El buen Rugiero, que jamás habia desmentido su generosidad, cuando vió que el pagano desenvainaba la espada, dejó caer en el suelo su lanza, y empuñando la excelente Balisarda, embrazó el escudo; pero en aquel momento lanzó Rodomonte su caballo entre ellos, seguido por la diligente Marfisa, procurando tanto el uno como la otra separar á los contendientes, y rogándoles que no pasaran adelante. Rodomonte se lamentó de que Mandricardo hubiese roto por dos veces el pacto entre ellos estipulado; la primera, cuando combatió con varios caballeros, creyendo conquistar á Marfisa, y la segunda por desposeer de su divisa á Rugiero. Irritado por el poco interés que al Tártaro le inspiraba el peligro de Agramante, le dijo:

—Si has de proceder siempre de esta manera, es preferible que terminemos nuestro combate, mucho más justo y necesario que todos cuantos despues has emprendido. Con esta condicion quedó establecida la tregua que subsiste entre nosotros. Así que concluya contigo, me batiré con Rugiero por el caballo que reclama; y tú, si conservas la vida, podrás continuar la querella suscitada con él por causa de tu escudo; aun cuando espero darte tanto qué hacer, que no se fatigará mucho Rugiero.

—Padeces un error grosero, respondió Mandricardo: yo soy quien ha de darte qué hacer más de lo que deseas, y quien te hará sudar de piés á cabeza. No me faltarán vigor ni audacia, así como no falta el agua de un manantial, para batirme despues con Rugiero, y no solo con él, sino con otros mil que se presentaran, y hasta con el mundo entero, si se atreviese á hacerme frente.

Por una y otra parte iban en progresivo aumento la cólera y las amenazas. Mandricardo, ébrio de furor, queria pelear á un tiempo mismo con Rodomonte y con Rugiero: este, poco acostumbrado á soportar el menor ultraje, no queria ya escuchar palabras de conciliacion, sino apelar á las armas. Marfisa iba de un lado á otro, procurando calmar los ánimos; mas no teniendo quien la ayudara, se esforzaba en vano. Así como un campesino, al ver salir de madre un rio, cuyas turbulentas aguas se abren á través de los campos un nuevo camino, acude presuroso á impedir que la inundacion destruya sus mieses y su forraje, y mientras se ocupa en oponer un dique, y otro, y otro á las aguas, observa consternado que si consigue cerrarles el paso por un lado, no tardan en rebasar por otro los obstáculos que les ha puesto, precipitándose entonces toda su masa con ímpetu más destructor, así tambien, mientras Rugiero, Mandricardo y Rodomonte disputaban coléricos entre sí, pretendiendo cada uno de ellos mostrarse más esforzado, y exceder en denuedo á los otros dos, procuraba Marfisa apaciguarlos, cansándose y perdiendo el tiempo y el trabajo; pues mientras conseguia disuadir á uno de ellos de sus belicosos intentos, se denostaban los dos restantes con creciente ira.

La guerrera, insistiendo en ponerlos de acuerdo, les decia:

—Caballeros, escuchad, por favor, mis consejos. Es de todo punto necesario que aplaqueis todas vuestras querellas para cuando Agramante esté fuera de peligro. Si cada uno de vosotros se empeña, á pesar de esto, en seguir adelante con su contienda, haré á mi vez uso del derecho que me asiste de continuar mi interrumpida lucha con Mandricardo, y entonces veré si es tan capaz, como supone, de conquistarme por medio de las armas. Pero si hemos de socorrer á Agramante, hagámoslo sin dilacion, y no se hable ya de nuevas luchas entre nosotros.

—Por mí no ha de quedar, exclamó Rugiero, desde el momento en que se me devuelva el caballo. Una de dos; ó me restituye el corcel, ó de lo contrario que lo defienda de mí: estoy firmemente resuelto á perecer en este sitio, ó á regresar al campamento cabalgando en Frontino.

Rodomonte contestó:

—Probablemente será más fácil lo primero que lo segundo.—Y añadió:—Por lo demás, protesto aquí de que si nuestro Rey padece algun revés, tuya será la culpa; pues yo no habré sido causa de que no se haga á tiempo lo que se debe hacer.

Rugiero no hizo caso alguno de tales protestas: arrastrado por la cólera, desnudó el acero, y se arrojó como un javalí sobre el rey de Argel, á quien empezó á golpear de tal modo con el escudo y con la hombrera, que lo descompuso hasta el extremo de hacerle perder uno de los estribos. Entonces Mandricardo le gritó:—«Suspende, Rugiero, ese combate, ó lucha conmigo.»—Al decir esto, más cruel y felon de lo que fuera hasta entonces, descargó un terrible cintarazo en el casco de Rugiero, el cual se vió obligado á bajar la cabeza hasta el cuello de su caballo, sin que pudiera enderezarse cuando lo intentó, porque el hijo de Ulieno aprovechó aquel momento para darle un nuevo y más tremendo golpe. Si el yelmo de Rugiero no hubiera sido de un temple diamantino, aquel tajo le habria hendido la cabeza hasta las mejillas. El dolor le hizo abrir ambas manos, abandonando la una la espada y la otra las riendas: el caballo se lo llevó á través de los campos, y Balisarda quedó abandonada en el suelo.