia se presentó al caballero que tiempo atrás la habia requerido de amores, y de cuyo aspecto y semblante me habia revestido para hacer un cruel experimento contra mi propio honor, y como no se habia apagado el fuego de su pasion, creo inútil deciros si la recibiria con júbilo. Desde allí me envió á decir mi esposa, que renunciara para siempre á poseerla, y á que me devolviera su amor.

»¡Triste de mí! Desde aquel dia viven juntos con gran contento, mofándose de mí, mientras yo me voy consumiendo á impulsos del mal que entonces me procuré, sin encontrar paz ni sosiego. Mi tormento aumenta en vez de atenuarse, y estoy seguro de que me llevará al sepulcro; porque ya no le queda mucho que hacer en mí, y aun creo que habria muerto durante el primer año, si no me hubiese sostenido un solo consuelo, el cual consiste en que de todos cuantos caballeros se han albergado en mi palacio de diez años á esta parte y á quienes he presentado esa copa, no he visto uno solo al que no se le derramara el líquido por el pecho. En medio de mi acerbo pesar, siento un gran alivio al ver que tantos otros participan de mi misma suerte. Tú has sido el único prudente entre infinitos necios, porque tú solo te has negado á hacer ese ensayo peligroso.

»Mis deseos de poner á prueba hasta un extremo exagerado la fidelidad de mi esposa, hacen que mi vida, sea larga ó breve, no tenga nunca sosiego ni reposo. Melisa se manifestó desde luego gozosa por este resultado, pero su infundado júbilo duró poco; porque habiendo sido la causa de mi mal, la odié de tal modo, que no podia soportar su vista. Irritada ella al verse odiada por mí, á quien decia amar más que á su propia vida, y cuando esperaba reinar como soberana en mi corazon, una vez alejada mi esposa, tardó poco en ausentarse á su vez por no tener siempre presente la causa de su mal, y abandonó este país, de tal modo que no he vuelto á tener noticias suyas.»

Así dijo el afligido caballero, y cuando puso fin á su historia, Reinaldo se quedó algunos momentos pensativo, movido á compasion: despues exclamó: