CANTO XLV.
Leon libra de la muerte á Rugiero, que habia sido encarcelado.—Rugiero, encubierto con la armadura del príncipe griego y ostentando el blason de este, vence en combate singular á Bradamante; el dolor y la angustia que le produce su victoria, le inducen á atentar contra su vida.—Marfisa emplea todos los medios imaginables para estorbar el matrimonio de Bradamante con Leon.
Cuanto más alto veais al mísero mortal en la inestable rueda de la Fortuna, tanto más rápidamente le vereis con la cabeza donde antes tenia los piés, dando una espantosa caida. Tenemos repetidos ejemplos de esta verdad en Polícrato[182], el rey de Lidia[183], Dionisio[184], y otros cuyos nombres creo inútil recordar, los cuales cayeron desde la cúspide de la grandeza y poderío en la miseria más extremada. En cambio, cuanto más deprimido, cuanto más humillado se encuentra el hombre en la parte inferior de la rueda, tanto más cerca se ve de su punto culminante, si aquella da una vuelta completa; y más de uno que casi tenia la cabeza metida en un cepo, al dia siguiente ha dictado leyes al mundo. Servio[185], Mario[186] y Ventidio[187] nos han ofrecido una prueba de esto en los tiempos antiguos, y el rey Luis en el nuestro[188]. Este monarca, suegro del hijo del Duque mi señor, despues de haber sido derrotado en Saint-Aubin y de caer en las garras de su enemigo, estuvo á punto de perder la cabeza: el gran Matias Corvino[189] corrió poco antes un peligro mucho mayor, y sin embargo, el uno subió al trono de Francia, y el otro fué coronado rey de Hungría. Los numerosos ejemplos de que están llenas las historias antiguas y modernas, nos hacen ver que la desgracia va siempre en pos de la prosperidad y vice-versa, que la gloria y el baldon se suceden alternativamente y que el hombre no debe confiar jamás en sus riquezas, en sus estados, ni en sus victorias; pero tampoco debe abatirse por los reveses de la Fortuna, cuya rueda está siempre dando vueltas.
Era tal la confianza que Rugiero tenia en su valor y su fortuna despues de la victoria alcanzada sobre Leon y el emperador Constantino, que se creia capaz de dar la muerte al padre y al hijo, acometiéndolos él solo, sin compañía ni auxilio de ninguna clase, aunque les rodearan cien escuadrones armados. Pero la veleidosa deidad que no quiere que nadie confie en ella, le demostró en pocos dias con cuánta facilidad ensalza á los hombres ó los precipita en el abismo, con qué rapidez se convierte de amiga en adversa. Para hacérselo conocer así, se valió del caballero que en la terrible batalla habia tenido no poco trabajo en escapar de sus manos, el cual acudió presuroso á procurarle disgustos y penalidades, haciendo saber á Ungiardo que el guerrero que derrotó y aniquiló para muchos años las huestes de Constantino, se encontraba aquel dia en la ciudad, donde pernoctaría seguramente, y que, aprovechando una ocasion tan propicia, seria fácil aprisionarle sin trabajo ni riesgo alguno, con lo cual se hallaria el Emperador en disposicion de subyugar fácilmente á los búlgaros.
Ungiardo habia sabido por los fugitivos que en gran número acudieron á refugiarse en su ciudad, por no haber podido todos pasar el puente, las circunstancias de aquella matanza en la que habian perecido la mitad de los griegos á manos de un caballero, cuyo solo esfuerzo derrotó un ejército y salvó á otro. No pudo menos de asombrarse al oir que él mismo habia ido á caer en la red sin que nadie le persiguiera, y demostró en su rostro y sus palabras la complacencia que le causaba aquella noticia. Aprovechando el momento en que Rugiero estaba durmiendo sin la menor desconfianza, envió algunas de sus gentes, que con todo sigilo y cautela le sorprendieron en el lecho, y se apoderaron fácilmente de él.
Descubierto Rugiero por su propio escudo, quedó en la ciudad de Novengrado prisionero de Ungiardo, hombre cruelísimo, á quien regocijó lo que no es decible tan cobarde hazaña. ¿Qué resistencia podia oponer Rugiero, desnudo y desarmado, cuando al despertar se vió cargado de cadenas? Ungiardo despachó inmediatamente un correo á caballo, participando á Constantino tan feliz nueva. El Emperador se habia alejado la noche precedente de las orillas del Save con todo su ejército, retirándose con él á la ciudad de Beltek, que pertenecia á su cuñado Andrófilo, padre del jóven príncipe cuyas armas habia atravesado, cual si fuesen de cera, la lanza del gallardo caballero, cautivo á la sazon de Ungiardo. Constantino hacia fortificar los muros y reparar las puertas de aquella ciudad por temor de que los búlgaros, guiados por un guerrero tan valiente, le causaran otra cosa peor que miedo, y concluyeran de aniquilar el resto de sus tropas; pero al tener noticia de la prision del caballero, rehízose su ánimo hasta el punto de no temer ya á sus enemigos, aun cuando les hubiese auxiliado el mundo entero.
Fué tal el júbilo que inundó el corazon del Emperador, que no sabia lo que se hacia.—«Derrotaremos á los búlgaros,»—exclamaba con acento alegre y con la más completa conviccion: y así como el campeon que en un combate ha cortado los dos brazos á su adversario, puede dar por segura la victoria, tan cierto estaba el Emperador de la suya, luego que supo el encarcelamiento de Rugiero. No tenia Leon menos motivos de alegría que su padre; pues además de lisonjearse con la esperanza de recobrar á Belgrado y hacerse dueño de todo el país de los búlgaros, habia formado el propósito de captarse la amistad del guerrero por medio de beneficios sin cuento, é inducirle á que militara bajo sus banderas. Si lo conseguia, no envidiaria ya á Carlomagno, que contaba con paladines tan famosos como Reinaldo y Orlando.
Muy distintos á los de Leon eran los deseos de Teodora, á cuyo hijo habia dado muerte Rugiero pasándole de parte á parte con su lanza. Corrió á arrojarse á los piés de Constantino, de quien era hermana, derramando copiosas lágrimas que iban á caer en su seno, merced á las cuales consiguió atraerse el corazon del monarca, enterneciéndole y excitando en él una profunda compasion.