Cual se suele ver en las barreras un caballo árabe, esperando fogoso la señal de las carreras, y que en su impaciencia no cesa de piafar, hinchando las narices y enderezando las orejas, así tambien la animosa doncella, muy ajena de presumir que su adversario fuese Rugiero, aguardaba con una febril impaciencia la señal del combate, no pudiendo permanecer tranquila en ningun lado y sintiendo circular por sus venas un fuego abrasador. Así como, despues de oirse el estampido del trueno, se levanta repentinamente un viento furioso, que agita el mar hasta en sus más profundas capas y levanta en un momento torbellinos de polvo que llegan hasta el Cielo, haciendo que las fieras se dispersen por los bosques, que el pastor busque un refugio con sus ganados, y que el aire se resuelva en lluvia y en granizo, con un furor igual empuñó Bradamante la espada y acometió á su Rugiero, apenas se dejó oir la señal deseada. Pero no oponen mayor resistencia al impetuoso soplo de Bóreas el roble secular, ó el macizo muro de una sólida torre; no contrasta con más vigor los embates de las procelosas olas un duro escollo, á quien azotan por todas partes dia y noche con espantoso fragor, como resistió Rugiero, resguardado por la impenetrable armadura que Vulcano dió en otro tiempo al troyano Héctor, á los furibundos golpes que el ódio y la cólera de Bradamante hacia llover cual desatada tempestad sobre sus costados, su pecho ó su cabeza.

Tan pronto daba tajos como estocadas la doncella; todos sus conatos se cifraban en introducir la punta de la espada por entre las junturas de la armadura, de modo que su cólera quedase satisfecha. Ora le atacaba por un lado; ora por otro; girando aquí y allí, y consumiéndose de despecho y de impaciencia, al ver que sus golpes no producian efecto alguno. Así como el que asedia una ciudad de gruesas murallas y sólidos baluartes, multiplica sus asaltos, y se esfuerza en echar abajo las puertas ó las altas torres, ó en cegar los fosos, y prodiga estérilmente las vidas de sus soldados, sin encontrar un medio para abrirse paso, así tambien Bradamante se afanaba y se deshacia en inútiles esfuerzos, sin poder romper malla ni coraza, á pesar de los innumerables tajos y reveses que descargaba sobre los brazos, la cabeza y el pecho de Rugiero, haciendo saltar millares de chispas del escudo, del almete ó de la coraza del guerrero á los impulsos de sus golpes, más espesos que el granizo que cae con sonoroso estrépito sobre los tejados de las casas.

Rugiero se mantenia siempre en guardia, limitándose á defenderse con gran destreza y absteniéndose de ofender á su amada; deteníase, retrocedia, daba vueltas, y su mano seguia el movimiento de sus piés. Tan pronto oponia el escudo como la espada á los tajos de la mano enemiga, procurando no atacarla á su vez, ó si lo hacia, era de modo que no pudiese ofenderla en lo más mínimo. Bradamante ardia en deseos de terminar aquella lucha antes de que expirase el dia, pues recordaba las condiciones del bando, y preveia el peligro que la amenazaba, si no se daba prisa; veíase expuesta á quedar en poder del aspirante á su mano, si no le hacia prisionero ó le arrancaba la vida.

Ya el Sol, próximo á sumergir su cabeza en el mar, se acercaba á los límites de Alcides, cuando la guerrera empezó á desconfiar de sus fuerzas y á perder la esperanza. A medida que esta le iba faltando, redoblaba su ódio y multiplicaba sus golpes, anhelando vivamente romper aquellas armas que habian resistido todo un dia á su furioso ímpetu, semejante al obrero que habiendo descuidado el trabajo del dia, al ver que la noche se aproxima, se apresura en vano, se fatiga y rinde, hasta que le faltan á un mismo tiempo la luz y las fuerzas.

¡Oh desdichada doncella! ¡Si conocieras al que deseas inmolar! ¡Si supieses que es Rugiero, de cuya vida depende la tuya, pronto volverias contra tí misma el acero que dirijes contra su pecho! ¡Harto me consta que su existencia te es más querida que la tuya propia, y cuando conozcas que tu adversario ha sido Rugiero, sé muy bien que te arrepentirás de la lucha que con él has sostenido!

