Acercóse al hermano de su adorada Bradamante, y se le ofreció como un verdadero amigo, lo mismo en la próspera que en la adversa fortuna; le suplicó despues, con la mayor galantería, que saludara en su nombre á su hermana, empleando para ello frases tan convenientes y oportunas que ni Riciardeto ni sus compañeros concibieron la menor sospecha. Dirigió el último adios á este jóven, á Viviano, á Malagigo y al herido Aldigiero, los cuales á su vez se manifestaron en extremo agradecidos á sus servicios, y le aseguraron que los tendria á su disposicion en cualquier parte que se hallasen.
Marfisa estaba tan deseosa de ir á Paris que se olvidó de despedirse de los amigos: así es que Malagigo y Viviano se vieron obligados á correr tras ella para poderla saludar desde lejos. Lo mismo hizo Riciardeto: tan solo Aldigiero no pudo imitarles por tenerle postrado su herida. Rodomonte y Mandricardo habian seguido ya el camino de Paris, y á la sazon lo emprendian Rugiero y Marfisa. En el otro canto os referiré, Señor, los hechos maravillosos y sobrehumanos que los cuatro guerreros de que os hablo llevaron á cabo con grave daño de los soldados de Carlo-Magno.
CANTO XXVII.
Los tres guerreros paganos y el valiente Rugiero obligan á Carlomagno á refugiarse en Paris.—Cunden las rencillas en el campamento africano, hasta tal extremo que el Rey se reconoce impotente para calmar los ánimos.—El rey de Argel, despechado al ver que su dama se ha decidido por Mandricardo, abandona el campamento.
La mayor parte de las determinaciones de las mujeres producen mejor resultado cuando son efecto del primer arranque de su viva imaginacion, que si son fruto de una reflexion detenida; lo cual no deja de ser un don especial con que, entre tantos y tantos, las ha favorecido pródigamente el Cielo: no sucede lo mismo con respecto á las decisiones de los hombres; pues suelen salirles mal cuando no las han meditado con madurez, cuando no han pesado detenidamente todas las circunstancias que pueden acompañarlas, ó no han empleado mucho tiempo y mucho estudio antes de ponerlas por obra.
En el primer momento pareció excelente la estratagema de Malagigo; mas desgraciadamente no fué así, por más que, como he dicho, se librara merced á ella de un inminente peligro su primo Riciardeto. Al evocar Malagigo al espíritu infernal, lo hizo con el objeto de alejar de aquel sitio á Rodomonte y al hijo del rey Agrican; pero no tuvo en cuenta que el demonio los conduciria á causar gran daño en el ejército cristiano. Si hubiese tenido tiempo para reflexionar en lo que iba á hacer, debe suponerse que habria podido salvar con la misma facilidad á su primo, sin causar el menor perjuicio á las tropas cristianas. ¿No podia haber ordenado al espíritu que se llevara á la doncella hácia Oriente ú Occidente, y alejarla tanto, que no se volvieran á tener noticias suyas en Francia? Sus amantes la habrian seguido hácia cualquier otro punto, lo mismo que la seguian hácia Paris; pero esta consideracion pasó desapercibida á Malagigo por causa de su precipitacion, y el Ángel rebelde arrojado del Cielo, ansioso siempre de estrago, sangre y ruina, emprendió el camino más á propósito para afligir á Carlomagno, por lo mismo que el mágico no le prescribió la direccion que debia seguir.
El palafren que tenia el demonio en el cuerpo, continuó llevándose á la aterrada Doralicia, sin que los rios, los fosos, los bosques, las lagunas, las montañas ni los precipicios fueran un obstáculo para detenerle en su desatentada carrera. Atravesó con ella del mismo modo por en medio de los campos francés é inglés, y por entre todas las tropas agrupadas en torno de la enseña de Cristo, y no paró hasta llegar á la tienda del rey de Granada, padre de Doralicia.
Rodomonte y el hijo de Agrican pudieron seguirla algun tiempo durante el primer dia, pues no dejaron de divisarla, aunque á lo lejos; pero de pronto la perdieron de vista, y entonces fueron en pos de sus huellas, como el sabueso acostumbrado á seguir el rastro de la liebre ó del cabritillo, y no cesaron de andar hasta que hubieron llegado al campo sarraceno, donde supieron que Doralicia estaba ya en poder de su padre.
¡Mucho cuidado necesitas ahora, oh Cárlos; pues se amontona tanta cólera sobre tí, que no sé cómo podrás librarte de ella! Y no solo debes precaverte de esos dos guerreros tan temibles, sino tambien del rey Gradasso, que avanza con Sacripante, dispuestos ambos á volver sus armas contra tí. Mientras tanto la veleidosa Fortuna, para aumentar tu martirio, te priva al mismo tiempo de las dos brillantes antorchas de ciencia y de valor, que hasta ahora te habian acompañado, dejándote sumido en las tinieblas más profundas. Me refiero á Orlando y á Reinaldo: el primero, enteramente loco y además furioso, vaga desnudo por montes y llanuras, soportando del mismo modo la lluvia, el frio y el calor: el segundo, cuyo juicio no está mucho más sano, se aleja de tí precisamente cuando su auxilio es más necesario, y camina á la ventura por ver si halla el menor vestigio de su adorada Angélica.