Pronto quedó el campo sembrado de cabezas, piernas, brazos, manos y troncos; la sangre de los muertos, formando un espantoso arroyo, corria hasta el valle. Al ver tan descomunales tajos, no hubo un solo griego que se atreviera á contrastarlos: aterrados estos, dejaron de oponer resistencia, de suerte que en breve cambió la faz del combate; pues cobrando nuevo ardimiento el búlgaro fugitivo, hizo frente á su enemigo, empezó á perseguirle con denuedo, y en un momento rompió sus apiñados escuadrones é hizo emprender la fuga á todas sus banderas.

Leon Augusto se habia retirado á una eminencia, al ver la desordenada huida de los suyos: triste y consternado contemplaba desde aquella altura que dominaba todo el campo, al guerrero que hacia morder el polvo á tanta gente y que era capaz él solo de exterminar á todo su ejército: á pesar del gran daño que le causaba, no podia menos de admirar su valor y elogiar sus ínclitas proezas. Por la divisa, la sobrevesta y la brillante armadura con ricos adornos de oro, que llevaba aquel guerrero, conocia fácilmente que no era búlgaro, á pesar del generoso auxilio que les prestaba. No se cansaba de contemplar atónito sus hechos de armas sobrehumanos, llegando á ocurrírsele que tal vez seria un ángel exterminador bajado del Cielo para castigar á los griegos por los pecados con que tantas y tantas veces habian ofendido al Eterno.

Como Leon abrigaba un corazon magnánimo y sublime, quedó tan prendado de aquel campeon, á quien otros muchos en su caso habrian cobrado ódio, que deseaba verle salir ileso del combate; y tanto era así, que hubiera preferido perder, no ya uno, sino seis de sus soldados, y hasta una parte de su reino, antes que presenciar la muerte de tan digno caballero.

Así como el tierno niño á quien su enojada madre castiga y aleja de sí, no va á buscar un refugio al lado de su hermana ó de su padre, sino que vuelve á buscar á la que le castigó, abrazándola dulcemente, así tambien Leon no podia sentir ódio alguno hácia Rugiero, por más que hubiese esterminado su vanguardia, y amenazara con la misma suerte al resto del ejército, porque el increible valor de audaz guerrero excitaba en su alma más afecto que ódio.

Mas si Leon admiraba y queria ya á Rugiero, creo que no obtendrá la misma favorable correspondencia; porque el bravo Paladin le odiaba con toda su alma, y su único deseo era el de darle la muerte por su mano. Le fué buscando con insistencia por todas partes, preguntando á muchos dónde podria encontrarle; pero la buena estrella y la prudencia del príncipe griego impidieron que se hallase con él frente á frente. Leon mandó tocar retirada para evitar el total exterminio de sus huestes, y ordenó que un mensajero partiera á todo escape á rogar al Emperador que emprendiese á su vez la retirada y repasara el rio, asegurándole que podia darse por muy satisfecho si no se lo estorbaban: mientras tanto, él, con las escasas tropas que consiguió reunir, volvió al puente por donde habia pasado el Save. Fueron innumerables los griegos que perecieron á manos de los búlgaros en el monte y en el rio; é indudablemente habrian perecido todos, á no haber pasado á la orilla opuesta del rio, cuyas aguas les protegieron en su derrota. Muchos soldados cayeron precipitados desde los puentes y se ahogaron: otros muchos corrieron durante largo tiempo buscando un vado, sin atreverse á volver la vista atrás, y muchos tambien cayeron prisioneros y fueron conducidos á Belgrado.

Terminada de este modo aquella batalla, que hubiera sido funesta para los búlgaros despues de la muerte de su rey, si no hubiese vencido por ellos el animoso guerrero que llevaba pintado en su rojo escudo el unicornio blanco, se apresuraron los vencedores á mostrarle su inmensa gratitud por aquella victoria, que á él tan solo debian, segun se complacian en reconocer. Unos le saludaban, otros se inclinaban reverentemente al llegar junto á él; estos le besaban la mano, aquellos el pié; considerándose muy dichosos los que podian verle de cerca, y más aun los que lograban tocarle, por creer que tocaban una cosa divina y sobrenatural. Por último, en medio de entusiastas aclamaciones le suplicaron unánimes que accediera á ser su rey, su capitan, su guia.

Rugiero les respondió que seria su rey y su capitan, ó lo que ellos quisieran; pero que aquel dia se negaba á empuñar el cetro ó el baston de mando, y hasta á descansar en Belgrado, porque queria perseguir á Leon antes de que se alejara más y consiguiera vadear el rio, y no cesar en su persecucion hasta conseguir alcanzarle y darle muerte; pues con este solo objeto habia hecho un viaje de más de mil millas, y no por otra causa. Sin esperar á más, separóse del grupo que le rodeaba, y se dirigió por el camino que, segun informes, atravesaba Leon volando, por miedo tal vez de que le cortaran la retirada. Era tal el ardor con que siguió las huellas de su rival, que ni siquiera se detuvo á llamar ni á esperar á su escudero.

Leon le llevaba tanta ventaja en su huida (pues de tal puede calificarse aquella confusa retirada), que encontró el paso libre y expedito, rompiendo en seguida el puente é incendiando las naves. Cuando llegó Rugiero, ya habia ocultado el Sol sus rayos; y no encontrando un albergue donde recogerse, siguió adelante, caminando á la débil claridad de la Luna, sin hallar á su paso ciudad ni castillo alguno. Ignorando á donde dirigirse para buscar un asilo, prosiguió durante la noche su marcha, sin apearse un solo momento del caballo, hasta que al despuntar la nueva aurora, vió por fin á la izquierda una ciudad, en donde se propuso permanecer todo el dia, con objeto de conceder algun descanso á Frontino que tantas millas habia andado la noche anterior sin detenerse un momento ni verse libre de la brida.

Uno de los súbditos más queridos de Constantino, llamado Ungiardo, era el gobernador de aquella ciudad, de la cual habia sacado el Emperador, con motivo de la guerra, un número considerable de peones y ginetes. Hallando libre la entrada, penetró Rugiero en la ciudad, en la que le hicieron tan favorable acogida, que consideró innecesario seguir adelante para buscar un sitio mejor ni más abundante. Hácia la tarde alojóse en la misma posada que él un caballero de Rumanía, que se habia encontrado en la terrible batalla cuando Rugiero tomó parte en ella á favor de los búlgaros: aquel caballero pudo escapar milagrosamente de las manos del prometido de Bradamante; pero tan aterrado, que aun se sentia estremecido de espanto, pareciéndole ver por todas partes al caballero del unicornio.

Apenas vió el escudo, conoció al guerrero que usaba aquella divisa, el mismo que derrotó á los griegos y á cuyas manos pereció tanta gente. Inmediatamente se dirigió corriendo al palacio del gobernador, solicitando una audiencia para revelarle una cosa de la más alta importancia, é introducido á presencia de Ungiardo, le dijo cuanto me reservo para el canto siguiente.