Diciendo estas palabras, el indomable sarraceno esgrimia en todas direcciones la espada de Almonte, embrazaba el escudo, é insultaba, desdeñoso y soberbio, lo mismo á Rugiero que á Gradasso.
—Déjame el cuidado, decia á éste el rey de Sericania, de curar por mí solo á ese loco.
—¡No he de consentirlo, vive Dios! exclamaba Rugiero; á mí me toca castigarle: retírate; déjame solo con él.
Y continuaban ambos disputando de esta suerte, mientras atacaban á su adversario. Tan desigual combate hubiera tenido un fin trágico, á no haberse interpuesto entre los tres adversarios algunos guerreros con demasiada impremeditacion; pues se vieron expuestos á saber por experiencia lo que cuesta la pretension de salvar á los otros con peligro propio; y sin embargo, aunque hubiera acudido el mundo entero, no lograria contenerlos, si no se hubiese presentado el hijo del famoso Trojano con el rey de España, ante los cuales todos dieron muestras de reverencia y de respeto.
El rey Agramante hizo que le explicaran la causa de aquella nueva y encarnizada lucha, y despues de muchos esfuerzos, logró que Gradasso consintiese en ceder á Mandricardo la espada de Héctor por aquel dia solamente y hasta que terminase la contienda que tenia pendiente con Rodomonte. Mientras Agramante procuraba apaciguarlos, dirigiendo tanto á unos como á otros todo género de reflexiones, se oyó en el otro pabellon el rumor de una querella suscitada entre Rodomonte y Sacripante.
El rey de Circasia, segun he dicho antes, ayudaba á Rodomonte á cubrirse con las armas de su antepasado Nemrod, en cuya operacion le auxiliaba Ferragús. Aproximáronse despues al sitio en que, tascando el rico freno y llenándolo de espuma, se hallaba Frontino, aquel caballo cuya usurpacion tenia tan indignado á Rugiero. Sacripante, que servia de padrino al rey de Argel, empezó á examinar cuidadosamente si el caballo estaba bien herrado, bien ensillado, y en una palabra, dispuesto como era de rigor para la lucha que se preparaba. Fijándose con más atencion en sus miembros esbeltos y proporcionados y en ciertas señales particulares, conoció, sin que le cupiera ningun género de duda, que aquel corcel era su Frontalate[26], á quien habia tenido en tanta estima, y por el que hubo de sostener mil cuestiones: su pérdida le afligió hasta el extremo de que, durante mucho tiempo, no quiso caminar sino á pié. Brunel habia tenido la destreza de quitársele de debajo en Albracca, el mismo dia en que robó á Angélica el anillo, al conde Orlando su Balisarda y su trompa, y su espada á Marfisa; y cuando el bribon regresó á África, regaló á Rugiero la espada Balisarda juntamente con el caballo, al que el jóven guerrero puso despues el nombre de Frontino.
Cuando el rey de Circasia estuvo seguro de que no se equivocaba, dirigióse al de Argel, diciéndole:
—¿Sabes, señor, que ese caballo es mio? Es el mismo que me robaron en Albracca, segun podrian atestiguar muchas personas; pero como todas se hallan muy lejos de nosotros, si acaso hubiere alguno que se atreviera á contradecirme, le probaria la verdad de mi aserto con las armas en la mano. Accedo gustoso, en atencion á la intimidad que en estos últimos dias ha reinado entre nosotros, á que hagas hoy uso de mi caballo pues bien veo que no podrias pasar sin él; pero ha de ser bajo la condicion de declarar que me pertenece, y que te lo he prestado: de otro modo, no pienses montar en él, á no ser que quieras disputarme su posesion por medio de las armas.
Rodomonte, el más orgulloso de cuantos caballeros han ceñido espada, y tambien, en mi concepto, el más fuerte y valeroso de cuantos héroes han existido en la antigüedad, respondió: