Así decia Malagigo, y su relato inspiró á sus oyentes el deseo de saber el destino de algun otro de aquellos héroes, que, exterminando á la fiera infernal, legaran un digno ejemplo á sus descendientes. Uno de los nombres que allí sobresalían era el de Bernardo[14], ensalzado por Merlin en su inscripcion, la cual manifestaba que, merced á él, seria Bibiena tan conocida como su vecina Florencia ó como Siena. Pero nadie lograria aventajar á Sigismundo Gonzaga[15], á Juan Salviati[16], ni á Luis de Aragon[17], cada uno de los cuales se mostró irreconciliable enemigo del mónstruo. Allí se veia á Francisco Gonzaga[18], y siguiendo sus huellas á su hijo Federico: no muy lejos del primero iban su cuñado y su yerno; aquel, duque de Ferrara, y este de Urbino. Guido Ubaldo[19], hijo de uno de estos príncipes, se mostraba deseoso de que su fama de justo y de valiente no desmereciera en nada de la de su padre ó de cualquier otro héroe. Sinibaldo y Ottobon del Flisco, animados de igual ardor, hostigaban á la fiera, mientras que Luis de Gazzolo atravesaba su cuello con una saeta, despedida por un arco que le regalara Febo, al mismo tiempo que Marte le ciñera su propia espada. Dos Hércules, dos Hipólitos de Este, otro Hércules de Gonzaga y otro Hipólito de Médicis, no se separaban de las huellas del mónstruo, hasta conseguir rendirlo. Juliano no se dejaba sobrepujar por su hijo, ni Fernando por su hermano; así como Andrés Doria se mostraba dispuesto al combate, y Francisco Sforza no permitia que nadie avanzara más que él. Los dos caballeros, en cuyo blason se veia pintado el monte que oprime con su peso desde la cabeza á la cola de serpiente del impío Tifeo, eran de la generosa, ilustre y esclarecida sangre de Ávalos[20]. No habia nadie que se adelantara tanto como ellos para exterminar al mónstruo: el uno tenia escrito á sus piés el nombre del invicto Francisco de Pescara, y el otro el de Alfonso del Vasto. Pero ¿dónde dejo á Gonzalo Fernandez[21], honor y prez de España, tan encomiado por Malagigo, que pocos de los citados llegaban á igualársele? Entre los que habian dado muerte al feroz animal, se veia á Guillermo de Montferrato; pero todos sus enemigos formaban un número insignificante en comparacion de los mortales á quienes habia herido ó devorado.

Entretenidos despues de tomar algun alimento con sabrosas pláticas ú honestos pasatiempos, los cuatro compañeros dejaron transcurrir las horas del calor, tendidos sobre finísimos tapices á la sombra de los arbolillos de que estaba engalanada la orilla del arroyo. Malagigo y Viviano tenian apercibidas sus armas á fin de que sus amigos se entregaran con toda seguridad al reposo, cuando divisaron á una jóven que se dirigia presurosa hácia ellos, enteramente sola. Esta era Hipalca, á quien Rodomonte arrebató el excelente caballo Frontino. Habia seguido durante una gran parte del dia anterior al Africano, suplicándole unas veces y denostándole otras; mas viendo que no sacaba partido de sus súplicas ni de sus denuestos, volvió atrás esperando hallar á Rugiero en Agrismonte. Por el camino supo, ignoro cómo, que le encontraria allí con Riciardeto; y siéndole conocido el país, por haber estado en él otras veces, se encaminó en derechura á la fuente, y vió junto á ella á Rugiero del modo que acabo de describir: mas como buena y cauta mensajera, que sabe desempeñar una comision mucho mejor de lo que le han encargado, así que vió al hermano de Bradamante, fingió no conocer á Rugiero.

