En la misma punta del muelle veo á Mamma y á Ginebra con las damas de la familia del Correggio: con ellas está tambien Verónica de Gambera, tan querida de Apolo y del santo coro aonio. Veo otra Ginebra, de la misma sangre que la primera, teniendo á Julia á su lado; veo á Hipólita Sforza, y á la jóven Trivulcio, educada en el bosque sagrado: tambien os veo, Emilia Pia y Margarita, acompañadas de Ángela Borgia y de Graciosa. Más allá diviso á Ricarda de Este, con Blanca, Diana y sus demás hermanas. ¡Oh! Ahí está la bella Bárbara Turca, más honesta y prudente aun que hermosa, en compañía de Laura: el Sol no ha visto nunca una pareja tan perfecta como esta, desde las orillas del Indo hasta el confin de la Mauritania.
Hé ahí á Ginebra, cuyas virtudes enriquecen la casa de Malatesta con tanto brillo y esplendor, que los suntuosos palacios imperiales jamás han tenido adornos más dignos ni más espléndidos. Si esta doncella se hubiera encontrado en Ariminum[194], cuando César, envanecido por la conquista de la Galia, vaciló en arrostrar la enemistad de Roma atravesando el rio, estoy seguro de que, recogiendo sus banderas y abandonando su botin y sus victoriosos trofeos, habria hecho ó roto las leyes y pactos que le dictara Ginebra, y tal vez no hubiera llegado á oprimir la libertad de su patria.
Hé ahí á la esposa, la madre, las hermanas y las primas del Señor de Bozolo, á las Torelli con las Bentivoglio, á las Visconti y las Pallavicini: hé ahí á la que arrebata la palma de la gracia y la belleza á cuantas damas existen hoy y á cuantas griegas, latinas ó bárbaras han existido dignas de fama por su donosura; á la incomparable Julia Gonzaga, que donde asienta la planta ó fija los serenos ojos, no solo le cede la primacía toda belleza, sino que tambien la admira, cual si fuese una diosa bajada del Cielo. Con ella está su cuñada, cuya constancia jamás pudieron alterar los prolongados reveses de la fortuna.
He ahí á Ana de Aragon, fúlgida antorcha de la estirpe del Vasto; á Ana, bella, gentil, amable y prudente, santuario de castidad, amor y fé. A su lado veo á su hermana: los esplendentes rayos de su belleza anublan los de cualquiera otra beldad. Hé ahí á la que ha arrebatado á su invicto consorte de las orillas de la laguna Estigia, haciéndole brillar en el Cielo, con ejemplo nunca visto, á pesar de las Parcas y de la Muerte. Tambien están allí mis Ferraresas, y las damas de la corte de Urbino, y conozco además á las de Mantua y cuantas doncellas galanas produce la Toscana y la Lombardia.
Si no me engañan mis ojos, deslumbrados por el brillo de tantos rostros agraciados, ese caballero que viene entre ellas y á quien tantas consideraciones guardan, debe de ser Unico Accolti, la antorcha refulgente de Arezzo. Allí veo á su sobrino Benedicto con su manto y su capelo de púrpura, juntamente con el cardenal de Mantua y con el Campeggio, honra y prez del sacro Colegio: si no me equivoco, observo en sus rostros y en sus movimientos un alborozo tan grande por mi feliz regreso, que no sé cómo podré pagar tan benévola solicitud. Con ellos están Lactancio y Claudio Tolomei, Pablo Pansa, el Dresino, Latino Juvenal, mis queridos Capilupi, el Sasso, el Molza, Florian Montino y Julio Camilo, que nos enseñó un camino más expedito y breve para guiarnos á las praderas ascreas[195]. Me parece distinguir tambien á Marco Antonio Flaminio, al Sanga y al Berna.
Hé ahí á mi Señor Alejandro Farnesio. ¡Cuán selecta es su comitiva! Fedro, Capella, Porzio, Filippo el bolonés, el Volterrano, el Madalena, Blosio, Pierio, el cremonés Vida, manantial inagotable de elocuencia; y Lascari, Musuro, Navagero, Andrés Maron y Severo el monje. En el mismo grupo veo otros dos Alejandros, Guarino el uno, y Orologi el otro. Conozco tambien á Mario de Olvito y al divino Pedro de Arezzo, azote de los príncipes[196]. Más allá diviso á dos Jerónimos, el uno es el de Veritade y el otro el Cittadino. Veo al Mainardo, veo á Leoniceno, al Panizzato, á Teocreno y á Celio. Allí están Bernardo Capel y Pedro Bembo, que ha sacado nuestro puro y armonioso idioma del dominio del vulgo, enseñándonosle con su ejemplo tal cual en realidad debe ser. Aquel que va en pos de él es Gaspar Obizi, admirador y émulo de sus glorias literarias.
Veo al Frascatoro, al Bevazzano, á Trifon Gabriele, y un poco más allá al Tasso. Observo cómo fijan en mí sus miradas Nicolás Tiepoli, Nicolás Amanio, y Anton Fulgoso, que se manifiesta sorprendido y alegre al verme cerca de la playa. Aquel que se mantiene apartado de las damas es mi Valerio: tal vez pide un consejo al Barignan, que le acompaña, para evitar la ardiente inclinacion que siente hácia ellas, á pesar de los desdenes que le han hecho sufrir.
Veo al Pico y al Pio, dos ingenios sublimes y sobrenaturales, unidos por los vínculos de la sangre y de la amistad. El que viene con ellos es uno de los escritores más esclarecidos; no he conocido otro á quien se tributen tantos honores como á él: si el retrato que de él me han hecho es verdadero, debe de ser el hombre á quien con tanto anhelo deseo conocer; es, en suma, Jacobo Sannazar, el que obliga á las Camenas[197] bajará dejar los montes para á las playas. He ahí al docto, al fiel, al diligente secretario Pistofilo, que junto con los Acciajuoli y mi querido Angiar, se regocija al verme á cubierto de los peligros de las olas.
Veo á mi pariente Annibal Malaguzzo, acompañado de Adoardo, el cual me infunde la grata esperanza de que hará resonar el nombre de mi ciudad nativa desde el promontorio de Calpe hasta las orillas del Indo. Victor Fausto, el Tancredi y otros ciento dan señales de un verdadero júbilo al volverme á ver: veo, en fin, á todas las damas y caballeros manifestarse contentos por mi regreso. ¡Ea, pues! A concluir sin tardanza el corto trecho que me resta por recorrer, ya que el viento es favorable, y volvamos á Melisa, diciendo de qué modo salvó la vida al buen Rugiero.
Esta Melisa, segun recuerdo haberos dicho muchas veces, tenia un vehemente deseo de que Rugiero se uniese á Bradamante con indisolubles lazos, y tomaba una parte tan viva en las penas ó placeres de los dos amantes, que de hora en hora procuraba adquirir noticias suyas, teniendo continuamente ocupados á los espíritus infernales en ir y venir con nuevas de sus protegidos. De este modo pudo sorprender á Rugiero en el momento en que se encontraba en una selva oscura, víctima del dolor más profundo y tenaz, y resueltamente decidido á dejarse morir de hambre: al verle la encantadora, conoció que era ocasion de acudir en su auxilio, y saliendo de su habitual morada, marchó por el camino en que estaba segura de encontrar á Leon.