Recordareis que al principio de esta historia os dije, que un viejo y fementido encantador habia hecho creer á Reinaldo que Angélica huia con Orlando, y herido entonces su corazon por los celos más terribles que ha podido sentir amante alguno, se dirigió á Paris, en cuya ciudad le tocó por suerte el encargo de pasar á Bretaña en demanda de socorro. Terminada la batalla en que le correspondió el honor de haber encerrado á Agramante en su campo, regresó á Paris, y registró todos los conventos de monjas, las casas y recintos fortificados, siendo tan minuciosas sus pesquisas, que de seguro habria encontrado á su Angélica, como no estuviese emparedada. No viendo en ningun sitio á su amada ni á Orlando, prosiguió con nuevo ardor sus investigaciones por fuera de Paris.
Sospechó que su rival se la habria llevado á Anglante ó á Brava[24], donde estaria gozando tranquilamente de sus encantos entre fiestas y placeres, y marchó á uno y otro punto sin obtener mejor resultado. Volvió de nuevo á Paris, creyendo que no podria menos de encontrar al Paladin en el camino, porque su ausencia no dejaba de tener inconvenientes. Permaneció uno ó dos dias en aquella ciudad, y viendo que Orlando no llegaba, dirigióse otra vez á Anglante y á Brava, donde procuró adquirir noticias suyas; y cabalgando dia y noche, así en las frescas horas de la mañana, como en las ardientes del medio dia, lo mismo á la luz del Sol, que á la claridad de la Luna, recorrió el camino de Paris á dichas ciudades, no ya una, sino doscientas veces.
Entre tanto, el antiguo adversario del género humano, el que incitó á Eva á arrancar con mano culpable la manzana prohibida, fijó sobre Cárlos sus torvas miradas, un dia que el valiente Reinaldo se hallaba ausente; y viendo el estrago que en aquella ocasion podia causar en el pueblo cristiano, concitó contra él todos los guerreros más escogidos con que contaban los sarracenos. Inspiró á Gradasso y Sacripante, que caminaban juntos desde que salieron del palacio encantado de Atlante, la idea de acudir en auxilio del asediado monarca sarraceno, y destruir el ejército del emperador Cárlos, sirviéndoles de guia al través de países desconocidos, y haciendo de este modo más corto su viaje. Dió á otro de los demonios que estaban á sus órdenes el encargo de apresurar la marcha de Rodomonte y Mandricardo, siguiendo la ruta por donde su otro colega obligaba á ir al caballo de Doralicia. Envió además otro demonio para que Marfisa y Rugiero no permaneciesen ociosos; pero el que guió á estos dos guerreros, procuró refrenar sus corceles, haciendo de modo que llegaran al campamento con posterioridad á los otros. Por esta razon, Marfisa y Rugiero se presentaron á Agramante media hora despues que sus compañeros; pues queriendo el Ángel negro y astuto causar la mayor pesadumbre á los cristianos, hizo lo posible para impedir que la querella ocasionada por la posesion de Frontino se reprodujese, estorbando sus planes, como indudablemente se habria reproducido si hubiesen llegado Rugiero y Rodomonte al mismo tiempo.
Los cuatro primeros llegaron juntos á un sitio, desde el que podian reconocer perfectamente las posiciones del ejército opresor y del oprimido, y las banderas que ondeaban á merced del viento: celebraron consejo, y resolvieron de comun acuerdo auxiliar á Agramante, á pesar de Cárlos, y librarle del asedio que le tenia encerrado en su campamento. Formaron en seguida un grupo compacto, y penetraron en medio de los reales cristianos, gritando sin cesar: «¡África y España!» y presentándose arrogantemente como enemigos. Las tropas francesas empezaron á gritar á su vez: «¡A las armas, á las armas!» pero antes sintieron los terribles golpes de los moros, y una gran parte de la retaguardia huyó aun sin ser atacada, poseida de un terror pánico. El resto del ejército cristiano, puesto en conmocion, se desordenó sin saber la causa, que en concepto de muchos consistia en alguna disputa trabada entre suizos ó gascones, segun su costumbre; mas como para la mayor parte era todavía un misterio lo que pasaba, los soldados de cada nacion se fueron agrupando en torno de sus banderas, á los toques de los clarines ó los tambores, produciendo todo esto un estruendo que retumbaba en el Cielo.
El gran Emperador, completamente armado, aunque con la cabeza descubierta, estaba rodeado de sus paladines, y preguntaba en vano el motivo del desórden que observaba en su ejército: con aspecto amenazador, detuvo á los fugitivos, y vió con sorpresa que muchos estaban heridos en el rostro ó en el pecho, que acudian otros con la cabeza ó el cuello ensangrentados, y alguno con una mano ó un brazo menos. Avanzó algun tanto, y halló un considerable número de sus soldados tendidos en tierra, revolcándose horriblemente en un rojo lago de su propia sangre, y sin que nadie los auxiliara en su agonía: encontró el campo sembrado de cabezas, brazos y piernas separadas de los cuerpos, y en fin, por donde quiera que fué, observó estremecido los mismos estragos. El reducido grupo de los cuatro sarracenos, digno de eterna y explendente fama, habia dejado una memorable y sangrienta huella de su paso. Cárlos iba contemplando aquella espantosa carnicería, tan asombrado como lleno de ira y de despecho, semejante á aquel en cuya morada ha caido un rayo y va examinando con dolor todos los destrozos que ha hecho en su camino.