Aproximóse á Riciardeto, como si efectivamente fuese en su busca, y en cuanto la conoció el jóven, salió á su encuentro, preguntándole el objeto de su viaje. Hipalca, cuyas mejillas estaban todavía encendidas por lo mucho que habia llorado, le contestó suspirando, pero en voz bastante alta para que Rugiero, que estaba cerca de ella, pudiese oirla:

—Conducia de la brida, por órden de tu hermana, un magnífico y maravilloso caballo, llamado Frontino, á quien ella tenia en mucha estima: ya habia andado más de treinta millas en direccion á Marsella, donde dentro de pocos dias debe encontrarse Bradamante, y donde me encargó que esperara su llegada, y proseguia mi camino confiada, algo temerariamente quizás, en que no habria un hombre de tan arrogante corazon que se atreviese á arrebatármelo, como yo le dijese que pertenecia á la hermana de Reinaldo; cuando un sarraceno feroz se apoderó de él ayer, dejando burladas mis esperanzas, y por más que le dije quién era el dueño de Frontino, no se mostró dispuesto á devolvérmelo. Todo el dia de ayer y parte del de hoy le he seguido rogándole y suplicándole; pero en vista de que tan inútiles eran mis ruegos como mis amenazas, le he dejado, llenándole de injurias y maldiciones, á poca distancia de aquí, donde reventando al caballo y aun reventándose él mismo, procura resistir con las armas en la mano á un guerrero, que no dudo me vengará bien pronto, segun lo acorralado que tiene al infame sarraceno.

Rugiero, que á duras penas habia podido contener su impaciencia para escuchar el fin de este relato, se puso en pié en cuanto calló Hipalca; y dirigiéndose á Riciardeto, le pidió como un favor y como recompensa del servicio que le habia prestado, que le permitiera ir solo con Hipalca hasta encontrar al sarraceno, audaz raptor de aquel caballo. Aun cuando el jóven no creia decoroso confiar á otro una empresa, que á él, y á nadie más, correspondia, accedió sin embargo á los deseos de Rugiero, el cual se despidió sin perder tiempo de los restantes compañeros, y se alejó con Hipalca, dejándolos, no ya maravillados, sino estupefactos al considerar su admirable valor.

Luego que Hipalca le hubo alejado algun tanto de la fuente, le manifestó que la dama que tan impreso tenia su valor en el corazon la habia enviado en su busca, y dejando toda reserva á un lado, le siguió participando cuanto Bradamante le encargara, añadiendo que, si antes habia dicho otra cosa, era por hallarse presente Riciardeto. Manifestóle además, que el que le arrebató el caballo, habia contestado á sus observaciones con suma arrogancia, exclamando:—«Puesto que este caballo es de Rugiero, me apodero ahora de él con mayor júbilo; y por si acaso pensara recobrarlo, hazle saber que no pretendo ocultarme, y que soy aquel Rodomonte, cuyo valor ostenta su brillo por el mundo entero.»

Mientras Hipalca hablaba de esta suerte, en el rostro de Rugiero se iba pintando la cólera que hervia en su corazon, ya porque estimaba mucho á su caballo Frontino, ya por la mano que se lo enviaba, y ya tambien por parecerle que su robo era un ultraje sangriento, inferido á su valor: además consideró que seria para él mengua y baldon no arrancarlo inmediatamente del poder de Rodomonte, tomando una pronta y digna venganza.

Entre tanto la doncella continuaba guiando á Rugiero, sin permitirse el menor reposo, deseosa de ponerle con el pagano frente á frente: así llegaron hasta un sitio en que el camino se dividia en dos; el uno descendia al fondo de un valle y el otro subia á la cumbre de una colina: ambos iban á parar al sitio en que la doncella habia dejado á Rodomonte: el segundo era escabroso, pero más corto; el primero, aunque más largo, era mejor. Hipalca, en su afan por recobrar á Frontino y ver vengada su afrenta, se decidió á seguir el camino del monte, por donde era el trecho más corto; pero en aquel momento el Rey de Argel iba cabalgando por el otro en compañía del Tártaro y de los demás que he referido, y como se adelantaban por la llanura, resultaba que Rugiero se alejaba de ellos cada vez más.

Ya sabeis que habian diferido su pelea para acudir en socorro de Agramante, y que les acompañaba Doralicia causa de todas sus discordias. Escuchad ahora la continuacion de esta historia. Seguian directamente el camino que conducia á la fuente donde descansaban tranquilos y descuidados Aldigiero, Marfisa, Riciardeto, Malagigo y Viviano. Accediendo á las instancias de sus compañeros, se habia puesto la guerrera uno de aquellos trajes y adornos mujeriles que el traidor maguntino creyó destinar á Lanfusa, y por más que casi nunca abandonara la coraza y las demás piezas de su armadura, se las quitó aquel dia, presentándose vestida con el traje de su sexo ante sus admirados compañeros.