»El adivino permaneció silencioso al verle, por no revelar al doctor una cosa que le afligiria seguramente; procuró eludir la contestacion con diferentes excusas, pero vencido al fin por sus ruegos importunos, le anunció que su esposa tardaria en deshonrarle el tiempo que él tardara en traspasar el umbral de su puerta, y que su traicion no seria motivada por la belleza ó por las súplicas de un amante, sino por un vil interés. Si acaso te son conocidas las vicisitudes del amor, podrás apreciar por tí mismo cómo se quedaria el corazon del triste Anselmo, al oir aquellas predicciones amenazadoras de los motores celestes, que aumentaron el temor y las dudas crueles que ya en él se abrigaban; pero lo que llevaba al último extremo la tristeza que le oprimia, no concediendo un momento de reposo á su calenturienta imaginacion, era la consideracion de que su mujer, vencida por la avaricia, habia de traficar con su honra.
»Poniendo cuanto estaba de su parte para evitar que incurriera en tan lamentable falta (porque la necesidad suele arrastrar al hombre á robar los altares, si encuentra una ocasion oportuna), la dejó en posesion de todos sus bienes (que no eran pocos), entregándole el dinero, las alhajas, las rentas y el usufructo de sus posesiones, y en una palabra, todo cuanto poseia.
—»Paso á tus manos mi fortuna entera, le dijo, no solo para que la disfrutes y la gastes en cubrir tus atenciones, sino para que la consumas, la disipes, la dés ó la vendas, y en fin, para que hagas con ella cuanto se te antoje. Con tal de volver á hallarte como te dejo, poco me importa lo demás; con tal de que continúes siendo siempre la misma, te autorizo para desposeerme de tierras y palacios.»
»Rogóle además que no siguiese habitando en la ciudad, á no ser que tuviera noticia de su regreso; y le instó que se trasladase al campo, donde podria vivir con más comodidad, lejos del trato social. Este consejo se lo inspiraba la creencia de que los sencillos campesinos, dedicados al cultivo de la tierra ó á la custodia de sus ganados, no podrian influir fatalmente en los honrados propósitos de su esposa. Argía, enlazando con sus torneados brazos el cuello de su temeroso Anselmo, y bañándole el rostro en llanto que á raudales brotaba de sus ojos, le reconvenia tristemente por suponerla tan débil y culpable como si ya le hubiese engañado, y porque su injusta sospecha procedia de que no tenia confianza en su cariño leal.
»Pero seria harto prolijo si me propusiera referir todo cuanto se dijeron en el momento de la separacion.—«¡Te recomiendo mi honor!»—fueron las últimas palabras de Anselmo: echó á andar en seguida, y no parecia sino que el corazon iba á saltársele del pecho cuando volvió la brida al caballo. Ella lo siguió mientras le fué posible con la vista anublada por las copiosas lágrimas que surcaban sus mejillas.
