Marfisa, que habia sido aquel dia su compañera de armas, se sintió abrasada por la ira, al ver que dos caballeros habian puesto en aquel estado á uno solo: llevada de su natural magnánimo y generoso, se arrojó sobre Mandricardo, y reuniendo todas sus fuerzas, le descargó un tremendo mandoble en la cabeza. Rodomonte salió en persecucion de Rugiero, persuadido de que si conseguia darle un nuevo golpe, quedaba vencido el jóven guerrero y Frontino en su poder para siempre; pero Riciardeto y Viviano, que lo observaron, corrieron á interponerse entre su amigo y el Sarraceno. El primero acometió á Rodomonte, le hizo retroceder, y le obligó á cesar en su persecucion; el segundo se acercó á Rugiero, ya vuelto en sí, y le presentó su propia espada.

En cuanto el valiente Rugiero recobró los sentidos y empuñó la espada que Viviano le ofrecia, no quiso demorar la venganza de su agravio, y se precipitó sobre el rey de Argel como el leon que acaba de ser herido por las astas de un toro y no siente el dolor de su herida: tanta era la saña, el ímpetu y el furor que le estimulaban á tomar una sangrienta venganza.

Cayó como un rayo su acero sobre la cabeza del Sarraceno, y si en vez de haberle descargado aquel mandoble con la espada de Viviano, lo hubiese dado con su Balisarda, que, como he dicho, se le escapó de las manos al principio de esta lucha á causa de una cobarde felonía, creo que el yelmo de Rodomonte no bastara á proteger su cabeza, por más que dicho yelmo fuese el que se mandó fabricar el rey de Babel[23] cuando intentó declarar la guerra á las estrellas.

Convencida la Discordia de que allí no podia haber más que contiendas y riñas, que alejarian para siempre de entre los cuatro caballeros toda esperanza de paz y tregua, dijo á su hermana, la Soberbia, que podian regresar con toda confianza al lado de sus buenos frailes. Dejémoslas marchar, y volvamos á Rugiero, que acababa de dar un tremendo golpe en la frente de Rodomonte.

El golpe de Rugiero fué tan terrible, que el Sarraceno tocó en la grupa de Frontino con su yelmo y con aquella piel impenetrable y escamosa que cubria sus espaldas; tres ó cuatro veces se le vió oscilar con el cuerpo inclinado para caer en tierra, y hubiérasele escapado la espada, á no tenerla atada á la muñeca.

Entre tanto Marfisa atacaba con tal insistencia á Mandricardo, que el Tártaro tenia bañados en sudor la frente, el rostro y el pecho; otro tanto le sucedia á la guerrera; pero la armadura de ambos era tan impenetrable, que no conseguian atravesarlas por ninguna parte: hasta entonces no se llevaban la menor ventaja; pero un paso en falso dado por el caballo de Marfisa, fué causa de que la jóven necesitara el auxilio de Rugiero. Al dar el corcel una vuelta harto brusca, en un sitio donde la yerba estaba mojada, resbaló de tal suerte, que la guerrera no pudo impedir que cayera sobre el lado derecho; y en el momento en que procuraba levantarse precipitadamente, el descortés pagano lanzó sobre ella á Brida-de-oro, que atropellándola de través, la hizo caer de nuevo. Al ver Rugiero á la doncella en tan crítica situacion, se apresuró á socorrerla, ya que en aquel momento podia hacerlo, porque Frontino se llevaba á Rodomonte privado de conocimiento: el jóven guerrero descargó un golpe tan violento en el casco del Tártaro que de seguro le habria partido la cabeza como un troncho, si hubiese empuñado á la sazon á Balisarda, ó si Mandricardo se hallara cubierto con otro yelmo.

Vuelto en sí el rey de Argel durante este corto intervalo, miró en su derredor, vió á Riciardeto, y recordando que habia salido á su encuentro para impedirle que hiriera nuevamente á Rugiero, lanzóse sobre él, é indudablemente le habria dado una recompensa poco envidiable por el oportuno auxilio que proporcionara á su enemigo, á no haberlo estorbado Malagigo por medio de nuevos encantamientos. Malagigo conocia el arte de los encantos tan bien como el mágico más preeminente; y aun cuando á la sazon no tenia el libro, merced al cual le era fácil detener al Sol en mitad de su carrera, recordaba sin embargo los conjuros con que solia hacerse obedecer de los espíritus infernales: inmediatamente obligó á uno de ellos á penetrar en el cuerpo del caballo de Doralicia, que se encabritó furioso. Pocas palabras bastaron al hermano de Viviano para que entrara uno de los ángeles de Minos en el manso palafren que montaba la hija del rey Estordilano; y aquel caballo, que no se movia nunca como á ello no le obligara la mano que le guiaba, dió súbitamente un salto de treinta piés de largo y diez y seis de altura. Grande fué el salto, pero no tan violento que derribara de la silla á la que en ella iba montada. La jóven, al verse hendiendo los aires, se tuvo por muerta y lanzó gritos penetrantes, mientras que el caballo, conducido por el diablo, emprendió una carrera tan vertiginosa, que no le hubiera alcanzado una saeta, llevando consigo á la jóven, la cual no cesaba de pedir socorro.

El hijo de Ulieno fué el primero en suspender la lucha, al oir aquellas voces, y se lanzó á escape tras el desbocado palafren, con objeto de auxiliar á la doncella: Mandricardo no tardó en imitarle; y cesando en sus ataques contra Rugiero y Marfisa, voló en seguimiento de Rodomonte y Doralicia, sin pedir á sus adversarios tregua ó paz.

Entre tanto la guerrera se levantó del suelo, y ardiendo en iracunda saña, iba á vengarse de su afrenta, cuando echó de ver que su enemigo estaba harto lejos para alcanzarle. El inesperado fin de la pelea, no solo hizo suspirar á Rugiero, sino rugir como un leon herido: aumentaba su desesperacion el convencimiento de que con sus caballos no era posible dar alcance á Brida-de-oro ni á Frontino.

El jóven no hacia ánimo de renunciar al combate hasta que el rey de Argel le devolviera el caballo; la doncella, por su parte, no queria terminar aun su contienda con el Tártaro, por no haber probado su valor á su entera satisfaccion: dejar en suspenso la querella les parecia á ambos deshonroso; por lo cual resolvieron, de comun acuerdo, seguir las huellas de los que tanto les habian ofendido. Tenian la seguridad de encontrarlos en el campamento sarraceno, si antes no lograban hallarse de nuevo frente á frente, suponiendo que acudirian á él para hacer levantar el asedio antes de que el rey de Francia se apoderara de todo. Emprendieron, pues, la marcha hácia donde creian hallar otra vez á sus enemigos; pero entonces no se alejó Rugiero tan precipitadamente que se olvidara de despedirse de sus compañeros.