Los gritos y los lamentos de las viudas, de los tiernos huérfanos y de los ancianos ciegos, se elevaron desde nuestra atmósfera sombría hasta las puras regiones celestiales en que reside Miguel, llamando su atencion hácia á los pueblos leales de Francia, de Inglaterra y de Alemania, cuyos cadáveres, abandonados, á la voracidad de los lobos y de los cuervos, cubrian la llanura. Enrojecióse el rostro del Ángel bienaventurado, al ver que el Creador habia sido tan mal obedecido, y se creyó engañado y vendido por la pérfida Discordia, quien, sin embargo de habérsele encargado reiteradamente que suscitara incesantes querellas entre los sarracenos, se veia claramente por la muestra que habia hecho todo lo contrario de lo que se le ordenara. Así como un criado fiel, más falto de memoria que de buena voluntad, al observar que ha olvidado un encargo que debia haber tenido tan en cuenta como su vida y su propia alma, procura diligente enmendar su falta, y no se atreve á presentarse ante la vista de su amo hasta haberla reparado, del mismo modo se negaba Miguel á remontarse hasta el sólio del Eterno, mientras no quedaran cumplidas sus órdenes.
Dirigióse con raudo vuelo al monasterio en que la otra vez habia hallado á la Discordia, y la vió sentada en medio de los monjes reunidos en capítulo para la eleccion de los prelados, contemplando con deleite cómo se arrojaban aquellos buenos padres los breviarios á la cabeza. Asióla el Ángel por los cabellos y le dió un sin número de golpes con las manos, con los piés y con el cuento de una cruz que le rompió en la cabeza y las costillas. La mísera prorumpió en estridentes gritos, pidiendo misericordia y abrazándose á las rodillas del divino mensajero, el cual no la dejó tomar aliento hasta verla dispuesta á volar al campamento del rey de África, diciéndole al marcharse: «Cuenta con otro castigo peor, si te veo un solo instante separada de los sarracenos.»
La Discordia, que habia salido con la cabeza y los brazos rotos, temiendo volver á sufrir aquellos rudos golpes, aquel furor tremendo, cogió presurosa los fuelles de que se servia para atizar su llama, y añadiendo nuevo pábulo á las hogueras cuyo fuego permanecia latente, encendió otra más terrible que comunicó en breve su voracidad á muchos corazones. De tal modo inflamó á Rodomonte, Mandricardo y Rugiero, que les obligó á acudir á la presencia de Agramante, aprovechando la oportunidad de que Cárlos se habia retirado y el campo quedaba por ellos. Expusieron al monarca africano sus mútuos resentimientos, así como las causas que los produjeron, y sometieron á la consideracion del Rey que decidiera cuáles de ellos habian de ser los primeros en combatir. Marfisa habló tambien de su cuestion con Mandricardo, manifestando que estaba resuelta á terminar su interrumpida pelea con él, que fué el primero en provocarla, y que no se hallaba dispuesta á tolerar ni un dia, ni una sola hora de retraso, para dar lugar á que los otros se batieran. En su consecuencia, dirigió las más vivas instancias á Agramante para que consintiera en su inmediata lucha con el Tártaro.
Rodomonte no se manifestaba menos decidido que ella á ser el primero en terminar con su rival la empresa que habia suspendido hasta entonces para socorrer á los sarracenos. Interrumpióle Rugiero diciendo, que no podia sufrir por más tiempo que Rodomonte estuviese en posesion de su caballo, ni que combatiera con otro antes que con él. Para agriar más la cuestion, adelantóse Mandricardo, y sostuvo que Rugiero no tenia el menor derecho para ostentar en su blason el águila blanca: arrastrado por su insensato furor, queria terminar á un tiempo sus tres contiendas, desafiando á la vez á todos sus contrincantes, y los habria atacado simultáneamente, si Agramante accediera á tal pretension.
