El buen hombre, que era uno de los más astutos y diligentes de que en Francia se ha conservado memoria, y habia tenido la habilidad suficiente para salvar su posada y sus bienes, á pesar de estar rodeado de enemigos extranjeros, vivia con algunos parientes suyos, á quienes habia llamado para que le ayudasen á servir con más prontitud á Rodomonte; pero ninguno de ellos se atrevia á desplegar los lábios al ver al Sarraceno silencioso y pensativo. Embebido este en un confuso tropel de pensamientos, que le tenian profundamente abstraido y ajeno á cuanto le rodeaba, estaba con la cabeza baja y sin fijar en nadie la vista. Despues de haber permanecido inmóvil durante mucho tiempo, lanzó un suspiro, como si despertara de un sueño abrumador, agitó todo su cuerpo, y levantó los ojos, reparando entonces en el posadero y en su familia.
Rompió despues su prolongado silencio, y con semblante más agradable y expansivo, preguntó al huésped y á los que con él veia, si alguno de ellos estaba casado. Le respondieron que todos los circunstantes lo estaban, y entonces les exigió que le dijeran lo que cada cual creia con respeto á la fidelidad de su esposa. Todos le contestaron, que tenian á sus respectivas mujeres por buenas y honradas, excepto el posadero, que exclamó:
—Haceis bien en creer lo que más os conviene; pero yo sé que estais muy equivocados. Vuestra necia credulidad es causa de que os tenga por insensatos, en cuya opinion debe abundar tambien este caballero, á no ser que os quiera demostrar que lo negro es blanco. Así como en el mundo no existe más que un ave fénix, tampoco puede existir más de un solo hombre que consiga librarse de la infidelidad de la mujer. Cada cual cree ser el único y feliz mortal que tal triunfo alcanza; pero ¿cómo es posible que todos lo sean, si en el mundo no puede haber más que uno? Tambien yo, como vosotros, incurrí en el grosero error de creer que era posible la existencia de más de una mujer casta; pero llegó aquí, por mi buena suerte, un caballero de Venecia, el cual presentándome las pruebas más irrefutables, desvaneció por completo mi ciega ignorancia. Aquel caballero se llamaba Juan Francisco Valerio: nunca he olvidado su nombre: sabia uno por uno todos los ardides de que suelen echar mano todas las mujeres y las amantes, y además de esto, conocia tan bien todas las historias antiguas y modernas que venian en apoyo de su propia experiencia, que me dejó plenamente convencido de que jamás existieron mujeres honradas, ya fueran pobres ó ricas, y de que si alguna parecia más casta que las otras, era porque tenia más destreza para ocultar sus devaneos. Entre las infinitas historias que me contó, (y fueron tantas, que no recuerdo la tercera parte de ellas), se fijó una de tal modo en mi memoria, que ni grabada en mármoles se conservaria mejor. Estoy seguro de que todos cuantos oyeran su relato, modificarian inmediatamente su opinion con respeto á esas fementidas hembras, adhiriéndose á mi parecer; y si no os desagradara prestarme unos momentos de atencion, valeroso caballero, os referiria dicha historia para confusion del otro sexo.
El Sarraceno respondió:
—No puedes hacer nada que tanto me agrade y me deleite en estos momentos, como referirme historias ó presentarme ejemplos que estén en acuerdo con mis ideas: y á fin de que pueda oirte mejor, y tú contarme más descansado esa historia, siéntate en frente de mí, para que pueda verte el rostro.
En el canto siguiente os repetiré lo que el hostalero refirió á Rodomonte.
CANTO XXVIII.
Rodomonte oye las peores cosas que contra las mujeres pueda decir una lengua falaz.—Continúa despues el viaje hácia su reino; pero antes llega á un sitio agradable para su corazon.—Se siente abrasado de un nuevo amor por Isabel, y como le estorba el monje que acompaña á la jóven, le da una muerte cruel y traidora.