Marfisa, que siempre habia tenido el ardiente deseo de medir sus fuerzas con los paladines de Carlomagno, y cuyo único objeto, al pasar á Francia desde las más remotas comarcas, era el de conocer por sí misma si su glorioso renombre era ó no exagerado, aceptó la proposicion de Rodomonte, en cuanto tuvo noticia de la apurada situacion de Agramante.

Entre tanto Rugiero habia seguido en vano á Hipalca por el camino del monte, y cuando llegó con ella al sitio designado, vió que Rodomonte se habia marchado por el otro camino. Suponiendo que no podia hallarse muy lejos, y que habria tomado el sendero que conducia directamente á la fuente, volvió las riendas á su corcel, y siguió con paso veloz las huellas recientemente impresas en la arena. Quiso que Hipalca regresara á Montalban, de cuyo castillo solo les separaba una jornada; porque si volvia de nuevo á la fuente, se alejaria demasiado del camino recto, y le dijo que estuviese segura de que recuperaria en breve á Frontino, como no tardaria en saberlo, bien en Montalban, ó bien en cualquier otro punto en que se hallara. Dióle además la carta que escribió en Agrismonte y que llevaba desde entonces en el pecho, y le dijo otras muchas cosas, rogándole encarecidamente que le disculpara con su amada. Hipalca fijó en su memoria todos los encargos de Rugiero; despidióse de él, volvió riendas, y no cesó de andar hasta llegar á Montalban aquella misma tarde.

A pesar de haber seguido Rugiero diligente las huellas del Sarraceno, que aparecian en el camino de la llanura, no pudo alcanzarle hasta que le vió con Mandricardo junto á la fuente. Los dos sarracenos se habian prometido mútuamente que no se atacarian por el camino, ni antes de socorrer el campamento africano tan estrechamente asediado por Cárlos. Al llegar allí, Rugiero conoció á Frontino; por él conoció al guerrero que le montaba, y enristró en el momento mismo su lanza, desafiando al Africano con frases altaneras. Rodomonte hizo aquel dia más que Job; porque consiguió domar su fiero orgullo y rehusó el combate, él, que siempre habia tenido la costumbre de ser el primero en buscarlo. Aquella fué la primera y última vez en su vida que se negase á combatir; pero le parecia tan honroso el deseo de acudir en auxilio de su Rey, que aun cuando hubiese tenido á Rugiero más aferrado entre sus uñas que una liebre oprimida por las garras del ágil leopardo, no habria querido sacrificar ni el tiempo indispensable para cambiar con él una ó dos estocadas. Añádase á esto, que sabia que Rugiero, con quien debia combatir por causa de Frontino, era un caballero tan famoso, que su gloria no tenia rival; que Rugiero era el hombre con quien siempre habia deseado batirse, para conocer por sí mismo hasta dónde alcanzaba su denuedo; y á pesar de esto, no quiso aceptar aquel reto: ¡tanto era lo que le inquietaba el peligro de su Rey! A no ser por esta causa, hubiera ido hasta el confin de la Tierra, tan solo por realizar tal combate; pero en aquel momento, aunque le hubiese desafiado el mismo Aquiles, no dejara de hacer lo propio: tan oculta estaba entonces la llama de su habitual furor. Manifestó á Rugiero la causa que le impedia aceptar su reto, y aun le rogó que les prestara su auxilio en aquella empresa; porque, de obrar así, haria lo que todo caballero leal está en el deber de hacer en obsequio de su señor; añadiendo que tan luego como se levantara el asedio, tendrian tiempo de terminar sus querellas.

Rugiero le respondió:

—No tengo inconveniente en aplazar esta pelea hasta que Agramante quede libre del poder de Cárlos, con tal de que me devuelvas desde luego á Frontino. Si quieres que difiera para cuando estemos en la corte el probarte la falta que has cometido, y la accion indigna de un caballero valiente que has llevado á cabo arrebatando á una débil mujer mi caballo, deja á Frontino y devuélvemelo. De lo contrario, harás mal en suponer que yo renuncie á la contienda ni que te conceda una sola hora de tregua.

Mientras Rugiero exigia al Africano la restitucion de Frontino ó un inmediato combate, y mientras Rodomonte, negándose á combatir y á devolver el caballo, aplazaba para más adelante una y otra cosa, adelantóse Mandricardo y suscitó una nueva contienda al ver que Rugiero llevaba por blason la reina de las aves. Rugiero ostentaba en su escudo el águila blanca sobre campo azul, emblema de los troyanos, porque le pertenecia de derecho como descendiente que era del esforzado Héctor, pero como Mandricardo lo ignoraba, no quiso tolerar que otro usara en su escudo el águila blanca del héroe troyano, teniéndolo á grave injuria. Mandricardo llevaba tambien como enseña el ave que arrebató en el monte Ida á Ganimedes: no dudo que sabreis cómo la conquistó aquel dia que salió vencedor en el peligroso castillo, y cómo se la dió aquella Hada juntamente con las preciadas armas que forjó Vulcano para el guerrero de Troya. Mandricardo y Rugiero se habian ya batido en otra ocasion por esta misma causa, y como ya sabeis el motivo que tuvieron para separarse, escuso referirlo de nuevo. No habian vuelto á encontrarse hasta entonces, así es que en cuanto Mandricardo vió el escudo, prorumpió en amenazas con ademan arrogante, gritando á Rugiero:

—Te reto á singular pelea. ¿Todavía te atreves á usar, temerario, la enseña que me pertenece? No es este el primer dia que te he reconvenido por ello. ¡Insensato! ¿Has podido creer que, porque una vez te perdoné, he de tolerarlo siempre? Pero ya que ni el perdon ni las amenazas han sido bastantes para hacerte olvidar semejante locura, voy á enseñarte cuánto más te hubiera valido obedecerme que desafiar mi saña.

Así como un leño seco y bien caldeado se enciende al más pequeño soplo, del mismo modo se inflamó la cólera de Rugiero desde la primera amenaza que oyó de Mandricardo.

—¿Te has figurado, le dijo, que podrias dominarme á tu antojo, porque me ves empeñado en otra contienda? Si así lo has creido, pronto te demostraré que tan capaz soy de obligar á Rodomonte á que me devuelva mi Frontino, como de quitarte el escudo de Héctor. No hace aun mucho tiempo que combatimos por el mismo motivo; pero me abstuve de arrancarte la vida porque no llevabas espada. Lo que entonces fueron conatos, hoy serán hechos palpables y evidentes, pudiendo asegurarte que esa águila blanca, antiguo blason de mi estirpe, será para tí fatal: tú la has usurpado; yo la llevo con justo derecho.

—Tú eres el usurpador de mi divisa, exclamó Mandricardo, desnudando el acero que Orlando, en su locura, habia abandonado poco antes en el bosque.