Cárlos y cuantos le rodeaban, persuadidos de que el contendiente de la doncella era Leon y no Rugiero, al ver que era tan fuerte y ágil en el manejo de las armas como la misma Bradamante, admiraban la destreza con que sabia defenderse sin ofenderla, y modificando sus ideas, exclamaron:—«No hay duda de que se convienen mútuamente, y son dignos uno de otro.»

Cuando Febo desapareció enteramente en el mar, el Emperador mandó suspender el combate, y declaró que Bradamante estaba obligada á aceptar á Leon por esposo, sin excusa de ningun género. Rugiero volvió entonces presuroso al pabellon en donde le esperaba el Príncipe, cabalgando en un caballo de mezquina apariencia, sin descansar un solo instante, sin quitarse el yelmo ni aligerarse de sus armas. Leon le estrechó repetidas veces entre sus brazos con demostraciones de un cariño fraternal, y despojándole despues de su yelmo, le besó en el rostro con grande amor.

—Quiero, le dijo, que de hoy en adelante dispongas de mí á tu albedrío; mi persona, mis bienes, mis estados, todo queda desde hoy á tu disposicion. Nunca podré remunerarte dignamente el inmenso favor que acabas de prestarme, y aunque ciñera á tu cabeza mi propia corona, tampoco quedarias suficientemente recompensado.

Rugiero, agobiado por una pesadumbre indecible y aborreciendo la vida, contestó algunas palabras entrecortadas, y se apresuró á devolver al Príncipe su traje y enseñas, tomando otra vez su blanco unicornio: en seguida, suponiéndose cansado y débil, alejóse lo más pronto que pudo, y se retiró á su alojamiento. Hácia la mitad de la noche, armóse de piés á cabeza, ensilló su corcel, se colocó en él de un salto, y se puso en marcha dejando á Frontino que siguiera el camino que mejor le pareciese, sin llevar un solo escudero en su compañía ni ser oido de nadie. Frontino fué caminando á la ventura, y llevó á su amo tan pronto por caminos rectos como por senderos extraviados, unas veces por los bosques y otras por las campiñas, mientras el desventurado jóven no daba tregua á su llanto, llamando á la muerte, cuya presencia deseaba para calmar su obstinado quebranto: la muerte le parecia el único medio de acabar con su insoportable martirio.

—¡Ay de mi! exclamaba. ¿A quién debo acusar de haberme arrebatado á un tiempo mi bien y mi esperanza? ¡Ah! Si no deseo vengar mi injuria, ¿contra quién he de volverme? ¡Nadie, nadie más que yo me ha ofendido y sepultado en condicion tan miserable! Preciso es, pues, que me vengue de mí contra mí mismo, puesto que soy el único culpable. Y si tan solo me hubiera perjudicado á mí, tal vez podria perdonarme aunque con dificultad mi propia falta, ó más bien, quizás me perdonaría contra mi voluntad; pero ¿acaso me será posible hacerlo, cuando he causado á mi amada una injuria igual á la mia? Aun cuando llegara yo mismo á perdonarme, no es justo que deje á Bradamante sin venganza. Para vengarla, pues, debo y quiero morir, sin que me pese abandonar la vida; pues la única cosa que puede librarme de mis tormentos es la muerte. Lo que más me desespera es no haber perecido antes de ofender á mi amada. ¡Oh! ¡Cuán feliz habria sido expirando en el calabozo en que me tuvo la cruel Teodora! Aunque para matarme hubiese empleado los tormentos que le inspiraba su misma crueldad, me habria quedado al menos el consuelo de esperar que Bradamante recibiria la noticia de mi muerte con lágrimas de compasion. Pero cuando sepa que he pospuesto su aprecio al de Leon, y que me he desprendido de mi propia voluntad para entregarla en sus manos, tendrá razon en odiarme muerto ó vivo.