El rey de África empleó toda clase de súplicas y reflexiones para reconciliarlos; pero viéndolos al fin sordos á su voz y firmes en su resolucion, paróse á discurrir el modo de ponerlos de acuerdo para que consintiesen en combatir uno tras otro, y por último adoptó como mejor partido el de fiarlo á la suerte. Hizo escribir sus nombres en cuatro papeletas: en una iban juntos los de Mandricardo y Rodomonte; en otra los de Rugiero y Mandricardo; en otra los de Rodomonte y Rugiero y finalmente, en la última, los de Marfisa y Mandricardo. Despues hizo sacar una de las papeletas al arbitrio de la voluble diosa: la primera que salió contenia los nombres del rey de Sarza y Mandricardo: la segunda, los de este y Rugiero: la tercera, los de Rugiero y Rodomonte, quedando en el fondo la en que estaban escritos los de Marfisa y Mandricardo; lo cual causó el mayor despecho á la doncella. Tampoco se mostró muy contento Rugiero, porque conocia demasiado el vigor de los dos primeros para presumir que saldrian tan mal parados de la pelea que se verian imposibilitados de luchar despues con él ó con Marfisa.
No lejos de Paris se extendia un terreno de una milla de circunferencia próximamente; estaba rodeado de un margen algun tanto elevado que hacia de él una especie de anfiteatro. En otro tiempo, existió allí un castillo, cuyos muros habian sido arruinados por medio del hierro y del fuego: en el camino de Parma á Borgo puede verse uno semejante á él. En dicho sitio se preparó el palenque, rodeándole de una estacada de mediana altura, y formando un recinto cuadrado á propósito para el objeto, con dos puertas bastante capaces, segun se acostumbraba.
Llegado el dia prefijado por el Rey para que se efectuara el desafío de los pertinaces adversarios, se levantaron á uno y otro extremo del palenque dos grandes pabellones cerca de la empalizada y al lado de las puertas. El pabellon que estaba hácia Poniente era el destinado al gigantesco rey de Argel: el audaz Ferragús y Sacripante le ayudaban á cubrirse con la piel escamosa de la serpiente. El rey Gradasso y el vigoroso Falsiron ocupaban la tienda que miraba á Levante, poniendo por sí mismos la armadura troyana al sucesor del rey Agrican. Los monarcas de África y de España estaban sentados en un palco anchuroso y elevado, y á su alrededor se agrupaban Estordilano y los principales capitanes del ejército sarraceno. Por dichosos podian tenerse los que lograban colocarse en alguna eminencia ó en la copa de un árbol, que les permitiera descubrir el sitio de la lucha. La muchedumbre que acudió á presenciarla era inmensa, apiñándose por todos lados en torno de la extensa empalizada. Acompañaban á la reina de Castilla otras muchas reinas, princesas y nobles damas de Aragon, de Sevilla y de Granada, y de las demás naciones que se extienden hasta las columnas de Hércules: entre ellas figuraba la hija del rey Estordilano, cuyo suntuoso traje estaba formado de dos telas: la una de un color de rosa, tan desvaido que casi habia perdido su matiz, y la otra verde. Marfisa vestia un traje adecuado á su doble carácter de mujer y de guerrera: el Termodonte[25] vió más de una vez en sus orillas á Hipólita y las amazonas adornadas de un modo semejante.
No tardó en presentarse en medio del palenque un heraldo, ostentando en su cota de armas la divisa del rey Agramante, y publicó en alta voz las leyes del combate; y la prohibicion impuesta á los espectadores de dar ninguna clase de señal ó auxilio á los campeones. La compacta muchedumbre esperaba impaciente la señal de la lucha, y se quejaba ya de la lentitud de los dos famosos caballeros, cuando de pronto se oyó en el pabellon de Mandricardo un gran rumor que iba creciendo por momentos. Sabed, Señor, que el rey de Sericania y el Tártaro eran los que lo producian. El primero habia armado ya completamente al segundo é iba á ceñirle la famosa espada que fué de Orlando, cuando leyó el nombre de Durindana, grabado en su empuñadura, y vió además en ella el blason usado por Almonte, á quien Orlando, muy jóven todavía, habia arrebatado aquella arma en Aspromonte. Examinóla con más detencion, y se cercioró de que era la misma del Señor de Anglante; la espada por cuya conquista se decidió á levantar el mayor y más excelente ejército que jamás saliera de los países orientales, con el cual habia subyugado el reino de Castilla y vencido á los franceses pocos años antes; pero por más que reflexionaba, no podia calcular cómo habia pasado á poder de Mandricardo.