Apenas vió el Tártaro á Marfisa, se propuso apoderarse de ella, creyendo que seria fácil lograrlo, con el objeto de ofrecerla á Rodomonte en recompensa ó á cambio de Doralicia; como si Amor pudiese consentir en que un amante vendiera ó permutara á su dama, ó fuera fácil consolarnos de la pérdida de una con la adquisicion de otra. Deseoso, pues, de proporcionar al rey de Argel una doncella, á fin de no tener que desprenderse él de Doralicia, determinó entregarle á Marfisa, cuya belleza y donosura le parecieron dignas del amor de cualquier caballero, suponiendo sin duda que para su rival lo mismo seria una mujer que otra; y en su consecuencia, retó á singular batalla á todos los guerreros que acompañaban á Marfisa.
Malagigo y Viviano, que no habian abandonado sus armas á fin de velar por sus compañeros, se levantaron del sitio donde estaban sentados, dispuestos ambos al combate, porque creian tener que habérselas con los dos paganos; pero el Africano, que no pensaba en tal cosa, permaneció tranquilo; por lo cual, Mandricardo fué el único que tomó parte en la lucha. El primero que se lanzó animosamente sobre su adversario enristrando un grueso lanzon fué Viviano; el Rey pagano, por su parte, le acometió con la pujanza y denuedo que le eran habituales. Ambos dirigieron sus golpes al sitio donde creian herir con más ventaja: Viviano alcanzó inútilmente en el yelmo á su enemigo; pues, lejos de derribarle, ni siquiera logró moverle. El Rey pagano, cuya lanza era más dura, atravesó el escudo de Viviano como si fuese de vidrio, y le hizo saltar de la silla, arrojándole entre las yerbas y las flores de la pradera. Acudió entonces Malagigo dispuesto á vengar sin tardanza á su hermano; pero tuvo tal prisa de reunirse con él, que en vez de vengarle, fué á hacerle compañía. Más rápido Aldigiero que su primo para cubrirse con sus armas, saltó sobre el corcel, y desafiando al Sarraceno, le embistió valerosamente á rienda suelta: el golpe que descargó fué á dar un dedo más abajo de la visera del sarraceno; voló la lanza al cielo hecha cuatro pedazos, pero Mandricardo permaneció firme en la silla. El pagano le hirió en el lado izquierdo; y como el golpe fué dirigido con terrible fuerza, de poco le valieron á Aldigiero su escudo y su coraza, porque se abrieron cual si fuesen de delgada corteza. El hierro cruel penetró en el hombro; se tambaleó el herido caballero sobre el caballo, y por último fué á dar con su cuerpo en tierra, quedando las armas enrojecidas con su sangre, y mortalmente pálido su rostro. Riciardeto acudió en seguida con heróica audacia: al enristrar su lanza, se echaba de ver, como lo habia demostrado en diferentes ocasiones, que era un digno paladin de Francia: probablemente habria hecho conocer al Tártaro que le igualaba en valor, si no le hubiera impedido arremeterle la caida de su caballo, que cogiéndole debajo, y no por culpa suya, le privó de todo movimiento.
Como no quedaba ya ningun caballero que hiciese frente al pagano, supuso este que era ya suya la doncella, premio del vencedor, y aproximándose á ella, le dijo:
—Hermosa jóven, sois nuestra, si no hay alguien que monte á caballo en favor vuestro. No podeis excusaros ni negaros á ello; pues tales son las leyes de la guerra.
Marfisa, levantando el rostro con ademan altivo, contestó.
—Tu opinion es harto errónea: podria concederte que tuvieses razon al decir que te pertenezco por derecho de conquista, cuando fuese mi señor ó mi caballero alguno de esos que has derribado. Pero no soy suya, ni pertenezco á nadie más que á mí misma: por lo tanto, el que desee poseerme debe conquistarme luchando conmigo. Tambien yo sé manejar la lanza y el escudo, y he tendido á mis piés á más de un caballero.—Dadme mis armas y mi corcel, exclamó en alta voz dirigiéndose á sus escuderos, los cuales se apresuraron á obedecerla.
Quitóse sus vestidos femeniles, y lució más y más sus raras perfecciones y su bien formado cuerpo: á no ser porque las delicadas facciones de su rostro revelaban su sexo, hubiérasela tomado por el mismo Marte. Así que tuvo puesta la armadura, ciñóse la espada, y de un salto se colocó sobre el caballo, al que clavó tres veces el acicate, haciéndole caracolear á uno y otro lado: luego, desafiando al Sarraceno, empuñó la récia lanza, y comenzó una lucha que recordaba la sostenida al pié de los muros de Troya por Pentesilea contra el tesalio Aquiles[22]. Al primer choque, rompiéronse las lanzas hasta el regaton, cual si fueran de vidrio; pero no se observó que ninguno de los dos combatientes se plegara hácia atrás una sola línea. Marfisa, ansiosa de conocer si combatiendo más de cerca le resistiria de igual modo el sarraceno, se volvió contra él espada en mano. Mandricardo prorumpió en blasfemias contra el cielo y los elementos, al ver á su enemiga inmóvil en la silla, mientras esta, que habia esperado atravesarle el escudo, increpaba no menos irritada al cielo: tanto el uno como la otra descargaban recíprocamente terribles cuchilladas sobre sus armas; pero en vano, porque las de ambos estaban encantadas, lo cual nunca fué más necesario que aquel dia. Tan buenas eran sus mallas y corazas, que no habia espada ó lanza que las atravesara; de modo que el combate podia durar todo aquel dia y hasta el siguiente, si Rodomonte no se hubiera interpuesto para interrumpirle, reconviniendo á Mandricardo por su demora y diciéndole:
—Si es que tanto deseo tienes de pelear, más vale que terminemos nuestra propia lucha. Ya sabes que la suspendimos para acudir con más prontitud en socorro de nuestro ejército, y que convinimos en no acometer otro nuevo combate ó cualquiera otra empresa hasta haber cumplido este deber.
Despues se dirigió con la mayor cortesía á Marfisa, participándole que Agramante les habia enviado un mensajero para reclamar su inmediato auxilio. Rogóle en seguida que se dignara, no solo renunciar á aquel combate ó diferirlo para mejor ocasion, sino tambien partir en su compañía para prestar su poderosa ayuda al hijo del rey Trojano, añadiendo que de este modo podria adquirir una fama que hasta el cielo se remontara, mejor que impidiendo un intento tan generoso con una pelea ignorada y sin importancia.