Tal fué la respuesta que dió Amon á Orlando y á su hijo, con objeto de desbaratar el mútuo convenio de los dos amantes. Entre tanto el Emperador escuchaba atento las razones de uno y otros, sin apoyar á ninguna de ambas partes.
Así como se oye el murmullo que producen las hojas en las profundas selvas, cuando Austro ó Bóreas lanzan sus impetuosos resoplidos, ó cual suelen estrellarse las ondas en la playa, si Eolo se manifiesta airado contra Neptuno, así tambien el sordo rumor de esta contienda se esparció en breve por toda la Francia, dando tanto que oir y escuchar, que apenas se trataba de otra cosa. Unos se pronunciaban en favor de Rugiero; otros en el de Leon; pero la mayor parte apoyaba al primero: Amon apenas reunia un voto favorable contra diez que le eran contrarios. El Emperador continuaba encerrado en la más extricta neutralidad; mas pareciéndole el asunto digno de estudio, lo sometió á la decision de su Parlamento.
Al ver Marfisa aplazada la boda, como lo deseaba, volvió á presentarse y propuso un nuevo partido.
—Puesto que Bradamante no puede ser esposa de otro, mientras viva mi hermano, si Leon insiste en obtenerla, será preciso que apele á todo su valor y su denuedo para arrancar á Rugiero la vida. Una vez muerto el vencido, el vencedor verá colmada su dicha sin temor á rival alguno.
Cárlos se apresuró á participar á Leon esta nueva propuesta del mismo modo que le habia hecho conocer todo lo ocurrido. Leon estaba seguro de vencer á Rugiero y de salir airoso de todo asunto mientras contara con el apoyo del caballero del unicornio: aceptó, pues, aquel fatal reto, porque ignoraba que su leal amigo se hubiese internado en el bosque oscuro y solitario para dar rienda suelta á su afliccion, y pensaba que se habria alejado tan solo una ó dos millas con objeto de pasearse, y que volveria pronto. Pero no tardó en arrepentirse: pues aquel en quien confiaba no regresó aquel dia, ni en los dos siguientes, ni siquiera se tenia noticia de él: no creyendo conveniente ni seguro aventurar sin él un combate con Rugiero, mandó á buscar al guerrero del unicornio por todas partes, á fin de evitar el perjuicio y la afrenta que preveia. Varios mensajeros recorrieron por órden suya las ciudades, aldeas y castillos, hasta una larga distancia, y no contento con esto, montó á caballo, y se puso á practicar en persona las más minuciosas pesquisas. Pero ni él, ni sus mensajeros habrian obtenido el menor indicio del guerrero á quien buscaban, á no ser por el auxilio de Melisa, que hizo lo que me propongo referiros en el otro canto.
CANTO XLVI.
Despues de muchas pesquisas, Leon consigue encontrar á Rugiero, y sabedor de los vínculos que le unen á Bradamante, renuncia á sus pretensiones sobre la doncella, con la que por fin se une el jóven héroe.—El Rey de Sarza es el único que pretende acibarar el júbilo de los dos esposos pero es vencido por Rugiero, y muere prorumpiendo en horribles blasfemias.
Si mis cartas marinas no me engañan, muy pronto descubriré el puerto, y podré cumplir en la playa los votos que he hecho á la que me ha guiado al través de tan anchurosos mares, donde más de una vez he temido extraviarme ó presenciar el naufragio de mi bajel. Pero ya me parece ver la tierra: sí, sí, ya la veo, y distingo perfectamente la costa. Percibo un rumor semejante al trueno, producido por la alegría que agita el aire y estremece las ondas, y oigo el ruido de las campanas y los penetrantes ecos de los clarines, mezclados con los gritos de gozo del pueblo. Empiezo á conocer los rostros de los que acuden á ocupar las dos orillas del puerto: parece que todos se alegren de mi feliz regreso despues de tan largo viaje. ¡Oh! ¡Cuántas damas nobles y hermosas, cuántos caballeros adornan la playa con su presencia! ¡Cuántos amigos me esperan, á quienes debo eterno agradecimiento por el placer con que saludan mi llegada!