»Durante este tiempo, el mísero y desdichado Adonio, pálido y desfigurado, segun dije, por su luenga barba, caminaba la vuelta de su patria, esperando no ser ya conocido en ella: llegó al lago próximo á la ciudad, y cerca del sitio donde habia prestado su auxilio á la culebra á quien tenia acorralada un labriego dentro de un espeso matorral con la intencion de matarla. Al llegar á aquel paraje, en el momento en que empezaba á despuntar el dia y aun brillaban en el Cielo algunas estrellas, vió que se adelantaba á su encuentro por la orilla del lago una doncella, vestida con un traje extraño y de porte noble y magestuoso, aunque no llevaba en su compañía doncellas ni escuderos. Aquella dama se dirigió á él con agradable semblante y le dijo estas palabras:
—»Aunque no me conoces, ¡oh noble caballero! soy pariente tuya, y te debo además un gran beneficio: soy lo primero, porque el esclarecido linaje de ambos remonta su orígen al arrogante Cadmo. Soy la hada Manto; yo fuí quien puso la primera piedra de esa ciudad á la que, segun habrás oido decir, llamé Mantua, de mi nombre: soy tambien una de las hadas, y para decirte lo que á mí se refiere, te haré saber que, por nuestro fatal destino, estamos expuestas á padecer todos los males de los humanos, excepto la muerte; pero á nuestra existencia inmortal va unida una condicion tan funesta como la misma muerte: cada siete dias nos vemos precisadas á tomar la forma de una culebra. Es una cosa tan horrible el verse cubierta con esa inmunda escama, é ir arrastrándose por el suelo, que no hay desconsuelo mayor en el mundo, y tanto es así, que maldecimos la vida. Con decirte que en dicho dia nos vemos expuestas á toda clase de peligros á causa de nuestra metamórfosis, comprenderás en qué consiste la gratitud que te debo, cuyo orígen voy á recordarte. No hay animal más aborrecido en la tierra que la culebra; y nosotras, revestidas de su forma, tenemos que sufrir los golpes, los ultrajes y las persecuciones de todo el que nos descubre, y si no podemos refugiarnos debajo de tierra, fuerza nos es soportar el peso de la mano que nos hiere. ¡Cuánto más nos valdria morir, que exponernos á quedar destrozadas ó heridas bajo las plantas de los hombres!
»El gran favor que te debo consiste en que, al pasar cierto dia por estas deliciosas arboledas, me libraste de las manos de un labriego que me maltrataba: á no ser por tu generosa intervencion, habria corrido inminente riesgo de salir con la cabeza ó los riñones aplastados, y aun cuando de todos modos hubiera quedado con vida, no podria evitar que me dejara coja ó deslomada; pues durante los dias en que nos arrastramos por el suelo cubiertas con la serpentina piel, nos vemos privadas de nuestro poder, y el Cielo, sujeto el resto del tiempo á nuestra voluntad, se niega á obedecernos. En los restantes dias, nos basta una sola palabra para detener al Sol en mitad de su carrera y amortiguar su luz; para que la inmóvil Tierra dé vueltas y se traslade de un punto á otro, y para que el hielo se inflame, y el fuego se congele.
»He venido ahora con objeto de darte la merecida recompensa por el beneficio que de tí recibí entonces. Libre del manto viperino, puedo conceder cuantas gracias se me pidan: á partir de este momento, quiero que seas tres veces más rico de lo que lo fuiste al heredar á tu padre: no quiero que te vuelvas á ver sumido en la indigencia, sino que cuanto más gastes, más se aumente tu fortuna; y como no ignoro que continúas envuelto en las redes con que Amor te prendió tiempo atrás, voy á decirte el medio más á propósito para que desahogues tus encendidos deseos. Quiero que pongas en ejecucion mi consejo, mientras el marido esté ausente, y que vayas á presentarte á su mujer, que vive retirada en el campo: yo te acompañaré.»
»Y continuó diciéndole de qué modo deberia presentarse á la señora de sus pensamientos, indicándole el traje que habia de llevar, las palabras, los ruegos y hasta las persuasivas incitaciones de que le convenia hacer uso. Le manifestó tambien la forma en que ella pensaba presentarse; pues, á excepcion del dia en que vagaba errante convertida en culebra, todos los demás podia metamorfosearse del modo que mejor le cuadrara. Hizo que Adonio se vistiese con el traje de uno de esos peregrinos que van de puerta en puerta pidiendo una limosna por el amor de Dios. Manto se transformó en el perro más pequeño de cuantos haya podido crear la Naturaleza, de pelo largo y sedoso, más blanco que el armiño, de grato aspecto y maravillosos movimientos. Una vez disfrazados de esta suerte, emprendieron la marcha hácia la casa de la bella Argía: al llegar cerca de algunas cabañas de labradores, le pareció oportuno al jóven detenerse, y empezó á tocar una especie de caramillo, á cuyo son se puso el perro á bailar sostenido sobre las patas traseras.