Exhalando estas y otras muchas tristes quejas, acompañadas de frecuentes suspiros y sollozos, se encontró al amanecer en un paraje inculto y solitario, situado entre oscuros bosques; y como su desesperacion le incitaba al suicidio, y deseaba morir oculto é ignorado, le pareció aquel paraje el más á propósito y mejor dispuesto para llevar á cabo tan criminal designio. Penetró en el bosque sombrío, por donde vió más espesas las umbrosas ramas y más intrincada la maleza; pero antes abandonó á Frontino, quitándole el freno y la rienda, y dejándole en completa libertad.

—¡Oh mi noble corcel! le dijo: si me fuera dado recompensar dignamente tus merecimientos, tendrias muy poco que envidiar á aquel palafren que se remontó al Cielo y está colocado entre las estrellas[190]. Ni Cilario[191], ni Arion[192], ni cuantos caballos mencionan en sus obras los escritores griegos y latinos, fueron mejores que tú, ni se hicieron acreedores á más alabanzas: si acaso llegaron á igualarte en bondad, sé que ninguno puede envanecerse de haber disfrutado la honra y prez que tú has tenido; pues te quiso y te cuidó con tanto cariño la más bella, valerosa y gentil de las mujeres, que ella misma te alimentaba por su mano, y por su mano tambien te colocaba el freno y la silla. Entonces eras grato para mi dama: ¡ah! ¿Por qué he de insistir en llamarla mia, si ya no me pertenece; si la he entregado en manos de otro? ¡Ay de mí! ¿Por qué tardo en volver la punta de esta espada contra mi pecho?

Si Rugiero se afligia y atormentaba en el bosque, moviendo á compasion á las fieras y á las aves, únicos seres animados que podian escuchar sus querellas y ver el llanto que iba cayendo, cual copiosa lluvia, en su pecho, no debeis figuraros que Bradamante se encontraba más tranquila en París, cuando vió que ya no podia alegar ninguna excusa para enlazarse con el Príncipe de Grecia ó dilatar por lo menos aquella union aborrecida. Antes que aceptar otro esposo que no fuese Rugiero, estaba resuelta á todo: á faltar á su palabra; á arrostrar la malevolencia del Emperador, de toda la corte, de sus parientes y de sus amigos; y cuando ya no le quedara otro recurso, á darse la muerte con la espada ó con el veneno. Preferia morir, á arrastrar una vida angustiosa separada de su amante.

—¡Ay, Rugiero mio! exclamaba; ¿dónde te encuentras? ¿Será posible que te halles tan distante de mí, que no hayas tenido noticia del bando de Carlomagno, conocido de todo el orbe, y de tí solo ignorado? Estoy segura de que si hubiera llegado á tus oidos, nadie se habria presentado á aceptar el reto tan pronto como tú. ¡Ay, infeliz de mí! ¿Qué otra cosa debo pensar como no sean sucesos funestos? ¿Será acaso posible, Rugiero mio, que únicamente tú no hayas oido lo que ha llegado á noticia de todo el mundo? Si estás informado de ello, y no has acudido volando, forzosamente debes de haber muerto ó hallarte cautivo. ¡Oh! ¡Quién supiese la verdad! Tal vez ese hijo de Constantino te habrá tendido algun lazo, ó interceptado traidoramente la via, á fin de impedir que llegaras aquí antes que él. Impetré de Carlomagno la gracia de que se negara á conceder mi mano á todo caballero cuya fortaleza fuese inferior á la mia, creyendo que tú serias el único á quien yo no pudiera resistir con las armas en la mano. A nadie concedia tanto valor y pujanza como á tí: Dios ha castigado mi audacia, haciéndome caer en poder de un hombre que no ha llevado á cabo en toda su vida una sola accion honrosa. ¿Pero deberé someterme por no haber podido matar á mi adversario ni obligarle á rendirse? No, no: seria una injusticia, y no estoy dispuesta á resignarme á ella, ni á acatar la resolucion del Emperador. Sé que todo el mundo me acusará de inconstancia, si me niego á cumplir lo prometido; pero no seré la primera ni la última que haya parecido ó parezca inconstante. Me basta con tener la firmeza de una roca para guardar á mi amante la fidelidad debida, y con aventajar en constancia á las damas más famosas de los tiempos antiguos y modernos. Que me tachen de inconstante en cuanto á lo demás, poco me importa, con tal que la inconstancia redunde en mi beneficio; y aunque todo el mundo me crea más voluble que una hoja, no me dará cuidado alguno, si logro romper mi proyectado enlace con Leon.