Acababa de llegar apenas este primer auxilio á los parapetos del campamento de Agramante, cuando por otro lado se presentó el animoso Rugiero en compañía de Marfisa. Despues de haber recorrido una ó dos veces con la vista la situacion de sitiados y sitiadores, y conocido cuál era el camino mas breve para socorrer al monarca sarraceno, embistieron con denuedo á los cristianos. Así como cuando se da fuego á una mina, la llama devoradora recorre el largo surco de la negra pólvora con una rapidez tal que la vista apenas puede seguirla, y se oye despues el estruendo producido por los muros ó peñascos al ser arrancados violentamente de su base, del mismo modo cayeron Rugiero y Marfisa sobre los franceses, produciendo igual estrépito en su embestida. Empezaron á dar tajos á diestro y siniestro, hendiendo cabezas y cortando brazos y hombros de cuantos no se apresuraban á dejarles el camino libre y expedito. El que haya observado el paso de una tormenta, que, mientras hace sentir sus destructores efectos en una parte de un valle ó de un monte, deja libre de ellos á la otra, podrá figurarse el paso de Rugiero y de Marfisa por el campamento cristiano.
Muchos de los que habian huido del furor de Rodomonte y sus tres compañeros, daban gracias á Dios por haberles concedido unas piernas tan ligeras; pero encontrándose luego por su desgracia con Rugiero y Marfisa, conocian, al ver su esperanza burlada, que el hombre, tanto si huye como si permanece firme, no es dueño de evitar su buen ó mal destino; pues el que se escapa de un peligro cae bien pronto en otro, y paga su merecido á costa de su cuerpo, pareciéndose entonces á la tímida zorra, que al sentirse sofocada por el humo y el fuego colocado por el cazador á la entrada de su madriguera, sale de ella con sus hijuelos esperando salvarse, y va á parar entre los dientes de los perros que la aguardan para despedazarla.
Marfisa y Rugiero, despues de atravesar el campo cristiano, llegaron ilesos al de los sarracenos, donde todos elevaron al Cielo sus ojos, dándole gracias por tan feliz acontecimiento. Desapareció como por encanto el temor que les infundian los paladines; el infiel más acobardado se mostraba ya dispuesto á combatir con un centenar de enemigos, y resolvieron unánimemente renovar las hostilidades sin dilacion alguna.
Pronto atronaron el espacio con sus bélicos sonidos las trompas, las bocinas y las chirimías moriscas; y se vieron tremolar á impulsos del viento las banderas y estandartes africanos. Los capitanes de Cárlos reunian tambien á los alemanes, britanos, franceses, italianos é ingleses, trabándose á los pocos momentos una pelea espantosa y sangrienta. La fuerza del terrible Rodomonte, la del furibundo Mandricardo, la del animoso Rugiero, modelo de bravura, la del rey Gradasso, tan famoso en el mundo, la de la intrépida Marfisa y la del rey de Circasia, que á nadie cedia en denuedo, obligaron al rey de Francia á implorar el favor de San Juan y San Dionisio, y á guarecerse bajo los muros de Paris.
El ardor invencible y la admirable actitud de estos caballeros y de Marfisa fueron tales, Señor, que no es posible imaginarlos, cuanto menos describirlos: por esto podreis suponer qué multitud tan inmensa de cristianos caeria bajo sus golpes, y cuán grande seria el descalabro que sufrió Cárlos. Ferragús y otros muchos caballeros moros corrieron á unirse con los vencedores. No bastando el puente para dar paso á todos los fugitivos, se precipitaron muchos de estos en el Sena, donde se ahogaron: otros varios, al verse amenazados de una muerte segura por delante y por detrás, hubieran deseado poseer las alas de Ícaro. Casi todos los paladines franceses cayeron prisioneros, excepto Ogiero y el marqués de Vienne, si bien el primero salió del combate con la cabeza rota, y el segundo herido en un hombro. Si Brandimarte hubiese abandonado á Paris, como Reinaldo y Orlando, Cárlos se habria visto obligado á huir de la ciudad, en el caso de que le fuera posible escapar con vida de tan gran incendio. Brandimarte hizo todo lo que estuvo en su mano; y cuando ya no pudo más, cedió ante el furioso ataque de los moros. La Fortuna sonrió á Agramante de tal suerte, que el monarca sarraceno volvió á sitiar de nuevo á Carlomagno en su misma capital.