Preguntóle dónde y cuándo habia adquirido aquel acero, y si se hallaba á la sazon en su poder por haberlo conquistado á la fuerza, ó mediante algun convenio hecho con el Conde; á lo cual respondió Mandricardo que, por apoderarse de él, habia sostenido un reñido combate con Orlando, y que el paladin se habia finjido loco, esperando de este modo encubrir el miedo de tener que luchar continuamente con él, mientras no le cediera su espada, imitando así al castor que se arranca sus órganos genitales, al verse hostigado por el cazador, por saber que su persecucion solo consiste en el deseo de apoderarse de tal presa.
Apenas oyó Gradasso semejante explicacion, cuando exclamó:
—No, no quiero cedértela ni á tí, ni á nadie: he consumido tanto oro, tanto afan, y tanta gente por alcanzar la posesion de esa arma, que no puede menos de pertenecerme con justo motivo. Procura proporcionarte otra espada: yo quiero esta, lo cual no debe asombrarte. Que Orlando esté loco ó cuerdo, poco me importa: hallo su espada, y me apodero de ella donde la encuentro. Tú la usurpaste en medio de un camino sin tener testigo alguno: yo espero obtenerla por medio de un combate. La cimitarra que empuño será mi última razon: vamos, pues, á decidir esta cuestion en la palestra. Antes de dirijir contra Rodomonte ese acero tan mal adquirido por tí, habrás de conquistarlo: es costumbre antigua la de comprar las armas de uno ú otro modo antes de utilizarlas en la batalla.
—No hay melodía tan grata á mis oidos, replicó el Tártaro, irguiendo soberbio la cabeza, como la voz del que me provoca al combate; pero haz de modo que Rodomonte consienta en el que me propones; procura que te ceda la preferencia que le corresponde para pelear conmigo, y no temas verme rehusar tu reto ni el de cuantos se presenten.
Rugiero exclamó entonces:
—Jamás consentiré en que se falte á lo acordado, ni en que se altere el órden establecido para los combates. Ó Rodomonte entra primero en la liza, ó habrá de acceder á batirse despues que yo. Si prevalece la razon alegada por Gradasso, de que es forzoso adquirir las armas antes de servirse de ellas, tampoco debes usar tú el águila blanca de mi blason mientras no la hayas ganado: pero ya que consentí en someterme á la decision de la suerte, no quiero apelar de mi sentencia: sea el rey de Argel el primero en combatir, y yo el segundo. Como llegueis á trastornar en parte el órden prefijado, os prometo que yo lo he de trastornar por completo; pues no puedo consentir en que sigas haciendo uso de mi blason, si en este momento no me lo disputas con las armas en la mano.
—Aun cuando cada uno de vosotros fuese el mismo Marte, repuso Mandricardo arrebatado por la cólera, ni el uno seria capaz de arrancarme la espada, ni el otro el blason.
Y ciego de furor, lanzóse con los puños cerrados sobre el rey de Sericania, y le descargó tan tremenda puñada en la mano derecha, que le hizo soltar á Durindana. No creyendo Gradasso que el Tártaro tuviese tan loca temeridad, quedó sorprendido un momento ante tan brusco ataque, y Mandricardo se aprovechó de su estupor para recobrar el disputado acero. Repuesto Gradasso de su sorpresa, sintió la más viva indignacion al verse afrontado de aquella manera, y sobre todo en un sitio tan público, que era lo que más le afligia y le irritaba: se hizo atrás, ardiendo en deseos de venganza, y desenvainó su cimitarra. Mandricardo confiaba tanto en sus fuerzas, que no solo se preparó á empezar aquella lucha, sino que desafió tambien á Rugiero.
—Venid contra mí los dos juntos, les decia, y venga tambien Rodomonte, y la España, y el África, y el género humano; que yo no dejaré nunca de hacer frente.