Bradamante pasó toda la noche que siguió al dia tan infausto para ella, profiriendo tristes querellas, interrumpidas frecuentemente por los suspiros y las lágrimas; pero tan luego como el dios de la Noche se retiró á las grutas cimerias[193] acompañado de las sombras, el Cielo, cuyos decretos eternos habian dispuesto la union de Bradamante con Rugiero, acudió en auxilio de la doncella.

A la mañana siguiente se presentó la arrogante Marfisa al Emperador, protestando contra la grave falta que se habia cometido con su hermano, y declarando que no estaba dispuesta á tolerar que se le arrebatara tan arbitrariamente su esposa sin decirle una palabra. Añadió que fácilmente podria probar que Bradamante era mujer de Rugiero, como se lo probaria, antes que á nadie, á la misma guerrera, si se atreviese á negarlo; pues habia dicho á Rugiero en su presencia las solemnes palabras que forman el verdadero vínculo del matrimonio, y ambos estaban comprometidos de tal modo que ya no eran dueños de sí mismos ni podian uno ú otro aceptar desde entonces otro yugo.

Ignoro si Marfisa decia ó no la verdad; pero lo que sí me atrevo á asegurar es que el deseo de impedir, con razon ó sin ella, el enlace de Leon, le dictaba estas palabras, más bien que el propósito de decir la verdad, y aun estoy tentado á creer que dió aquel paso de acuerdo con Bradamante, que no hallaba otro medio más digno ni expedito de alejar á Leon y recobrar á Rugiero.

Sorprendido el monarca al oir semejante protesta, mandó llamar en el acto á Bradamante, y en presencia del duque Amon le repitió lo que Marfisa habia ofrecido probar.

La doncella escuchó las palabras de Carlomagno, con la cabeza baja, confusa, y sin afirmar ni negar nada, demostrando claramente en su actitud que Marfisa habia dicho la verdad. Tanto Reinaldo como el señor de Anglante oyeron alborozados las afirmaciones de la hermana de Rugiero, que podrian ser causa de que no siguiese adelante la alianza proyectada, y que Leon suponia como cosa resuelta. Merced á ellas Rugiero llegaria á ser dueño de Bradamante, á pesar de la obstinacion del anciano Duque, sin necesidad de apelar á nuevas cuestiones, ó de emplear la violencia para arrancarla del poder de su padre. Ambos paladines comprendian que si, en efecto, habian mediado entre los dos jóvenes tales palabras, su union era un hecho consumado é irrefutable, hecho que les facilitaria el cumplimiento de su promesa más dignamente y sin nuevas querellas.

—Ese es un engaño que habeis urdido contra mí, decia Amon; pero os equivocais torpemente, porque aun cuando fuesen ciertas todas vuestras ficciones, no lograríais doblegar mi voluntad. Aun suponiendo (y estoy muy lejos de creerlo) que mi hija haya hecho neciamente á Rugiero las promesas que decís, y que Rugiero le haya prometido lo mismo, quisiera que me dijeran con más despacio y claridad, y de un modo más explícito, cuándo y en qué sitio ocurrió eso. Estoy persuadido de que no se han cambiado tales promesas, como no fuese antes de que Rugiero recibiera el bautismo. Si pronunciaron esos juramentos antes de que Rugiero se convirtiese al cristianismo, poco caso debemos hacer de ellos; porque siendo ella cristiana y él pagano, no es válido semejante matrimonio. Por esta razon no creo que el Príncipe de Grecia haya luchado inútilmente, ni creo que nuestro Emperador deje de cumplir su palabra por esta sola causa. Esta cuestion la debiérais haber suscitado cuando el suceso estaba reciente y en todo su vigor, y antes de que Cárlos, á excitacion de Bradamante, hubiera publicado el bando que ha hecho venir á Leon á pelear desde tan lejos.